Mucho antes de que existiera nada parecido a 'Estados Unidos', América del Norte estaba poblada por cientos de naciones indígenas de una diversidad asombrosa. Los primeros pobladores llegaron desde Asia hace más de quince mil años, muy probablemente cruzando el puente de tierra de Beringia durante la última glaciación, y en milenios se expandieron por todo el continente, adaptándose a desiertos, bosques, praderas, montañas y costas. De aquellos cazadores de grandes mamíferos surgieron, con el tiempo, sociedades agrícolas, aldeas permanentes y verdaderas ciudades.
Hacia el año 1000 d.C. floreció en el valle del Misisipi la cultura misisipiana, constructora de grandes montículos de tierra. Su centro, Cahokia, cerca de la actual San Luis, llegó a albergar entre 10.000 y 40.000 habitantes en su apogeo, hacia 1050-1150: era la mayor ciudad al norte de México y superaba en población a Londres o París de la época. En el suroeste, los ancestrales pueblo (anasazi) levantaron las ciudades de acantilado de Mesa Verde y los grandes complejos de Chaco Canyon, con una sofisticada astronomía y una red de caminos.
En el momento del contacto europeo, el mosaico era vastísimo: los iroqueses y algonquinos de los bosques del este, organizados en confederaciones; los pueblo agricultores del suroeste; los sioux, cheyenes, comanches y pies negros de las Grandes Llanuras, cazadores de bisontes; los navajos y apaches del desierto; los ricos pueblos pescadores y talladores de tótems de la costa noroeste; y los inuit y yupik del extremo ártico. Se calcula que millones de personas, hablando cientos de lenguas distintas, habitaban el actual territorio estadounidense antes de 1492.
Los primeros europeos en explorar el actual territorio estadounidense fueron los españoles. Juan Ponce de León desembarcó en Florida en 1513, y en 1565 se fundó San Agustín, la ciudad de origen europeo continuamente habitada más antigua del país. Durante el siglo XVI, expediciones como las de Hernando de Soto y Francisco Vázquez de Coronado recorrieron el sur y el suroeste, mientras en 1598 Juan de Oñate colonizaba Nuevo México, donde en 1610 se fundó Santa Fe. Franceses e ingleses llegarían después, y el contacto trajo consigo enfermedades —viruela, sarampión, gripe— que, sin que nadie lo entendiera entonces, diezmaron a poblaciones indígenas enteras.
La colonización inglesa que daría origen a Estados Unidos comenzó en 1607, cuando la Compañía de Virginia fundó Jamestown, primer asentamiento inglés permanente en América del Norte. Los colonos, que buscaban oro, casi perecen de hambre y enfermedad hasta que el cultivo del tabaco los salvó económicamente. En 1619 llegaron a Virginia los primeros africanos esclavizados y se reunió la primera asamblea representativa de las colonias. Un año después, en 1620, los peregrinos separatistas del Mayflower desembarcaron en Plymouth, Massachusetts, y firmaron el Pacto del Mayflower, un temprano acuerdo de autogobierno.
A lo largo del siglo XVII y comienzos del XVIII se consolidaron trece colonias británicas a lo largo de la costa atlántica, agrupadas en tres regiones muy distintas: la Nueva Inglaterra puritana (Massachusetts, fundada en 1630, Connecticut, Rhode Island, Nueva Hampshire), volcada al comercio, la pesca y la construcción naval; las colonias centrales (Nueva York, Pensilvania, Nueva Jersey, Delaware), un 'crisol' de religiones y orígenes; y las colonias del sur (Virginia, Maryland, las Carolinas y, por último, Georgia en 1732), de grandes plantaciones que dependían cada vez más del trabajo esclavo. Un despertar religioso, el Gran Despertar de las décadas de 1730 y 1740, sacudió a todas ellas y fue tejiendo, sin proponérselo, una primera identidad común.
La semilla de la ruptura brotó paradójicamente de una victoria británica. En la Guerra Franco-India (1754-1763), parte del conflicto global conocido como la Guerra de los Siete Años, Gran Bretaña expulsó a Francia de Norteamérica y ganó un imperio colosal; pero la guerra la dejó endeudada, y Londres decidió que las colonias debían pagar su parte. Una sucesión de impuestos y leyes —la Ley del Azúcar, la Ley del Timbre de 1765, las Leyes Townshend— encendió la protesta bajo la consigna 'no hay impuestos sin representación'. La tensión escaló con la Masacre de Boston de 1770 y, sobre todo, con el Motín del Té de Boston del 16 de diciembre de 1773, cuando colonos disfrazados arrojaron al mar 342 cajones de té.
