Ruinas romanas, medinas, el Sahara y playas mediterráneas: Túnez es historia y sol a precios accesibles.
Túnez es el país más chico del norte de África y probablemente el que más rinde por kilómetro: en una semana se puede recorrer una medina medieval declarada Patrimonio de la Humanidad, las ruinas de Cartago, un anfiteatro romano casi tan grande como el Coliseo y con muchísima menos gente, un pueblo blanco y azul sobre el Mediterráneo, y dormir en el Sahara entre dunas. Todo eso a poco más de una hora de vuelo de Italia.
Es también uno de los destinos más accesibles del Mediterráneo: los precios son bajos comparados con la orilla europea, tiene playas de arena y agua tibia, y la infraestructura turística funciona bien. Buena parte de Europa lo usa como destino de sol barato, pero el país tiene mucho más que resorts: el patrimonio romano tunecino es de los mejores conservados del mundo y está casi vacío de turistas, sobre todo en sitios como Dougga.
Para el viajero latinoamericano tiene dos ventajas concretas: la presión comercial es bastante menor que en Marruecos —existe, pero es más llevadera—, y al no ser parte del espacio Schengen, los días que se pasan acá no descuentan del cupo de noventa días europeo, así que funciona muy bien como escapada dentro de un viaje largo por Europa.
La moneda local es el dinar tunecino (TND). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de TND →Túnez-Cartago (TUN) es la entrada principal, y Enfidha (NBE) y Yerba (DJE) reciben chárters y low cost europeos. El TGM, un tren ligero, une la capital con Cartago, Sidi Bou Saïd y La Marsa, que es el paseo clásico de un día y sale muy barato. Los trenes de la SNCFT bajan por el Sahel hasta Susa, Monastir y Sfax con frecuencias razonables. Para el interior y el sur —Kairuán, Tozeur, Matmata—, el transporte real son los louages, autos compartidos que salen cuando completan pasajeros y llegan a casi cualquier pueblo. También se entra por mar, con ferries desde Génova, Marsella y Palermo al puerto de La Goulette.
Primavera y otoño son claramente las mejores épocas: de marzo a mayo el país está verde, las temperaturas son agradables en todo el territorio y el desierto todavía no quema; de septiembre a noviembre pasa algo parecido, con el mar todavía tibio para bañarse hasta bien entrado octubre. Son las ventanas ideales para combinar patrimonio romano, medinas y una escapada al Sahara en un mismo viaje.
El verano, de junio a agosto, es la temporada alta de playa: la costa funciona muy bien, con agua cálida y todos los servicios abiertos, pero el interior y el sur se vuelven durísimos —el desierto pasa holgadamente los cuarenta grados— y visitar ruinas al mediodía es directamente desaconsejable. El invierno es suave en la costa, con días agradables y noches frescas, y muy frío de noche en el desierto; es temporada baja con precios bajos y sitios vacíos. Conviene chequear las fechas del Ramadán antes de reservar, porque cambian cada año y modifican horarios y ritmo del país.
La cocina tunecina es la más picante del Magreb y su firma es la harissa, una pasta de ají y especias que acompaña casi todo y que se sirve con pan y aceite de oliva apenas uno se sienta. El cuscús es el plato nacional, acá servido con pescado en la costa. El brik es imperdible: una masa finísima frita rellena de huevo entero —que hay que comer sin que se chorree, un arte— con atún y perejil. Están también la sopa chorba, el lablabi de garbanzos con pan remojado que se desayuna, y la ojja, huevos revueltos con tomate y harissa.
Túnez produce muy buen aceite de oliva —es uno de los mayores exportadores del mundo— y dátiles deglet nour, considerados de los mejores del planeta, que se compran en Tozeur directamente de los palmerales. Para tomar, el té a la menta con piñones flotando y los jugos de fruta. A diferencia de otros países de la región, acá hay producción propia de vino y cerveza, con disponibilidad razonable en zonas turísticas y hoteles aunque bastante más restringida en el interior. Y una advertencia práctica: agua embotellada siempre, y prudencia con las ensaladas crudas los primeros días.
Túnez es un destino tranquilo para el circuito turístico habitual y la presión comercial es notablemente menor que en Marruecos, aunque en los zocos y en los sitios más visitados existe. Los problemas son menores: taxis que no ponen el taxímetro —hay que pedirlo al subir—, precios inflados para turistas y algún vendedor insistente. Sí conviene mantenerse informado sobre las recomendaciones oficiales vigentes: las zonas fronterizas con Libia y con Argelia y algunas áreas del interior montañoso tienen restricciones y no forman parte de ningún circuito turístico. La costa, el norte y el sur del desierto funcionan con normalidad.
