De los museos y cafés de París a los castillos del Loira, los viñedos y la Costa Azul, Francia es arte, gastronomía y paisajes para todos los gustos.
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La historia de Francia es la de un territorio que fue frontera del mundo mediterráneo y se convirtió, siglo tras siglo, en uno de los grandes talleres de la civilización europea. Antes de llamarse Francia fue la Galia de los celtas y de los druidas, la Provincia romana de Marsella y de los acueductos, el reino de los francos de Clodoveo y de Carlomagno. De aquel mosaico fue emergiendo, con la dinastía capeta, un Estado que hizo de París su corazón y que, tras la sangría de la Guerra de los Cien Años y el fervor de Juana de Arco, se afirmó como una de las monarquías más poderosas de Occidente, coronada por el absolutismo deslumbrante de Luis XIV en Versalles.
Pero si Francia pesa tanto en la memoria del mundo es, sobre todo, por lo que ocurrió a partir de 1789. La Revolución que tomó la Bastilla y proclamó los Derechos del Hombre, el Terror que la ensombreció, la epopeya y el despotismo de Napoleón, las tres revoluciones del siglo XIX y la Comuna de París, hicieron de este país el laboratorio político de la modernidad. Recorrer Francia hoy —de los castillos del Loira a las playas del Desembarco de Normandía, del Palacio de los Papas de Aviñón a las trincheras de Verdún, de la Costa Azul a los Alpes del Mont Blanc— es transitar esa historia densa y contradictoria: la de un país que inventó la idea moderna de nación y de ciudadanía, y que carga a la vez con las sombras de un vasto imperio colonial, de la trata negrera de Burdeos y de la colaboración de Vichy con el nazismo. Una historia que no se cuenta sin luces ni sin sombras.
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