La represalia británica, las llamadas 'Leyes Intolerables', unió a las colonias. En 1774 se reunió el Primer Congreso Continental, y en abril de 1775 estallaron los combates en Lexington y Concord. El 4 de julio de 1776, el Segundo Congreso Continental, reunido en Filadelfia, aprobó la Declaración de Independencia redactada por Thomas Jefferson, con su célebre afirmación de que 'todos los hombres son creados iguales'. La guerra fue larga y difícil: el ejército de George Washington sobrevivió al terrible invierno de Valley Forge, y el punto de giro llegó con la victoria de Saratoga en 1777, que decidió a Francia a aliarse con los rebeldes.
Con el apoyo militar y financiero francés, y figuras como el marqués de Lafayette, las tropas continentales asediaron y vencieron a los británicos en Yorktown en 1781. El Tratado de París de 1783 reconoció la independencia de los Estados Unidos y fijó sus fronteras hasta el río Misisipi. Nacía así una nación nueva, aunque todavía frágil: trece antiguas colonias convertidas en estados que debían aprender a convivir bajo un mismo techo político.
La independencia no resolvió cómo gobernarse. Los primeros Artículos de la Confederación crearon una unión tan débil que dejó al país al borde de la ingobernabilidad. Para corregirlo, delegados de los estados se reunieron en Filadelfia entre mayo y septiembre de 1787 y, en lugar de enmendar los Artículos, redactaron una Constitución enteramente nueva. El documento diseñó una república federal con un gobierno nacional fuerte, dividido en tres poderes que se controlaban mutuamente —Congreso, Presidencia y Corte Suprema— mediante un ingenioso sistema de pesos y contrapesos. Es la constitución escrita más antigua todavía en vigor en el mundo.
Su ratificación desató un intenso debate entre federalistas y antifederalistas, y solo se logró con la promesa de añadir una declaración de derechos. Así, en 1791 se ratificaron las diez primeras enmiendas, la Carta de Derechos (Bill of Rights), que garantizaron la libertad de expresión, de prensa, de religión y otras protecciones individuales. George Washington asumió como primer presidente en 1789 y fijó precedentes decisivos, entre ellos el de retirarse tras dos mandatos. En torno a Alexander Hamilton y Thomas Jefferson surgieron los primeros partidos políticos.
La república echó a andar rápidamente. En 1803, la Compra de Luisiana a Francia, negociada por Jefferson por unos 15 millones de dólares, duplicó de un plumazo el tamaño del país; la expedición de Lewis y Clark (1804-1806) exploró aquellas tierras hasta el Pacífico. La Guerra de 1812 contra Gran Bretaña —durante la cual los británicos llegaron a incendiar Washington en 1814— terminó en tablas, pero reforzó el sentimiento nacional y consolidó a la joven nación como un actor independiente y con voz propia en el continente.
Durante la primera mitad del siglo XIX, la joven república se lanzó a una expansión territorial vertiginosa, guiada por la idea del 'destino manifiesto': la convicción, popularizada en 1845, de que la nación estaba llamada por la Providencia a extenderse de un océano al otro. La anexión de Texas en 1845 desató la guerra con México (1846-1848), que terminó con el Tratado de Guadalupe Hidalgo: México cedió más de 1,3 millones de kilómetros cuadrados, todo el actual suroeste, desde California hasta Nuevo México. Ese mismo año, un acuerdo con Gran Bretaña fijó la frontera de Oregón en el noroeste.
Millones de colonos avanzaron hacia el Pacífico por rutas legendarias como el Camino de Oregón, y la fiebre del oro de California de 1849 aceleró de manera explosiva el poblamiento del Oeste. En 1869, la culminación del ferrocarril transcontinental en Promontory Summit, en Utah, unió por fin ambos océanos con un 'clavo de oro' y transformó para siempre el interior del país. El bisonte, base de la vida de las llanuras, fue exterminado casi por completo.
Esta expansión tuvo un costo humano devastador para los pueblos originarios. La Ley de Traslado Forzoso de los Indios de 1830, impulsada por el presidente Andrew Jackson, provocó el Sendero de las Lágrimas, en el que miles de cherokees y otros pueblos del sureste murieron al ser deportados al oeste del Misisipi. A lo largo del siglo se sucedieron las Guerras Indias, tratados sistemáticamente incumplidos, masacres como las de Sand Creek (1864) y Wounded Knee (1890), y el confinamiento de las naciones nativas en reservas. La conquista del Oeste fue, a la vez, epopeya nacional y tragedia indígena.