En lo sanitario no hay grandes complicaciones: no es zona de malaria y no se exigen vacunas para entrar, aunque conviene consultar por hepatitis A y tifoidea como en cualquier viaje con comida callejera. Lo más común es la diarrea del viajero, que se previene con agua embotellada, sin hielo los primeros días y prudencia con crudos y fruta sin pelar. El sol del sur es muy fuerte y en el desierto la deshidratación es el riesgo real: sombrero, protector y mucha agua. La atención médica privada funciona bien en las ciudades grandes y se paga, así que el seguro de viaje es necesario. Emergencias: 197 policía, 190 ambulancia.
Túnez es de los destinos más económicos del Mediterráneo: la comida local, el transporte y el alojamiento cuestan bastante menos que en la orilla europea, y bastante menos también que en Marruecos en varios rubros. Los hoteles grandes de la costa trabajan con paquetes de todo incluido a precios muy bajos en temporada, y las medinas ofrecen dar —casas tradicionales convertidas en alojamiento— que son mucho más lindas que un hotel estándar por un precio similar.
Hay un detalle monetario que conviene tener muy claro porque genera problemas concretos: el dinar tunecino es moneda cerrada. No se consigue fuera del país y está prohibido sacarlo al salir, así que hay que cambiar al llegar y calcular para gastar lo que quede antes de irse. Guardá los comprobantes de cambio: con ellos se puede reconvertir una parte a moneda extranjera en el aeropuerto, pero sin ellos no. Sobre el regateo: en zocos y con taxis sin taxímetro es normal y esperado, con buen humor y sabiendo que uno siempre puede irse; en supermercados, restaurantes con carta, museos y estaciones el precio es fijo.
Túnez es un país musulmán, aunque de los más laicos y liberales de la región en la vida cotidiana: en las ciudades costeras se ve mucha diversidad en la forma de vestir y las mujeres tienen una presencia pública fuerte. Aun así, la vestimenta discreta —hombros y rodillas cubiertos— es lo recomendable fuera de las playas y los resorts, y especialmente en el interior, en Kairuán y en los pueblos. En las mezquitas que admiten visitantes se entra cubierto y descalzo, y varias solo permiten el acceso al patio.
Se hablan árabe tunecino y francés, este último muy extendido por la historia colonial: quien maneje algo de francés se va a mover con mucha comodidad, más que con inglés fuera de los hoteles. La hospitalidad es genuina y el té aparece en cualquier conversación. Se come y se saluda con la mano derecha, no se fotografía a personas sin permiso, y durante el Ramadán comer, beber o fumar en público de día se evita por respeto, aunque a los extranjeros se les tolera. Un detalle: acá el fin de semana es sábado y domingo, no viernes, a diferencia de otros países de la región.
La historia de Túnez es la de una esquina del Mediterráneo donde el mar de Europa y las arenas de África se tocan, y donde cada gran civilización de la cuenca dejó su huella. En este pequeño país cabe un arco de casi tres mil años: los bereberes que ya vivían aquí antes de que llegara nadie, la Cartago fenicia que fundó Elisa-Dido y que se convirtió en la mayor potencia marítima de Occidente, las guerras a muerte contra Roma que libró Aníbal, el arrasamiento total de Cartago en el 146 a.C. y su renacimiento como corazón de la África romana —la del anfiteatro colosal de El Jem y la Dougga de mármol—, la tierra donde predicó y murió San Agustín, la conquista árabe que fundó Kairuán, cuarta ciudad santa del islam, y las dinastías que hicieron de Ifriqiya un reino brillante.
Pero Túnez no es solo ruinas. Es también el país de los corsarios y de tres siglos de dominio otomano, del protectorado francés impuesto en 1881, de la independencia arrancada en 1956 y del proyecto modernizador y autoritario de Habib Burguiba, que dio a las mujeres tunecinas los derechos más avanzados del mundo árabe y a la vez gobernó sin oposición durante treinta años. Y es, sobre todo, el país donde en diciembre de 2010 un joven vendedor ambulante se prendió fuego en un pueblo del interior y encendió la chispa que derribó a un dictador y abrió la Primavera Árabe: la única de aquellas revueltas que logró construir, aunque de manera frágil y discutida, una democracia. Recorrer Túnez —la medina de la capital, las columnas de Cartago frente al golfo, el azul y blanco de Sidi Bou Said, los oasis del Sáhara, la Djerba de la sinagoga más antigua de África— es transitar todas esas capas superpuestas de un país pequeño con una historia inmensa.
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Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.