Tierra de hielo y fuego: volcanes, glaciares, cascadas, géiseres y auroras boreales en un paisaje de otro planeta.
Islandia es una isla volcánica joven, todavía en construcción, montada justo sobre la grieta donde se separan las placas de América y Eurasia. Eso explica todo lo que uno va a ver: los géiseres, los campos de lava recién solidificada, las aguas termales que salen hirviendo del suelo y los volcanes que siguen entrando en erupción cada tanto. Al mismo tiempo tiene glaciares que ocupan una décima parte del territorio y cascadas por todos lados. Es, literalmente, hielo y fuego en el mismo paisaje.
El país es del tamaño de un tercio de Uruguay pero tiene menos de cuatrocientos mil habitantes, y dos tercios viven en el área de Reikiavik. El resto es una carretera de circunvalación —la Ring Road— que da la vuelta completa a la isla, pasando por pueblos de doscientas personas, fiordos, playas negras y glaciares que llegan casi hasta el mar. No hay ferrocarril y prácticamente no hay transporte público fuera del suroeste, así que el viaje se hace en auto y esa es la forma en que está pensado.
Dos cosas hay que asumir antes de reservar. La primera es el costo: Islandia es uno de los países más caros del mundo y no hay manera de esquivarlo del todo. La segunda es el clima, que no es un detalle sino el factor que manda: el viento es la fuerza dominante, las rutas se cierran sin aviso, y mirar el parte todos los días no es exageración de guía sino lo que hace cualquier islandés antes de salir de su casa.
La moneda local es el corona islandesa (ISK). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de ISK →Todos los vuelos internacionales llegan a Keflavík (KEF), a unos cincuenta kilómetros de Reikiavik, y se entra a la ciudad con los buses Flybus o Airport Direct, en unos cuarenta y cinco minutos. Islandia no tiene ferrocarril. El país se recorre por la carretera de circunvalación, la Ring Road, en auto o en campervan, y esa es la forma en que está pensado el viaje; los buses de Straeto existen pero tienen frecuencias mínimas y en invierno casi desaparecen. Las F-roads del interior exigen 4x4 y solo abren en verano. Lo más importante: el clima cierra rutas sin aviso, así que hay que mirar todos los días umferdin.is, que informa el estado de las carreteras, y vedur.is, que da el pronóstico y las alertas de viento.
El verano, de junio a agosto, es la temporada para recorrer: todas las rutas están abiertas, incluidas las del interior, hay luz casi las veinticuatro horas —en junio prácticamente no oscurece— y se puede manejar la Ring Road entera sin sobresaltos. Es también cuando hay ballenas y frailecillos, y cuando funcionan todas las excursiones. La contra es que es la temporada más cara y más concurrida, y que no se ve la aurora boreal porque no hay noche. Mayo y septiembre son buenos intermedios, con menos gente y precios algo mejores.
El invierno, de octubre a marzo, es otro viaje: aurora boreal, cuevas de hielo azul —que solo existen en esta época— y paisajes nevados, con precios de alojamiento más bajos. Pero hay que aceptar sus reglas: pocas horas de luz, con apenas cuatro o cinco en pleno diciembre, muchas rutas del norte y del interior cerradas, tormentas que dejan a la gente varada un día entero y manejo sobre hielo que no es para cualquiera. Si es la primera vez y se quiere hacer la vuelta completa a la isla, el verano es la respuesta; si el objetivo es la aurora, el invierno con base fija en el sur.
La cocina islandesa nació de conservar comida en una isla sin árboles ni cultivos, y de ahí salen sus platos más famosos. El cordero islandés, criado suelto en la montaña, es excelente y aparece en el plokkfiskur —un guiso de pescado y papa— y en sopas. El pescado es de primerísima calidad, sobre todo el bacalao y el arenque. El skyr, que técnicamente es un queso fresco aunque parezca un yogur espeso, se come en el desayuno y se lleva de recuerdo. Y el pan de centeno cocido bajo tierra con calor geotérmico, que se sirve con manteca y pescado ahumado.
También están las comidas que se exhiben como desafío al turista —tiburón fermentado, cabeza de oveja— que casi ningún islandés come habitualmente; probarlas es una anécdota, no una experiencia gastronómica. Lo que sí hay que probar es el pylsur, el pancho islandés hecho con cordero, cerdo y ternera, que se pide 'con todo' y es la comida callejera nacional y una de las pocas cosas baratas del país. Dos datos que ahorran plata real: el agua de la canilla es de las mejores del mundo y comprar agua embotellada no tiene sentido; y el alcohol solo se vende en las tiendas estatales Vínbúðin, con horarios acotados y precios muy altos, así que quien quiera tomar algo conviene que compre en el free shop del aeropuerto al llegar, que es lo que hacen los locales.
Islandia es de los países más seguros del mundo: la criminalidad es prácticamente inexistente y se camina de noche sin ninguna preocupación. Todo el riesgo del viaje es la naturaleza, y ahí sí hay que tomárselo en serio porque los accidentes de turistas ocurren todos los años. Las olas de la playa de Reynisfjara suben sin aviso y se llevan gente. Los campos geotérmicos tienen barro a más de cien grados apenas al costado del sendero. Los glaciares tienen grietas tapadas por nieve y no se pisan sin guía y sin equipo. Y los vientos pueden arrancar la puerta del auto de las manos, que es de los reclamos más frecuentes a las aseguradoras.