La gran herida de la historia estadounidense fue la esclavitud. Hacia 1860, casi cuatro millones de afroamericanos vivían esclavizados en el sur, donde la economía del algodón dependía por completo de su trabajo forzado, mientras el norte avanzaba hacia una sociedad industrial de trabajo libre. La cuestión de si la esclavitud debía extenderse a los nuevos territorios del Oeste envenenó la política durante décadas, con compromisos fallidos como el de Misuri (1820) o el de 1850, y estallidos de violencia como el 'Kansas sangriento'.
La elección de Abraham Lincoln en 1860, contrario a la extensión de la esclavitud, precipitó la secesión de once estados del sur, que formaron los Estados Confederados. La guerra comenzó el 12 de abril de 1861 con el bombardeo confederado de Fort Sumter y se convirtió en el conflicto más sangriento de la historia del país, con unos 620.000 a 750.000 muertos. El 1 de enero de 1863, la Proclamación de Emancipación declaró libres a los esclavos de los estados rebeldes, y la batalla de Gettysburg, ese mismo julio, marcó el punto de giro. El 9 de abril de 1865, el general Robert E. Lee se rindió ante Ulysses S. Grant en Appomattox. Pocos días después, el 14 de abril, Lincoln fue asesinado por John Wilkes Booth.
La victoria de la Unión y la Decimotercera Enmienda (1865) abolieron la esclavitud; la Decimocuarta (1868) otorgó la ciudadanía a los nacidos en el país, y la Decimoquinta (1870) prohibió negar el voto por motivos de raza. La etapa de la Reconstrucción intentó integrar a los cuatro millones de libertos en la vida política del sur, con logros reales pero también con una feroz resistencia, encarnada en el Ku Klux Klan. Cuando en 1877 el gobierno federal retiró sus tropas del sur, se abrió paso el régimen de segregación racial de las leyes de Jim Crow, avalado por la doctrina 'separados pero iguales' de Plessy contra Ferguson (1896), que mantendría la discriminación durante casi un siglo.
Entre 1870 y 1900, Estados Unidos vivió una transformación colosal que lo convirtió en la mayor economía industrial del mundo. Fue la 'Edad Dorada' (Gilded Age), término irónico acuñado por Mark Twain para una época de riqueza deslumbrante y desigualdad brutal. El acero, el petróleo, el ferrocarril y la electricidad reconfiguraron el país, y unos pocos magnates —John D. Rockefeller en el petróleo con Standard Oil, Andrew Carnegie en el acero, Cornelius Vanderbilt en los ferrocarriles, J. P. Morgan en las finanzas— amasaron fortunas sin precedentes. Sus críticos los llamaron 'barones ladrones' por sus monopolios y por las durísimas condiciones de sus trabajadores; ellos se veían como capitanes del progreso, y muchos se volcaron luego a la filantropía.
Ese crecimiento se sostuvo sobre una inmigración masiva. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, más de veinte millones de europeos —italianos, judíos de Europa del Este, polacos, irlandeses, alemanes, escandinavos, griegos— cruzaron el Atlántico. Desde 1892, la mayoría pasó por la estación de Ellis Island, en la bahía de Nueva York, bajo la mirada de la recién inaugurada Estatua de la Libertad (1886). Por el Pacífico llegaron miles de chinos y japoneses, que sufrieron una dura discriminación, culminada en la Ley de Exclusión China de 1882.
El otro rostro de la prosperidad fue el conflicto social. Los trabajadores se organizaron en sindicatos y protagonizaron huelgas masivas y a veces sangrientas, como la de Haymarket en Chicago en 1886 —origen del Primero de Mayo— o la de Pullman en 1894. Las ciudades crecían de forma caótica, con hacinamiento y pobreza extrema, mientras nacían los primeros rascacielos. Este malestar acumulado preparó el terreno para la Era Progresista de comienzos del siglo XX, que buscaría domesticar al gran capital, combatir la corrupción y regular una economía que había crecido más rápido que sus propias reglas.
En 1898, la Guerra Hispano-Estadounidense marcó la irrupción de Estados Unidos como potencia mundial. Tras la explosión del acorazado Maine en La Habana, el país declaró la guerra a España, la venció en pocos meses y, con el Tratado de París, adquirió Puerto Rico, Guam y Filipinas, además de establecer un protectorado sobre Cuba. Casi cuatro siglos de presencia española en América llegaban a su fin, y Estados Unidos se convertía por primera vez en un imperio con posesiones de ultramar, lo que abrió un fuerte debate interno sobre el expansionismo.
