La costa del Adriático: Dubrovnik amurallada, las islas dálmatas y los lagos de Plitvice hacen de Croacia una joya mediterránea.
Croacia es básicamente una costa: mil setecientos kilómetros de litoral sobre el Adriático y más de mil islas, con agua transparente, pueblos de piedra clara y techos de teja naranja que no cambiaron desde la Edad Media. El país tiene forma de medialuna y esa geografía manda en cualquier itinerario: casi todo lo que uno quiere ver está sobre el mar, y el interior, que es donde está la capital, funciona como otro país distinto.
Lo que sorprende al llegar es cuánta historia hay encima de las playas. Split creció literalmente adentro del palacio que se hizo construir el emperador Diocleciano en el año 300, con gente viviendo hoy entre las columnas romanas. Dubrovnik conserva dos kilómetros de murallas enteras que se caminan por arriba. Pula tiene un anfiteatro romano casi intacto donde todavía se hacen conciertos. Y Plitvice, tierra adentro, es un sistema de dieciséis lagos escalonados unidos por cascadas que se recorre por pasarelas de madera sobre el agua.
Dos cosas que conviene saber de entrada porque muchas guías siguen desactualizadas: desde el 1 de enero de 2023 Croacia usa el euro —la kuna ya no existe— y forma parte del espacio Schengen, así que no hay control al entrar desde Eslovenia o Hungría, pero los días acá sí descuentan del cupo de 90 días. Y desde 2022 el puente de Pelješac permite llegar a Dubrovnik sin pasar por Bosnia, lo que borró dos controles fronterizos que en verano significaban horas de cola.
La moneda local es el euro (EUR). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de EUR →Zagreb (ZAG), Split (SPU), Dubrovnik (DBV) y Zadar (ZAD) reciben vuelos europeos, con mucha más frecuencia en verano. La red ferroviaria es pobre y ni siquiera llega a Dubrovnik, así que el transporte real entre ciudades son los buses, que son frecuentes, puntuales y baratos. A las islas se va con los ferries y catamaranes de Jadrolinija desde Split y Zadar; los que llevan auto son más lentos y hay que reservarlos con tiempo en temporada. Un cambio importante para quien maneje: desde julio de 2022 el puente de Pelješac permite llegar a Dubrovnik sin cruzar el corredor bosnio de Neum, o sea sin pasar por dos controles fronterizos que en verano eran horas de cola.
Las dos mejores ventanas son junio y septiembre. El mar ya está o todavía está tibio, hay sol estable, los ferries funcionan con frecuencia de temporada y no se sufre ni el calor ni las multitudes de julio y agosto, que en Dubrovnik, Split y Hvar son realmente agobiantes y disparan los precios de alojamiento. Septiembre suele ser el mes preferido de quienes repiten: el agua está en su punto más cálido del año y los precios empiezan a bajar.
Mayo y octubre son excelentes para los parques nacionales, las ciudades y la costa de Istria, con temperaturas cómodas para caminar, aunque el mar está frío para la mayoría y algunos servicios de islas reducen frecuencias. De noviembre a marzo la costa entra en hibernación: muchos hoteles, restaurantes y ferries de las islas directamente cierran, y Dubrovnik y Hvar quedan casi vacías. En esos meses tiene sentido Zagreb, que funciona todo el año y tiene su mejor momento en diciembre con el mercado navideño.
La cocina cambia por completo según de qué lado del país estés. En la costa es mediterránea: pescado y mariscos a la parrilla con aceite de oliva, ajo y perejil, risotto negro de sepia, pulpo hecho bajo la peka —una campana de hierro cubierta de brasas— y ostras de la bahía de Ston, que se comen ahí mismo. En el interior y en Zagreb la influencia es centroeuropea y austrohúngara: carnes, guisos, strudel y el štrukli, una masa rellena de queso fresco que es el plato emblema de Zagreb.
Istria merece un párrafo propio: es zona de trufas —ahí se encontró una de las más grandes del mundo—, de aceite de oliva premiado internacionalmente y de vinos blancos como la malvasía istriana, y comer bien ahí cuesta bastante menos que en Dalmacia. Para tomar, además del vino, están la rakija, un aguardiente casero que aparece en cualquier sobremesa y que suele ser de la casa, y el maraschino de Zadar, un licor de cerezas que se produce desde el siglo XVIII. Una costumbre útil: en las konobas, las tabernas familiares, se come mejor y más barato que en los restaurantes del paseo marítimo.
Croacia es un país muy seguro, con índices de criminalidad bajos incluso para el estándar europeo, y se camina de noche sin problema en cualquier ciudad. Lo que hay son carteristas en las zonas turísticas concentradas de Dubrovnik y Split en temporada alta, y algunas trampas de precios: taxis sin taxímetro y restaurantes del paseo marítimo con la carta sin precios o con el pescado cobrado por peso a valores muy superiores a lo normal, que conviene preguntar antes de pedir. El número de emergencias es el 112.