La regla que se repiten los islandeses es simple: mirar el parte antes de salir, todos los días. Los dos sitios oficiales son umferdin.is, que muestra el estado y el cierre de cada tramo de ruta, y vedur.is, del servicio meteorológico, con las alertas de viento y tormenta; safetravel.is es el sitio oficial de seguridad para viajeros y permite dejar registrado el plan de viaje. Si un cartel dice que la ruta está cerrada, está cerrada: circular igual es multa y, sobre todo, es cómo se producen los rescates. Manejar fuera de los caminos marcados está prohibido y se sanciona fuerte, porque el musgo que se rompe tarda décadas en volver. El sistema de salud es bueno y caro sin cobertura, así que el seguro de viaje es imprescindible y conviene que cubra rescate. Emergencias: 112.
Islandia está entre los países más caros del mundo y hay que planificar con eso en mente. Como orientación, sin fuente oficial porque no la hay para estos rubros, una cama en dormi suele ir de cuarenta a setenta euros, una habitación privada o guesthouse de ciento veinte a doscientos, un plato principal en un restaurante de treinta a cuarenta y cinco euros y una cerveza de diez a trece. El alquiler del auto y la nafta son el otro gasto grande, y las excursiones —glaciar, cuevas de hielo, ballenas— cuestan bastante cada una.
Las palancas que funcionan de verdad son cuatro. Cocinar: los supermercados Bónus y Krónan son mucho más baratos que comer afuera, y casi todos los alojamientos tienen cocina. Alquilar una campervan, que resuelve transporte y alojamiento en un solo gasto y es lo que hace mucha gente en verano. Elegir bien las excursiones: hay una o dos que valen cada peso y el resto del paisaje se ve desde la ruta gratis. Y usar las piscinas geotérmicas municipales de los pueblos, que cuestan una fracción de la Laguna Azul y son donde se juntan los islandeses. Sumale que las cascadas, las playas, los cráteres y los miradores no cobran entrada, aunque en algunos lugares hay que pagar el estacionamiento.
Los islandeses son informales y bastante directos, con muy poca distancia jerárquica: se tratan por el nombre de pila incluso con el presidente, y de hecho no usan apellidos como los conocemos sino patronímicos —el hijo de Jón es Jónsson y la hija, Jónsdóttir—, razón por la cual la guía telefónica está ordenada por nombre de pila. Hay una expresión que resume bastante el carácter nacional, þetta reddast, que viene a ser 'ya se va a solucionar', y explica una mezcla de calma y aparente improvisación que en una isla con este clima resulta bastante razonable.
Dos costumbres muy concretas que conviene conocer. En las piscinas geotérmicas y termas es obligatorio ducharse desnudo con jabón antes de entrar al agua, en vestuarios comunes, y se controla: el agua tiene poco cloro justamente porque se cuida la higiene previa, y saltarse esa regla es la forma más rápida de quedar mal. Y los zapatos se sacan al entrar a una casa, sin excepción. Sobre la naturaleza hay una sensibilidad muy fuerte: salirse del sendero, manejar fuera de la ruta o apilar piedras en formaciones naturales se consideran daños reales, no travesuras, porque en un ecosistema tan frágil las marcas duran décadas.
La historia de Islandia empieza con la geología. La isla se levanta justo sobre la dorsal mesoatlántica, la gigantesca fisura donde la placa norteamericana y la euroasiática se separan lentamente: por eso Islandia respira fuego y agua hirviente, tiene volcanes, géiseres y campos de lava, y crece unos centímetros cada año a medida que las dos mitades del país se apartan una de otra. Sobre esa tierra joven, todavía en formación, no vivía nadie hasta hace apenas once siglos. Fue uno de los últimos grandes territorios habitables del planeta en ser poblado por el ser humano, y lo fue de golpe, en vida de gente que dejó su nombre escrito.
Aquellos primeros isleños —colonos nórdicos que llegaron hacia el año 874, algún monje irlandés antes que ellos— fundaron en el año 930 el Alþingi, uno de los parlamentos más antiguos del mundo, y crearon una república de granjeros sin rey. Y mientras araban una tierra dura y peleaban entre clanes, escribieron las sagas: una literatura medieval extraordinaria, sin igual en la Europa de su tiempo. Después vinieron siglos oscuros —la sumisión a Noruega y a Dinamarca, la Peste Negra, el monopolio comercial, la erupción del Laki que mató a una quinta parte de la población—, la lucha por la independencia lograda en 1944, las Guerras del Bacalao, la cumbre que casi termina con las armas nucleares del mundo, un crack financiero histórico y, otra vez, los volcanes: el Eyjafjallajökull que paralizó los cielos de Europa y las erupciones que desde 2021 obligaron a evacuar un pueblo entero. Recorrer Islandia es recorrer esa historia de fuego, hielo y palabra.
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Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.