Rumania es un país que mezcla castillos de leyenda, montañas de los Cárpatos y ciudades medievales de Transilvania con una capital vibrante y precios que sorprenden por lo accesibles. Es de esos destinos europeos que todavía se sienten auténticos y por descubrir.
La moneda local es el leu rumano (RON), y aunque Rumania es parte de la Unión Europea todavía no adoptó el euro, así que conviene manejarse con leus. Las tarjetas se aceptan sin problema en ciudades y comercios grandes, pero siempre viene bien llevar algo de efectivo para pueblos, mercados y transporte. Los cajeros automáticos abundan y suelen dar mejor cambio que las casas de cambio de los aeropuertos.
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Rumania es una rareza geográfica y cultural: una isla de lengua latina en medio de un mar de pueblos eslavos, húngaros y turcos. Su nombre lo dice todo —România viene de romanus, "romano"— y remite a un episodio fundacional preciso: la conquista de la Dacia por el emperador Trajano entre los años 101 y 106, cuando las legiones cruzaron el Danubio, arrasaron la capital de los dacios y colonizaron una tierra rica en oro. De la mezcla de colonos romanos y población daco-getia nació, según la tesis nacional rumana, un pueblo que siguió hablando una lengua romance a orillas del mar Negro y de los Cárpatos mucho después de que Roma abandonara la provincia. Ese origen es también el gran debate historiográfico del país, porque húngaros y rumanos discuten desde hace siglos quién estuvo primero en Transilvania.
Sobre esa raíz antigua se levantó una historia hecha de fronteras móviles y potencias vecinas. En la Edad Media surgieron tres tierras rumanas: los principados de Valaquia y Moldavia, al sur y al este de los Cárpatos, y Transilvania, dentro de la corona húngara. Los dos principados quedaron atrapados entre el Imperio otomano, los Habsburgo y Rusia, y sobrevivieron pagando tributo al sultán. De esa época viene la figura más célebre y más deformada del país: Vlad Țepeș, el Empalador, príncipe real de Valaquia que la novela de Bram Stoker convirtió en el conde Drácula. La unión de Valaquia y Moldavia en 1859, la independencia arrancada al sultán en 1877-1878, el reino de Carol I y, sobre todo, la Gran Unión de 1918 —que sumó Transilvania, Besarabia y Bucovina— dieron forma a la Rumania moderna. El siglo XX trajo lo peor: la dictadura de Antonescu aliada a Hitler y el Holocausto rumano, y después cuatro décadas de comunismo que culminaron en el régimen delirante de Nicolae Ceaușescu, derribado en la sangrienta revolución de diciembre de 1989. Hoy Rumania es una república democrática, miembro de la OTAN y de la Unión Europea desde 2007, que arrastra todavía las cicatrices de ese pasado.
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