Viena imperial, Salzburgo y los Alpes austríacos: música clásica, palacios y montañas para todas las estaciones.
Austria es un país chico con un pasado enorme: durante siglos fue el centro del imperio de los Habsburgo, que gobernaba media Europa, y Viena quedó con la escala urbana de una capital imperial que hoy tiene menos de dos millones de habitantes. Eso explica los palacios, la ópera, los cafés con techos de cinco metros y una densidad de música clásica que no tiene ningún otro lugar del mundo: Mozart, Haydn, Schubert, Strauss, Mahler y buena parte de Beethoven trabajaron acá.
La otra mitad del país son los Alpes, que ocupan casi dos tercios del territorio. Ahí el viaje cambia por completo: valles con pueblos de madera, lagos de agua transparente en el Salzkammergut, teleféricos que suben a más de tres mil metros y una cultura de montaña que se vive todo el año, con esquí en invierno y senderismo en verano. Ir a Austria y quedarse solo en Viena es perderse la mitad.
Para el viajero latinoamericano tiene dos ventajas concretas. Una es logística: está en el centro de Europa, y desde Viena se llega en tren a Praga, Budapest, Bratislava, Múnich y Venecia en pocas horas, así que encaja naturalmente en un viaje de varios países. La otra es que Austria mantiene un acuerdo de vacaciones y trabajo con Argentina, con doscientos cupos por año para jóvenes de 18 a 30, lo que la vuelve una de las puertas de entrada a Europa para quedarse un tiempo largo.
La moneda local es el euro (EUR). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de EUR →Viena (VIE) es la entrada principal, con el City Airport Train y el S-Bahn al centro; Salzburgo (SZG) e Innsbruck (INN) sirven a los Alpes. Los trenes de ÖBB son puntuales y cómodos: Viena–Salzburgo son unas dos horas y media y Viena–Innsbruck algo más de cuatro. Austria es además el centro de la red de trenes nocturnos de Europa: los Nightjet de ÖBB salen de Viena hacia Alemania, Suiza, Italia y los Países Bajos, y son una forma de ahorrar una noche de alojamiento. Para los valles alpinos, adonde no llega el tren llega el Postbus, coordinado con los horarios ferroviarios. El Klimaticket, el abono anual de transporte, solo conviene para estadías largas.
Austria tiene dos temporadas altas bien separadas y eso es lo primero que hay que decidir. El verano, de junio a septiembre, es el mejor momento para los Alpes: los senderos están abiertos, los teleféricos funcionan, se puede nadar en los lagos del Salzkammergut y de Carintia, y las ciudades tienen festivales al aire libre. Julio y agosto son los meses de más gente en Hallstatt y Salzburgo. Junio y septiembre dan casi lo mismo con bastante menos multitud, y septiembre suele tener el aire más limpio para las vistas de montaña.
El invierno es la otra temporada, de diciembre a marzo, y ahí el país se reorganiza alrededor de la nieve: las estaciones de esquí abren, los pueblos alpinos se llenan y los precios en Tirol y Salzburgo suben mucho, sobre todo en Navidad, Año Nuevo y las vacaciones europeas de febrero. Diciembre suma los mercados navideños de Viena y Salzburgo, que son de los más lindos de Europa y funcionan desde mediados de noviembre hasta Navidad. Las temporadas intermedias, noviembre y de mediados de abril a mayo, son las más baratas, pero en la montaña muchos teleféricos y hoteles cierran por mantenimiento.
La cocina austríaca es la del imperio, así que tiene préstamos de media Europa central. El Wiener Schnitzel original es de ternera, empanado finito y frito en manteca, y si es de cerdo la carta lo aclara porque no puede llamarse igual. Están también el Tafelspitz, un hervido de carne que era el plato preferido del emperador Francisco José, el gulash heredado de Hungría, las salchichas de los puestos callejeros que abren hasta la madrugada y, en la montaña, los Kasspatzln y el Kaiserschmarrn, un panqueque desarmado con azúcar y compota que se come como plato principal después de caminar.
La pastelería es un capítulo aparte y probablemente lo mejor del país: la Sachertorte de chocolate con mermelada de damasco, el strudel de manzana, la Linzer Torte, que es la torta con receta escrita más antigua que se conoce. Se acompaña con café, y conviene saber que pedir 'un café' no significa nada: hay que elegir entre Melange, Verlängerter, Einspänner o Kleiner Brauner, entre muchos otros. Para tomar, el vino blanco austríaco es excelente y poco conocido afuera, sobre todo el Grüner Veltliner del Wachau, y en los Heurigen de las afueras de Viena se toma el vino nuevo de la casa con una picada, en mesas compartidas al aire libre.
Austria es uno de los países más seguros del mundo y Viena aparece siempre entre las ciudades con menor criminalidad de Europa. Los incidentes que afectan a un viajero son carteristas en el metro de Viena, en la zona de la catedral y en los mercados navideños llenos, y poco más. Una estafa clásica en Viena son los vendedores callejeros de entradas a conciertos vestidos de época: no son de las salas oficiales, cobran de más y ubican en lugares malos. Emergencias, 112; y en montaña, el rescate alpino es el 140.
