Pequeña pero intensa, Bélgica junta ciudades medievales de cuento como Brujas y Gante, la elegancia de Bruselas y las Ardenas verdes, todo regado con chocolate, papas fritas y las mejores cervezas del mundo.
La moneda local es el euro (EUR). La tarjeta se acepta casi en todos lados, pero conviene llevar algo de efectivo para mercados, cafés chicos y pueblos de las Ardenas. Avisá al banco antes de viajar y revisá la cotización del día.
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Bélgica es un país pequeño con una historia enorme, y buena parte de esa historia le vino de afuera. Encajada entre Francia, Alemania, los Países Bajos y el mar del Norte, esta esquina de Europa fue durante dos mil años una encrucijada de comercio, de fe y, sobre todo, de ejércitos: por acá pasaron las legiones de César, los duques de Borgoña, los tercios españoles, las tropas de Napoleón, el ejército del Káiser y las divisiones de Hitler. No por casualidad se la llamó "el campo de batalla de Europa". De esa posición endiablada nacieron a la vez su riqueza —las ciudades textiles de Flandes fueron, en la Edad Media, de las más ricas del continente— y sus tragedias.
Bélgica es también un país joven y doble. Como Estado independiente existe recién desde 1830, y desde entonces convive con una fractura de fondo: al norte, Flandes, que habla neerlandés; al sur, Valonia, que habla francés; y en el medio, Bruselas, bilingüe y hoy capital de facto de la Unión Europea. Esa tensión lingüística, más que una anécdota folclórica, es el eje que explica la política belga del último siglo y medio y la transformación del país en un Estado federal complejísimo. A esa historia hay que sumarle un capítulo oscuro que Bélgica tardó en mirar de frente: el Congo, la colonia que el rey Leopoldo II gobernó como propiedad personal y donde se cometieron algunas de las peores atrocidades de la era colonial. Contar la historia de Bélgica es contar todo eso junto: los canales de Brujas y las trincheras del Yser, los primitivos flamencos y el caucho del Congo, la cerveza y las reformas del Estado.
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