Roma, Venecia, Florencia y la Toscana: Italia es historia, arte renacentista, costas de ensueño y la mejor comida del mundo.
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La historia de Italia es, en buena medida, la historia de Occidente. En esta península con forma de bota, tendida como un puente entre Europa y el Mediterráneo, nacieron la República y el Imperio romanos, la lengua latina que se ramificó en el español, el italiano, el francés y el portugués, el derecho que todavía rige nuestros tribunales y la Iglesia católica que gobernó las conciencias de medio mundo. Mil años después, en las mismas ciudades, floreció el Renacimiento: Florencia, Roma y Venecia dieron a la humanidad a Dante y a Petrarca, a Leonardo, Miguel Ángel y Rafael, a Galileo y a Maquiavelo. Pocos rincones del planeta han pesado tanto en la cultura universal.
Y sin embargo, Italia como Estado unificado es joven: nació recién en 1861, después de que durante más de trece siglos la península viviera fragmentada en reinos, ducados, repúblicas y los Estados de la Iglesia, disputada por españoles, franceses y austríacos. El Risorgimento la unió a sangre y fuego; la unificación dejó abierta la herida de la "cuestión meridional" y empujó a millones de italianos a emigrar —muchísimos al Río de la Plata, hasta el punto de que buena parte de los argentinos y uruguayos lleva sangre y apellido italianos—. En el siglo XX conoció el fascismo de Mussolini, la guerra, la Resistencia y, después, la República, el milagro económico y los años de plomo. Recorrer Italia hoy es transitar todas esas capas superpuestas: el foro romano y la cúpula de Brunelleschi, la laguna de Venecia y los templos griegos de Sicilia, la memoria luminosa del arte y la memoria dura de la guerra.
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