El sistema de salud es de primer nivel y caro sin cobertura, así que el seguro de viaje es imprescindible; para el visado Schengen se exige uno con cobertura mínima de treinta mil euros. El riesgo real del país es la montaña, no la delincuencia: el clima alpino cambia rápido, hay que mirar el parte antes de salir a caminar, respetar la señalización de los senderos y no subestimar la altura ni el frío aunque abajo haya veinte grados. En invierno, esquiar fuera de pista sin guía es la causa más común de accidentes graves, y conviene verificar que el seguro cubra rescate en montaña, que muchos excluyen. Si se hace senderismo en zonas boscosas conviene consultar por la encefalitis transmitida por garrapatas.
Austria es cara, en el rango de Alemania y por debajo de Suiza. Como orientación, sin que sea un dato oficial porque no existe para estos rubros, una cama en dormi suele ir de treinta a cincuenta euros, un hotel de gama media de cien a ciento sesenta, un plato en un restaurante sencillo entre quince y veinticinco euros y el café en un café histórico de Viena entre cinco y siete. En las estaciones de esquí en temporada alta, el alojamiento puede duplicar esos valores, y el forfait diario es un gasto grande que conviene contemplar aparte.
Lo que más ayuda a bajar el gasto es el transporte. Viena tiene abonos de 24, 48 y 72 horas que salen mucho menos que los boletos sueltos, y los trenes de ÖBB comprados con anticipación tienen tarifas Sparschiene muy por debajo de la flexible. Para quien se queda semanas, el Klimaticket cubre todo el transporte público del país. Los mercados como el Naschmarkt de Viena, los puestos de salchichas y el menú del mediodía de los restaurantes, bastante más barato que la carta de la noche, resuelven las comidas. Y muchos de los museos estatales tienen entrada libre para menores de 19 años.
Austria es formal, más que Alemania. Los títulos importan y se usan al presentarse; el saludo habitual entre desconocidos en el campo y en la montaña es Grüß Gott y responderlo cae bien. La puntualidad se da por descontada, en los edificios se separa la basura y en el transporte se habla bajo. Un detalle que sorprende: en los restaurantes y cafés no se espera que uno se siente donde quiera, se saluda al entrar y muchas veces se comparte mesa. La propina se redondea hacia arriba, entre el cinco y el diez por ciento, y se dice el monto total al pagar en vez de dejar las monedas en la mesa.
Conviene no confundir Austria con Alemania ni suponer que es lo mismo, que es de las pocas cosas que molestan de verdad; hablan alemán pero con un acento y un vocabulario propios, y la identidad austríaca es un tema sensible. Lo mismo con la historia: Austria fue anexada por la Alemania nazi en 1938 y durante décadas se presentó a sí misma como primera víctima antes que como partícipe, una discusión que el país recién dio en serio en los años ochenta y noventa. En Viena hay memoriales del Holocausto y el museo del Judenplatz, y se visitan con la misma seriedad que en Alemania. Fuera de eso, la vida social pasa por la música, el café y, en la montaña, por la costumbre de saludar a todo el que se cruza en un sendero.
La historia de Austria es la de una encrucijada: un corredor de montañas y de valles a orillas del Danubio por donde pasaron, durante tres mil años, casi todos los pueblos y todas las corrientes de Europa. Aquí, en un pueblito de los Alpes llamado Hallstatt, los arqueólogos hallaron un yacimiento tan revelador que la primera Edad del Hierro europea lleva su nombre: la cultura de Hallstatt. Sobre esas minas de sal se levantaron los celtas y su reino de Nórico, después las legiones de Roma con sus ciudades de Carnuntum y Vindobona, y más tarde los bávaros, Carlomagno y la marca oriental que dio origen al nombre del país. Ostarrîchi, "el reino del este", aparece escrito por primera vez en un documento del año 996.
Pero si un apellido resume a Austria, es el de los Habsburgo. Desde que Rodolfo I ganó la corona en 1273 y su hijo se instaló en el Danubio en 1282, esta familia gobernó Austria durante más de seis siglos y llegó a ceñir la corona imperial de media Europa, no tanto por la guerra como por el matrimonio: "que otros hagan la guerra; tú, feliz Austria, cásate". Viena resistió dos sitios otomanos (1529 y 1683), fue capital de un imperio multinacional, cuna de Mozart y Haydn, escenario del Congreso que reordenó Europa en 1815 y de la deslumbrante y contradictoria Viena del 1900 —la de Freud y Klimt, pero también la del antisemitismo político que fascinó al joven Hitler—. El disparo de Sarajevo en 1914 hundió al imperio; el Anschluss de 1938 borró al país del mapa y lo hizo cómplice y víctima a la vez del nazismo. Austria volvió a existir como estado neutral con el Tratado de 1955. Recorrerla hoy —de la sal de Hallstatt a los palacios de Viena, de los lagos del Salzkammergut a los picos del Tirol— es transitar esa historia densa, brillante y a menudo trágica que está en el corazón mismo de Europa.
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Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.