Canales, bicicletas, molinos y museos: Ámsterdam y los Países Bajos son compactos, encantadores y fáciles de recorrer.
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La historia de los Países Bajos empieza por una aclaración necesaria: el país no se llama "Holanda". Holanda son sólo dos de las doce provincias que componen el reino —Holanda del Norte, con Ámsterdam, y Holanda del Sur, con La Haya y Róterdam—, las más pobladas y visibles, tan dominantes en el comercio y la cultura que su nombre terminó por confundirse con el del conjunto. El nombre correcto es Países Bajos (Nederland, "tierras bajas"), y describe con exactitud lo que son: un territorio llano y anfibio en el gran delta donde los ríos Rin, Mosa y Escalda desembocan en el mar del Norte, buena parte de él por debajo del nivel del mar, arrancado al agua metro a metro a lo largo de mil años. Tanto es así que el propio gobierno neerlandés pidió en 2020 que se dejara de usar "Holanda" como marca del país.
Sobre esa geografía imposible los neerlandeses construyeron una de las historias más asombrosas de Europa: un pueblo de campesinos y pescadores que drenó pantanos y levantó diques, que se rebeló durante ochenta años contra el imperio más poderoso de su tiempo, que inventó de hecho una república burguesa y tolerante cuando el resto del continente vivía bajo reyes absolutos, y que en un solo siglo —el Siglo de Oro— se convirtió en la primera potencia comercial, financiera y cultural del planeta, patria de Rembrandt, Vermeer, Spinoza y de la primera bolsa de valores moderna. Esa misma epopeya tiene su reverso oscuro: la Compañía de las Indias Orientales y la trata atlántica de esclavos, un imperio colonial que se extendió de Indonesia a Surinam y el Caribe, y por el que el Estado neerlandés pidió disculpas oficiales en 2022. Recorrer los Países Bajos hoy —de los canales de Ámsterdam a los molinos de Kinderdijk, del tribunal internacional de La Haya a los campos de tulipanes— es transitar esa doble herencia: la de un país pequeño que aprendió a domar el mar y que, para bien y para mal, cambió el mundo.
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