Antes de la colonización europea, el valle del río Connecticut y las costas del estrecho de Long Island estaban habitados por pueblos de lengua algonquina, entre ellos los pequot, los mohegan, los quinnipiac y los podunk. El propio nombre del estado deriva de una palabra algonquina, quinnitukqut, que significa aproximadamente 'junto al largo río de mareas', en referencia al río Connecticut, el mayor de Nueva Inglaterra.
El primer europeo en explorar la región fue el navegante neerlandés Adriaen Block, en 1614, y comerciantes holandeses de pieles establecieron un puesto llamado 'Casa de la Esperanza' (House of Hope) en el emplazamiento de la actual Hartford. Pero fueron los ingleses quienes protagonizarían la colonización efectiva pocas décadas después.
La colonización inglesa comenzó en 1633 en Windsor, y se afianzó en 1636, cuando el pastor puritano Thomas Hooker condujo a un grupo de colonos desde la colonia de la Bahía de Massachusetts para fundar Hartford, en busca de mayor autonomía religiosa y política. De aquella empresa nació la Colonia del Río Connecticut.
En enero de 1639, los colonos adoptaron las Órdenes Fundamentales de Connecticut (Fundamental Orders), un pacto de gobierno que muchos historiadores consideran la primera constitución escrita de la historia de América, ya que establecía un gobierno basado en el consentimiento de los gobernados. De ese documento pionero deriva el apodo del estado, 'Constitution State' (el estado de la constitución). Su expansión se hizo, no obstante, a costa de los pueblos originarios: la Guerra Pequot de 1637 terminó con la casi aniquilación de esa nación.
Connecticut fue una de las trece colonias británicas originales que se rebelaron contra la corona y una activa participante en la Revolución. En la Convención Constitucional de 1787, sus delegados Roger Sherman y Oliver Ellsworth propusieron el célebre 'Compromiso de Connecticut' (o Gran Compromiso), que resolvió el conflicto entre estados grandes y pequeños creando un Congreso bicameral: una Cámara de Representantes proporcional a la población y un Senado con dos escaños por estado. Es la fórmula que rige hasta hoy.
El 9 de enero de 1788, Connecticut ratificó la Constitución de Estados Unidos, convirtiéndose en el quinto estado de la Unión. Su tradición de gobierno propio y su papel en el diseño del sistema federal le dieron una influencia muy superior a su pequeño tamaño.
A lo largo del siglo XIX, Connecticut se convirtió en uno de los grandes motores industriales del país, con una tradición de ingenio manufacturero conocida como 'Yankee ingenuity'. Fue capital de la industria de las armas de fuego —con firmas legendarias como Colt en Hartford y Winchester en New Haven—, pionera de la fabricación con piezas intercambiables, y centro de la producción de relojes, latón, herramientas y máquinas de coser.
Hartford se consolidó además como capital mundial de los seguros, sede de compañías históricas como Aetna y The Hartford, un sector que sigue siendo pilar de su economía. Durante las dos guerras mundiales, el estado fue un arsenal clave, y firmas como Pratt & Whitney (motores de aviación) y Sikorsky (helicópteros) lo convirtieron en un centro aeroespacial de primer orden.
Pese a ser uno de los estados más pequeños del país, Connecticut concentra un patrimonio cultural notable. Alberga la Universidad de Yale, fundada en 1701 en New Haven, una de las más prestigiosas del mundo, con sus célebres museos y bibliotecas. En Hartford vivieron y escribieron autores como Mark Twain —cuya casa victoriana es hoy un museo— y Harriet Beecher Stowe, autora de 'La cabaña del tío Tom'.
El estado ofrece al viajero los pueblos coloniales de Nueva Inglaterra, la costa del estrecho de Long Island con localidades marineras como Mystic y su famoso puerto histórico, los paisajes otoñales del valle del río Connecticut y una privilegiada posición entre las dos grandes metrópolis de la costa este, Nueva York y Boston. Esa combinación de historia fundacional, riqueza industrial y encanto de Nueva Inglaterra define su carácter.