El sistema de salud es bueno y el seguro de viaje es imprescindible; para el visado Schengen se exige uno con cobertura mínima de treinta mil euros. El agua de la canilla es potable en todo el país. Los riesgos reales son de mar y sol: la costa croata es casi toda de piedra y hay erizos de mar en abundancia, así que las sandalias de agua evitan el problema más común del viaje; el sol del Adriático en julio es fuerte y engaña porque siempre corre brisa. Un último punto: en algunas zonas rurales del interior alejadas de la costa todavía quedan campos minados señalizados de la guerra de los noventa, así que no hay que salirse de los senderos marcados ni ignorar los carteles de advertencia.
Croacia dejó de ser el destino barato del Adriático: hoy está en un nivel medio europeo, más caro que Albania o Montenegro y algo más barato que Italia, con Dubrovnik como excepción cara de verdad. Como orientación, sin fuente oficial porque no la hay para estos rubros, una cama en dormi suele ir de veinticinco a cuarenta y cinco euros, un apartamento o habitación privada de sesenta a ciento veinte, un plato principal en una konoba de quince a veinticinco euros y el café de dos a tres. En julio y agosto en Dubrovnik y Hvar todo eso puede duplicarse.
Lo que más baja el gasto es dónde se duerme y cuándo se va. Los sobe y apartmani —habitaciones y departamentos que alquilan familias— son la forma tradicional de alojarse en la costa y cuestan bastante menos que un hotel. Dormir fuera de las murallas de Dubrovnik, o directamente en Cavtat o en las Elafiti, cambia mucho la cuenta. Viajar en junio o septiembre en vez de agosto es la otra gran palanca. Los ferries públicos de línea cuestan una fracción de las excursiones organizadas y van a los mismos lugares. Y hay que contemplar la tasa turística por noche, que se cobra aparte y varía según la ciudad y la temporada.
Los croatas son más reservados de lo que uno espera de un país mediterráneo, sobre todo en el primer trato, pero cordiales y directos una vez roto el hielo. El café es una institución social: sentarse a tomar uno durante una hora o dos, sin apuro y mirando pasar la gente, es una actividad en sí misma y no un trámite; en Zagreb la mañana del sábado en la terraza es prácticamente un ritual colectivo. En la costa, el ritmo baja y la sobremesa se estira. La propina no es obligatoria y se redondea, entre el cinco y el diez por ciento si el servicio gustó.
Hay un tema que conviene manejar con cuidado: la guerra de independencia de los años noventa está a una sola generación de distancia y sigue muy presente. En Vukovar y en algunas zonas del interior todavía se ven edificios con marcas de bala. La gente habla del tema si surge, pero no es material de charla liviana ni de curiosidad turística, y conviene no opinar sobre las responsabilidades de cada bando ni referirse al país como Yugoslavia. Otro detalle: Croacia es católica y en los pueblos chicos conviene entrar a las iglesias con hombros y rodillas cubiertos, algo que también piden en varias catedrales de la costa.
La historia de Croacia es la de una tierra estrecha y alargada que se enrosca alrededor del Adriático como una media luna, y que durante mil años fue frontera: entre Roma y los bárbaros, entre Occidente y Bizancio, entre la cristiandad latina y el Islam otomano, entre los Habsburgo y Venecia, entre Yugoslavia y el mundo. Sobre este suelo se abdicó un imperio —Diocleciano, el único emperador romano que renunció al poder por voluntad propia, se retiró a morir a su palacio de Split—, se levantó un reino medieval coronado por Tomislav, floreció durante cuatro siglos una república mercantil independiente, Ragusa, que abolió la esclavitud antes que casi nadie en Europa, y se libró, ya al filo del siglo XXI, una de las guerras más crueles del continente desde 1945.
Recorrer Croacia es leer esa historia superpuesta en las piedras: en el anfiteatro romano de Pula, en las murallas de Dubrovnik, en el palacio de Diocleciano convertido en ciudad viva, en los campanarios venecianos de Dalmacia y en los tejados todavía nuevos de Vukovar. Es también asomarse a los capítulos más duros del siglo XX europeo —el Estado Independiente de Croacia y sus crímenes, el campo de Jasenovac, el éxodo istriano de los italianos, la Yugoslavia de Tito, la guerra de independencia de 1991-1995 y el drama de la Krajina serbia— con la voluntad de contarlos con precisión y sin tomar partido étnico. Hoy Croacia es un país de la Unión Europea, del espacio Schengen y de la eurozona; pero cada uno de sus destinos guarda la memoria de haber estado, siglo tras siglo, en la línea donde chocaban los mundos.
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Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.