Un país donde Oriente y Occidente se cruzan en cada esquina: Sarajevo con sus mezquitas y cafés turcos, el puente de Mostar sobre el río esmeralda y una naturaleza montañosa que todavía se siente virgen. Bosnia y Herzegovina es historia intensa, precios bajos y una hospitalidad que no vas a olvidar.
La moneda es el marco convertible (BAM), que está fijado al euro (1 EUR ≈ 1,96 BAM). Conviene llevar efectivo: muchos restaurantes, taxis y comercios pequeños no aceptan tarjeta, sobre todo fuera de Sarajevo y Mostar. Hay cajeros por todos lados y algunos lugares turísticos aceptan euros, aunque con peor cambio.
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Pocos países cuentan su historia en piedra como Bosnia y Herzegovina. En un mismo valle podés ver los stećci, esas lápidas medievales talladas por una iglesia cristiana que no obedecía ni a Roma ni a Constantinopla; el Stari Most de Mostar, un puente otomano del siglo XVI; una iglesia ortodoxa, una católica y una sinagoga a metros de una mezquita; y, unas cuadras más allá, las cicatrices de balas y morteros de una guerra que terminó en 1995. Todo eso cabe en un territorio del tamaño de una provincia argentina chica.
Encrucijada entre Oriente y Occidente, entre el Imperio otomano y el austrohúngaro, entre las tres grandes tradiciones religiosas de los Balcanes, Bosnia fue durante siglos un lugar donde convivían bosníacos musulmanes, serbios ortodoxos y croatas católicos. Esa convivencia produjo una cultura riquísima y también, en el peor momento del siglo XX, una de las guerras más crueles de la Europa de posguerra. Esta es la historia de cómo se formó ese país, cómo estuvo a punto de desaparecer y cómo sigue buscando su lugar, hoy con la vista puesta en la Unión Europea.
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