Un país chiquito que lo tiene todo: los Alpes Julianos con el lago Bled de postal, cuevas kársticas impresionantes y un pedacito de costa adriática veneciana. Verde, seguro y todavía sin las multitudes de sus vecinos.
La moneda es el euro (€). En las ciudades se paga con tarjeta casi en todos lados, pero conviene llevar algo de efectivo para pueblos chicos, mercados y transporte. Avisá al banco antes de viajar y fijate la cotización del día.
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La historia de Eslovenia es la de un pueblo pequeño encajado en el punto exacto donde se tocan cuatro mundos: los Alpes, la llanura panónica, el Karst mediterráneo y los Balcanes. Por este cruce pasaron los ilirios y los celtas, las legiones de Roma que fundaron Emona y Poetovio, los eslavos que en el siglo VII levantaron Carantania —uno de los primeros Estados eslavos de Europa, con un ritual de entronización de duques en piedra que asombró a los juristas medievales—, los duques y obispos del Sacro Imperio, y ocho siglos de dominio de los Habsburgo. Y sin embargo, sin corona propia ni fronteras estables, los eslovenos hicieron algo raro: sobrevivieron como nación aferrándose a su lengua. En 1550, cuando el reformador protestante Primož Trubar imprimió el primer libro en esloveno y llamó a sus lectores «queridos eslovenos y hermanos», nació un idioma escrito que sería la verdadera patria de un pueblo sin Estado.
Recorrer Eslovenia es leer esa historia superpuesta: en la Emona romana bajo las calles de Liubliana, en el castillo de Ptuj —la ciudad más antigua del país—, en las trincheras del frente del Isonzo donde Hemingway condujo ambulancias, en la isla-santuario del lago Bled y en las cuevas del Karst que dieron su nombre a todo un fenómeno geológico. Es también asomarse a los capítulos más duros del siglo XX: la partición del país entre la Alemania nazi, la Italia fascista y Hungría; la guerra de resistencia y la guerra civil solapada entre partisanos y domobranci; las matanzas de posguerra de Kočevski Rog; y las cuatro décadas de Yugoslavia socialista. En junio de 1991, tras un plebiscito casi unánime, Eslovenia declaró su independencia y la defendió en la Guerra de los Diez Días, la más corta de las guerras yugoslavas. Hoy es un país de la Unión Europea, de la OTAN, de la eurozona y del espacio Schengen; pero cada uno de sus destinos guarda la memoria de haber estado siempre en la línea donde se cruzaban los mundos.
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