La costa del Adriático: Dubrovnik amurallada, las islas dálmatas y los lagos de Plitvice hacen de Croacia una joya mediterránea.
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La historia de Croacia es la de una tierra estrecha y alargada que se enrosca alrededor del Adriático como una media luna, y que durante mil años fue frontera: entre Roma y los bárbaros, entre Occidente y Bizancio, entre la cristiandad latina y el Islam otomano, entre los Habsburgo y Venecia, entre Yugoslavia y el mundo. Sobre este suelo se abdicó un imperio —Diocleciano, el único emperador romano que renunció al poder por voluntad propia, se retiró a morir a su palacio de Split—, se levantó un reino medieval coronado por Tomislav, floreció durante cuatro siglos una república mercantil independiente, Ragusa, que abolió la esclavitud antes que casi nadie en Europa, y se libró, ya al filo del siglo XXI, una de las guerras más crueles del continente desde 1945.
Recorrer Croacia es leer esa historia superpuesta en las piedras: en el anfiteatro romano de Pula, en las murallas de Dubrovnik, en el palacio de Diocleciano convertido en ciudad viva, en los campanarios venecianos de Dalmacia y en los tejados todavía nuevos de Vukovar. Es también asomarse a los capítulos más duros del siglo XX europeo —el Estado Independiente de Croacia y sus crímenes, el campo de Jasenovac, el éxodo istriano de los italianos, la Yugoslavia de Tito, la guerra de independencia de 1991-1995 y el drama de la Krajina serbia— con la voluntad de contarlos con precisión y sin tomar partido étnico. Hoy Croacia es un país de la Unión Europea, del espacio Schengen y de la eurozona; pero cada uno de sus destinos guarda la memoria de haber estado, siglo tras siglo, en la línea donde chocaban los mundos.
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