Uno de los destinos más jóvenes y menos turísticos de Europa: monasterios ortodoxos medievales Patrimonio de la Humanidad, bazares otomanos, montañas para hacer trekking y una escena de cafés que desborda energía. Kosovo declaró su independencia en 2008 y su estatus es reconocido por buena parte de la comunidad internacional, aunque no por todos los países; sobre el terreno es un lugar seguro, hospitalario y de los más económicos del continente.
La moneda es el euro (€), que Kosovo adoptó de forma unilateral (no forma parte de la eurozona). Conviene llevar algo de efectivo: aunque en Pristina y las ciudades grandes se paga con tarjeta en muchos lugares, en pueblos, taxis y comercios chicos el efectivo sigue siendo el rey. Hay cajeros en todas las ciudades. En las zonas de mayoría serbia del norte a veces circula también el dinar serbio.
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Pocos territorios tan chicos cargan con una historia tan disputada. En este rincón de los Balcanes se superponen el reino ilirio de la Dardania, el corazón del Estado serbio medieval con sus monasterios ortodoxos, cinco siglos otomanos que reconfiguraron por completo la población, y una de las guerras más recordadas del fin del siglo XX. Kosovo es, a la vez, un lugar sagrado para la memoria nacional serbia y el hogar de una mayoría albanesa que lo reclamó como propio.
El resultado es un país joven —declaró su independencia en 2008— con una identidad milenaria y un estatus todavía discutido: reconocido por buena parte de la comunidad internacional pero no por Serbia, que lo considera su provincia meridional, ni por potencias como Rusia y China. Recorrer su historia es entender por qué dos pueblos pueden mirar el mismo campo, el mismo monasterio o el mismo puente y ver cosas opuestas.
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