La Era Progresista (aproximadamente 1900-1917) intentó corregir los excesos de la Edad Dorada. Presidentes como Theodore Roosevelt, con su 'Trato Justo' (Square Deal), impulsaron la ruptura de los grandes monopolios, la regulación de los ferrocarriles, la protección del consumidor y la creación de los parques nacionales. Se aprobaron enmiendas históricas: el impuesto a la renta (16ª, 1913), la elección directa de senadores (17ª, 1913) y, en 1920, el sufragio femenino con la Decimonovena Enmienda, tras décadas de lucha de las sufragistas.
En política exterior, Estados Unidos mantuvo la neutralidad al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, pero el hundimiento de barcos por los submarinos alemanes y el telegrama Zimmermann lo empujaron a la guerra. El 6 de abril de 1917 declaró la guerra a Alemania, y más de dos millones de soldados estadounidenses cruzaron el Atlántico; unos 50.000 murieron en combate. Su intervención resultó decisiva para la victoria aliada de noviembre de 1918. El presidente Woodrow Wilson propuso sus 'Catorce Puntos' y la creación de una Sociedad de Naciones, pero el propio Senado estadounidense rechazó el tratado, y el país se replegó hacia el aislacionismo.
La década de 1920, los 'años locos', fue una época de euforia y modernidad. La riqueza del país más que se duplicó, el automóvil se masificó, la radio y el cine sonoro llegaron a millones de hogares, el jazz definió una era y las ciudades bullían de energía. Fue también el tiempo de la Prohibición del alcohol (1920-1933), que en lugar de acabar con la bebida engendró los bares clandestinos y el crimen organizado de figuras como Al Capone. Bajo la superficie, sin embargo, la especulación bursátil crecía sin freno.
El 29 de octubre de 1929 —el 'Martes Negro'— la Bolsa de Nueva York se desplomó, dando inicio a la Gran Depresión, la peor crisis económica de la historia del país y del mundo. Miles de bancos quebraron, la producción se derrumbó y el desempleo llegó a superar el 20 por ciento en 1933. A la crisis se sumó la catástrofe ambiental del Dust Bowl, las gigantescas tormentas de polvo que arruinaron a los agricultores de las Grandes Llanuras y empujaron a millones de personas a emigrar.
En 1932, Franklin D. Roosevelt ganó la presidencia con la promesa de un 'New Deal' (Nuevo Trato). Desde 1933 lanzó un vasto programa de reformas: rescate del sistema bancario, grandes obras públicas que dieron empleo a millones, regulación de la Bolsa y, sobre todo, la creación en 1935 de la Seguridad Social, que estableció pensiones y seguros de desempleo. El New Deal no terminó por sí solo con la Depresión —haría falta el estímulo de la guerra para lograrlo—, pero redefinió para siempre el papel del Estado en la economía y la sociedad estadounidenses, y convirtió a Roosevelt en el único presidente elegido cuatro veces.
Estados Unidos mantuvo la neutralidad durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, aunque abasteció a los aliados con el programa de Préstamo y Arriendo. Todo cambió el 7 de diciembre de 1941, cuando la aviación japonesa atacó por sorpresa la base naval de Pearl Harbor, en Hawái. Al día siguiente, el país declaró la guerra a Japón, y pocos días después Alemania e Italia le declararon la guerra a él. La nación entera se movilizó: las fábricas se reconvirtieron a la producción bélica en una escala descomunal, y millones de mujeres entraron al mundo laboral, simbolizadas en la figura de 'Rosie la Remachadora'.
En Europa, las tropas estadounidenses combatieron en el norte de África, Italia y, sobre todo, en el desembarco de Normandía del 6 de junio de 1944 —el Día D—, la mayor operación anfibia de la historia, que abrió el camino a la liberación de Francia y a la derrota de la Alemania nazi en mayo de 1945. En el Pacífico, la guerra contra Japón se libró isla por isla en batallas atroces. En un capítulo oscuro del período, más de 100.000 estadounidenses de origen japonés fueron internados en campos por decisión de su propio gobierno.
