Fiordos que cortan la respiración, glaciares que bajan hasta la selva, volcanes humeantes y campos de un verde imposible: Nueva Zelanda —Aotearoa, "la tierra de la larga nube blanca"— es uno de los grandes destinos de naturaleza del planeta. En un país del tamaño de Italia pero con apenas cinco millones de habitantes, se puede pasar en pocas horas de una playa subtropical a un paso alpino nevado, y del géiser al viñedo. No sorprende que Peter Jackson rodara aquí la Tierra Media: casi cualquier valle parece sacado de una película. El país se reparte en dos grandes islas de carácter muy distinto. La Isla Norte concentra la energía volcánica y la cultura maorí viva —Rotorua, el lago Taupo, Tongariro— junto a las ciudades más grandes, Auckland y la capital, Wellington. La Isla Sur es el reino de los Alpes del Sur: Queenstown y su adrenalina, los fiordos de Milford Sound, los glaciares de la costa oeste y los lagos turquesas de Tekapo y Wanaka. Un viaje completo suele combinar ambas, unidas por el ferry del estrecho de Cook. Seguro, ordenado, angloparlante y con una infraestructura pensada para el viajero independiente, es un destino ideal para recorrer en auto o campervan a tu ritmo. Se conduce por la izquierda, se paga en dólares neozelandeses y se entra con la sencilla autorización NZeTA. Solo hay que tener en cuenta que está lejos de todo —los vuelos son largos— y que las distancias, aunque menores que en Australia, piden calma: en Nueva Zelanda el camino es tanto o más bello que el destino.
La moneda local es el dólar neozelandés (NZD, símbolo NZ$), dividido en 100 centavos, con billetes de polímero muy resistentes. El país está altamente digitalizado: se paga con tarjeta y con el celular prácticamente en todas partes, incluso importes pequeños, así que no hace falta llevar mucho efectivo. El sistema de contactless (PayWave) está por todas partes, aunque a veces se cobra un pequeño recargo. Conviene avisar al banco antes de viajar, usar tarjetas sin comisión por compra en el extranjero y revisar la cotización del día. La propina no es habitual ni se espera: se deja solo por un servicio excepcional.
Conversor completo de NZD →Nueva Zelanda está lejos de casi todo, así que llegar implica vuelos largos. Desde América Latina, el acceso más directo es a través de Santiago de Chile o de Buenos Aires (con LATAM y Air New Zealand volando a Auckland), y desde Europa se llega con escala en un hub asiático o del Golfo (Singapur, Dubái, Doha, Hong Kong) o vía Australia. La principal puerta de entrada es el aeropuerto internacional de Auckland, el más conectado; le siguen Christchurch (ideal para empezar por la Isla Sur), Wellington y Queenstown, que reciben sobre todo vuelos regionales y desde Australia. Air New Zealand es la aerolínea de bandera. Una vez en el país, muchos viajeros alquilan auto o campervan para recorrer cada isla a su ritmo, y usan el ferry del estrecho de Cook (entre Wellington y Picton) o vuelos internos para saltar entre la Isla Norte y la Isla Sur. Recordá tramitar la NZeTA y pagar el impuesto IVL antes de embarcar: sin la autorización electrónica no te permitirán abordar el vuelo.
La historia de Nueva Zelanda —Aotearoa, «la tierra de la larga nube blanca»— es la de la última gran masa de tierra habitable del planeta en ser poblada por el ser humano. Mientras Europa vivía la Edad Media y las catedrales góticas se alzaban en Francia, estas islas del extremo sur del Pacífico permanecían vírgenes, sin un solo mamífero terrestre, dominadas por aves gigantes como el moa. Recién hacia el año 1250-1300 de nuestra era, tras la más audaz epopeya náutica de la humanidad, los navegantes polinesios llegaron en sus grandes waka (canoas) desde la mítica Hawaiki y se convirtieron en los maoríes, tangata whenua o «gente de la tierra». En apenas unos siglos forjaron una cultura propia, organizada en iwi (tribus) y hapū (subtribus), regida por el whakapapa (la genealogía), el mana (el prestigio) y el tapu (lo sagrado).
Sobre ese mundo se posó, tardía pero brutalmente, el contacto europeo: el holandés Abel Tasman avistó la costa en 1642 sin desembarcar, y el británico James Cook la cartografió en 1769. Vinieron después los balleneros, los misioneros y el mosquete, que desató las devastadoras Guerras de los Mosquetes entre iwi. En 1840, la Corona británica y más de 500 rangatira (jefes) firmaron en Waitangi el tratado fundacional del país, un documento cuyas dos versiones —una en inglés, otra en te reo māori— decían cosas distintas y cuya interpretación divergente sigue definiendo a la nación. La colonización, las Guerras de Nueva Zelanda, las confiscaciones de tierras (raupatu) y las fiebres del oro de Otago y la costa oeste transformaron el país en una colonia británica de colonos.
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