Un país que renació de las cenizas: cascos medievales impecables, la memoria de Auschwitz, los Tatras nevados y ciudades como Cracovia y Gdansk que combinan historia densa con precios amables.
La moneda local es el esloti polaco (PLN), no el euro. Conviene llevar algo de efectivo para lugares chicos y transporte, aunque la tarjeta se acepta casi en todos lados. Avisá al banco antes de viajar y sacá plata de cajeros bancarios evitando los servicios de cambio 'dynamic currency conversion', que dan peor cotización.
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Polonia (en polaco, Polska; oficialmente República de Polonia, Rzeczpospolita Polska) es un país grande y llano en el centro-este de Europa, encajado entre Alemania al oeste y las tierras que fueron el Imperio ruso al este, con una estrecha salida al mar Báltico al norte y la muralla de los Cárpatos al sur. Esa posición, sin fronteras naturales que la protejan en la gran llanura del norte europeo, explica buena parte de su historia: la de una nación que llegó a ser uno de los Estados más extensos del continente y que, un siglo después, desapareció por completo de los mapas durante 123 años, repartida entre sus vecinos. El nombre del país viene de los polanos, «la gente de los campos» (pole, «campo» en polaco), una tribu eslava occidental que hacia el siglo X unificó a las demás en torno a la región de Gniezno y Poznań.
Pocas historias europeas son tan intensas ni tan trágicas. Aquí un duque pagano se bautizó en 966 y ató para siempre a su pueblo a la cristiandad latina; aquí floreció, con la unión de Polonia y Lituania, una república de nobles enorme y singularmente tolerante, donde convivían católicos, ortodoxos, protestantes, judíos y musulmanes tártaros; aquí las tres monarquías absolutas vecinas —Rusia, Prusia y Austria— borraron al país de Europa en 1795; aquí resucitó el Estado en 1918 solo para ser el primero en caer, en septiembre de 1939, bajo la doble invasión nazi y soviética; aquí los ocupantes alemanes instalaron las mayores fábricas de muerte de la historia, Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor; y aquí, cuarenta años más tarde, un sindicato nacido en un astillero del Báltico, Solidaridad, empezó a abrir la primera grieta por la que se desmoronaría todo el bloque comunista. Recorrer Polonia —de la plaza medieval de Cracovia a los astilleros de Gdańsk, del bosque de bisontes de Białowieża a la Varsovia reconstruida piedra por piedra— es atravesar mil años de una de las historias más densas del continente.
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