La guerra terminó de la manera más devastadora. En agosto de 1945, Estados Unidos lanzó bombas atómicas —desarrolladas en secreto por el Proyecto Manhattan— sobre Hiroshima el día 6 y Nagasaki el día 9, matando a más de 100.000 personas y forzando la rendición de Japón. El país emergió del conflicto transformado: con su territorio intacto, su economía en pleno auge, su ejército desplegado por medio mundo y el monopolio del arma nuclear, se había convertido, junto con la Unión Soviética, en una de las dos superpotencias del planeta.
Apenas terminada la guerra, comenzó la Guerra Fría: el enfrentamiento global, ideológico y militar, entre Estados Unidos y la Unión Soviética, sin llegar nunca a la confrontación nuclear directa. Washington adoptó la política de 'contención' del comunismo: el Plan Marshall (1947) reconstruyó Europa occidental con miles de millones de dólares, y en 1949 nació la OTAN, la primera alianza militar en tiempos de paz de la historia estadounidense. La rivalidad se libró en escenarios de todo el mundo: la Guerra de Corea (1950-1953), la crisis de los misiles de Cuba de 1962 —que llevó al mundo al borde de la guerra nuclear— y, sobre todo, la larga y traumática Guerra de Vietnam, que dividió profundamente a la sociedad estadounidense. En paralelo, la carrera espacial culminó con el triunfo simbólico de la llegada a la Luna: el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano en pisarla.
En el plano interno, la lucha central de la época fue el movimiento por los derechos civiles. Desde mediados de los años cincuenta, los afroamericanos desafiaron organizadamente el sistema de segregación de las leyes de Jim Crow. El fallo Brown contra el Consejo de Educación (1954) declaró inconstitucional la segregación escolar; el boicot a los autobuses de Montgomery (1955), desencadenado por Rosa Parks, catapultó a un joven pastor, Martin Luther King Jr., como líder del movimiento. Con su prédica de la resistencia no violenta, King encabezó la Marcha sobre Washington de 1963, donde pronunció su discurso 'Tengo un sueño' ante 250.000 personas.
La presión del movimiento dio frutos históricos: la Ley de Derechos Civiles de 1964, que prohibió la discriminación racial, y la Ley del Derecho al Voto de 1965. El asesinato de King en 1968 conmocionó al país. Los años sesenta fueron, además, una década de convulsión cultural y política más amplia: el asesinato del presidente John F. Kennedy en 1963, la contracultura juvenil, el movimiento feminista, las protestas contra la guerra y el escándalo de Watergate, que en 1974 forzó la renuncia del presidente Richard Nixon, la única de la historia del país.
Tras el trauma de Vietnam y Watergate, los Estados Unidos vivieron los años setenta entre la crisis del petróleo, la inflación y una sensación de declive. La llegada de Ronald Reagan a la presidencia en 1981 marcó un giro conservador —rebajas de impuestos, desregulación, rearme— y una postura de dura confrontación con la Unión Soviética. Al final de la década, sin embargo, el bloque soviético se desmoronó: la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la URSS en 1991 dejaron a Estados Unidos como única superpotencia global, en lo que muchos vivieron como el triunfo definitivo de su modelo. La década de 1990, con el auge de internet y la revolución tecnológica de Silicon Valley, fue de prosperidad y optimismo.
El siglo XXI se abrió con un golpe brutal. El 11 de septiembre de 2001, atentados terroristas de Al Qaeda destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York y golpearon el Pentágono, matando a casi 3.000 personas. La respuesta fue la 'guerra contra el terror': la invasión de Afganistán en 2001 y la de Irak en 2003, conflictos prolongados y costosos que dividieron a la opinión pública. En 2008, el estallido de una gigantesca crisis financiera —originada en las hipotecas de alto riesgo— desató la Gran Recesión, la peor desde 1929. Ese mismo año, Barack Obama fue elegido el primer presidente afroamericano de la historia del país, un hito cargado de simbolismo.
Las últimas décadas han mostrado a un país tan poderoso e innovador como profundamente dividido. La elección de Donald Trump en 2016 reflejó el ascenso del populismo y una creciente polarización política, agudizada por las redes sociales y por debates sobre inmigración, raza, desigualdad y el papel del Estado. La pandemia de COVID-19, a partir de 2020, causó más de un millón de muertos y una crisis económica y social sin precedentes recientes. Hoy, con más de 340 millones de habitantes, una economía que sigue siendo la mayor del mundo y un liderazgo indiscutido en tecnología, cultura y ciencia, Estados Unidos afronta el desafío de sostener su cohesión interna en un mundo cada vez más multipolar. Su historia, la de una nación siempre en construcción, sigue abierta.