Las medinas de Marrakech y Fez, el desierto del Sahara, zocos y colores: Marruecos es un viaje a otro tiempo a un paso de Europa.
La moneda local es el dírham marroquí (MAD). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
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La historia de Marruecos es la de un extremo del mundo: el Magreb al-Aqsa, "el occidente lejano", la última tierra de África antes del Atlántico, donde la cordillera del Atlas, el desierto del Sahara y dos mares se juntan. Mucho antes de que llegaran los árabes, esta tierra ya era de los amazigh o bereberes, los "hombres libres", que la habitan desde hace milenios y que siguen siendo su sustrato humano más profundo. Sobre ellos pasaron los mercaderes fenicios que fundaron factorías en la costa, el sabio rey Juba II que gobernó la Mauritania romana desde Volubilis, y los ejércitos del islam que en el siglo VII cruzaron desde Oriente y cambiaron para siempre la lengua, la fe y el destino del país.
Desde entonces Marruecos fue, casi sin interrupción, un reino con nombre propio, algo raro en el norte de África: nunca formó parte del Imperio otomano y conserva una de las monarquías más antiguas del planeta. De aquí salieron las grandes dinastías bereberes y jerifianas —idrisíes, almorávides, almohades, meriníes, saadíes y los alauíes que todavía reinan— que levantaron Fez y Marrakech, cruzaron el Estrecho para gobernar al-Ándalus y construyeron mezquitas cuyas torres inspiraron la Giralda de Sevilla. Recorrer Marruecos —de la medina milenaria de Fez a la plaza Jemaa el-Fna de Marrakech, del azul de Chefchaouen a las dunas de Merzouga, de la Casablanca art déco a las kasbahs de barro del sur— es transitar esa historia de imperios del desierto, esplendor andalusí, rivalidad con las potencias ibéricas, protectorado colonial y una independencia joven pero firme.
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