El más nórdico de los países bálticos: Estonia mezcla el casco medieval de Tallin —Patrimonio de la Humanidad—, bosques y ciénagas vírgenes, islas tranquilas del Báltico y una de las sociedades más digitales del mundo.
La moneda local es el euro (€). Estonia es un país prácticamente sin efectivo: se paga con tarjeta en casi todos lados, hasta en el kiosco o el café más chico, así que casi no vas a necesitar billetes. Aun así, conviene avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
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Estonia es un país pequeño y terco que pasó casi setecientos años bajo el mando de otros —daneses, caballeros alemanes, suecos, rusos y soviéticos— y que aun así conservó una lengua finougria que no se parece a la de ninguno de sus conquistadores y una identidad campesina que terminó convertida en nación. Que este rincón de bosques, ciénagas e islas del Báltico haya salido de la órbita soviética en 1991 cantando —literalmente, con festivales de canto multitudinarios— y se haya reinventado en una de las sociedades más digitales del planeta es una de las historias más improbables y luminosas de la Europa contemporánea.
Acá vas a encontrar el arco completo: desde los primeros cazadores que llegaron cuando se retiró el hielo y los pueblos finougrios que dieron origen a los estonios, pasando por la cruzada livonia y los caballeros teutónicos, la Liga Hanseática y la Reval medieval, los siglos de dominio danés, sueco y del Imperio ruso, el despertar nacional del siglo XIX, la primera independencia de 1918-1940, la brutal doble ocupación soviética y nazi con sus deportaciones masivas, la Revolución Cantada y la independencia recuperada en 1991, hasta la Estonia digital de hoy, miembro de la Unión Europea, la OTAN y la eurozona. Historia dura, contada con precisión, sin épica de bronce ni eufemismos.
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