Bora Bora y sus bungalows sobre el agua, la laguna turquesa de Moorea, el volcán verde de Tahití: la Polinesia Francesa es, para muchos, el paraíso definitivo. Pero detrás de la postal hay un país inmenso y diverso: 121 islas y atolones desperdigados por el Pacífico Sur a lo largo de más de 2.000 kilómetros, agrupados en cinco archipiélagos donde conviven lagunas de cine, montañas volcánicas, arrecifes rebosantes de vida y una de las culturas navegantes más fascinantes del planeta. Más allá de las Islas de la Sociedad —las más conocidas, con Tahití, Moorea y Bora Bora a la cabeza—, el viajero encuentra los atolones del Tuamotu, mecas mundiales del buceo como Rangiroa y Fakarava, y las remotas y salvajes Marquesas, la tierra que inspiró a Gauguin y a Jacques Brel. Es un destino de agua turquesa y perla negra, pero también de tatuajes ancestrales, danza, mana y una hospitalidad cálida que se vive en los grandes resorts tanto como en las pensiones familiares. Llegar cuesta —casi todos los vuelos aterrizan en Papeete tras largas horas de avión— y viajar aquí no es barato, pero pocos lugares devuelven tanto. Se paga en francos CFP, se habla francés y tahitiano, y la mejor época es la estación seca austral, de mayo a octubre. Lo que de verdad hay que llevar es tiempo: para las travesías entre islas, para el ritmo isleño y para dejarse envolver por un océano que lo cambia todo.
La moneda local es el franco CFP (código XPF), usado en los territorios franceses del Pacífico. Tiene un cambio fijo con el euro (1 € equivale a unos 119,33 francos CFP), así que su valor es estable y fácil de anticipar. En hoteles, resorts, restaurantes y excursiones se paga sin problema con tarjeta, pero conviene llevar algo de efectivo para pensiones familiares, mercados, roulottes (los food trucks locales) y las islas más pequeñas, donde los cajeros escasean. Avisá a tu banco antes de viajar, usá tarjetas sin comisión por compra en el extranjero y tené en cuenta que la Polinesia es un destino caro: los precios de comida, transporte y alojamiento son altos. La propina no es obligatoria ni forma parte de la costumbre local.
Conversor completo de XPF →Casi todos los viajes empiezan en el aeropuerto internacional de Faa'a, en Papeete (código PPT), la única gran puerta de entrada al país, en la isla de Tahití. Los vuelos son largos: Air Tahiti Nui, la aerolínea de bandera, conecta Papeete con París, Los Ángeles, Tokio y Auckland; French Bee ofrece una opción más económica desde París (vía San Francisco) y desde San Francisco directo; y completan la oferta Air France, United, Hawaiian Airlines, Air New Zealand y LATAM (vía Isla de Pascua/Santiago, la ruta más corta desde Sudamérica). Desde América Latina y Europa lo habitual es hacer una o dos escalas. Una vez en Tahití, para saltar entre archipiélagos e islas se usa Air Tahiti (los vuelos domésticos, distinta de Air Tahiti Nui), mientras que entre islas cercanas como Tahití y Moorea hay ferries frecuentes. No confundas Air Tahiti Nui (internacional) con Air Tahiti (interislas): son compañías diferentes.
La historia de la Polinesia Francesa es la de una civilización del océano: 118 islas y atolones repartidos en cinco archipiélagos sobre una superficie de mar tan grande como Europa, alcanzados hace mil años por los navegantes mā'ohi, quizá los más audaces de la historia humana. Sin brújula ni cartas, guiándose por las estrellas, el vuelo de las aves, el oleaje y el color del cielo, aquellos marinos cruzaron el Pacífico en grandes canoas de doble casco, las va'a, y sembraron de gente el triángulo inmenso que va de Hawái a Rapa Nui y a Nueva Zelanda. En su centro espiritual, sobre la isla de Raiatea, levantaron Taputapuātea, el marae más sagrado de toda la Polinesia, punto de partida y de regreso de aquella epopeya oceánica.
Sobre ese sustrato milenario se abatió, a partir del siglo XVI, la historia europea: Mendaña bautizando las Marquesas en 1595, Wallis y Bougainville "descubriendo" Tahití en 1767 y 1768, Cook y su navegante tahitiano Tupaia, los misioneros protestantes, la dinastía Pomare, el protectorado francés de 1842 y la anexión que terminaría de armar, isla por isla, la actual Polinesia Francesa. Vinieron también las enfermedades que despoblaron archipiélagos enteros, el mito del paraíso que fascinó a Gauguin, a Melville y a Brel, los soldados del Bataillon du Pacifique en la Segunda Guerra y, sobre todo, la herida abierta de los ensayos nucleares de Moruroa y Fangataufa. Recorrer la Polinesia Francesa hoy —de las lagunas turquesas de Bora Bora a los atolones perleros de Tuamotu, de los tiki de las Marquesas al Heiva de Papeete— es transitar esa historia superpuesta: la de un pueblo del mar de raíces antiquísimas que, tras siglos de colonización, vive hoy un vibrante renacimiento cultural.
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