Budapest, la 'perla del Danubio', con sus baños termales, su parlamento monumental y una vida nocturna vibrante.
Hungría es un país raro en el buen sentido: está en el medio de Europa pero su idioma no se parece a ninguno de los de alrededor —no es eslavo ni germánico ni latino—, su cocina tiene más en común con Oriente que con Viena, y su capital está construida sobre unas ciento veinte fuentes termales que brotan solas del subsuelo. Eso último no es un dato de color: bañarse en agua caliente es una actividad cotidiana, no una excursión de spa.
Budapest concentra casi todo el atractivo y es de las capitales más impresionantes de Europa: en realidad son dos ciudades que se unieron en 1873, Buda con sus colinas y su castillo, y Pest con el parlamento monumental y las avenidas. El Danubio en el medio, con siete puentes, y de noche todo iluminado. Es más barata que Viena o Praga, tiene una escena nocturna famosa en los ruin bars —bares montados en edificios abandonados del viejo barrio judío— y se camina entera.
Fuera de la capital hay bastante más de lo que suele contarse: la región vinícola de Tokaj, que produce vinos dulces desde hace siglos y fue la primera zona de vinos delimitada del mundo; el lago Balatón, que funciona como el mar de un país sin costa; y la puszta, la llanura de la Gran Planicie con su tradición de jinetes. Para quien quiera quedarse más tiempo, Hungría tiene además acuerdo de vacaciones y trabajo con Argentina.
La moneda local es el forinto (HUF). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de HUF →Budapest (BUD) es prácticamente la única entrada aérea del país. El bus 100E va directo del aeropuerto al centro, a Deák Ferenc, y necesita un boleto especial que no es el urbano común. Los trenes de MÁV conectan Budapest con Viena en unas dos horas y media y con Bratislava en poco más de dos, lo que hace muy fácil combinar las tres capitales; hacia Praga y Cracovia el viaje es largo y conviene el nocturno o el avión. Dentro de Budapest, la línea M1 del metro, de 1896, es la más antigua de Europa continental y está declarada patrimonio de la humanidad. En verano, los barcos por el Danubio suben hasta Szentendre y Visegrád.
Mayo, junio y septiembre son los mejores meses: clima agradable, terrazas abiertas y sin el calor pesado de julio y agosto, que en Budapest se siente porque es una ciudad de piedra y poco verde en el centro. Septiembre suma la vendimia en Tokaj y en Eger. El verano es la temporada del Balatón, cuando el lago cobra vida, y también la del festival Sziget, uno de los más grandes de Europa, que llena la ciudad a mediados de agosto y dispara los precios de alojamiento.
El invierno tiene un argumento propio y muy fuerte: los baños termales al aire libre con nieve alrededor y vapor saliendo del agua son una de las mejores cosas que se pueden hacer en Europa en enero, y encima es temporada baja con precios bajos. Diciembre agrega los mercados navideños de la plaza Vörösmarty y de la basílica, que están entre los mejores del continente. Hay que asumir frío de verdad, con temperaturas bajo cero, y días cortos.
La cocina húngara gira alrededor del pimentón, que llegó de América y acá se volvió identidad nacional: hay dulce, picante y ahumado, y no se reemplaza por otra cosa. El gulyás no es lo que se sirve como goulash en el resto del mundo: en Hungría es una sopa de carne, papa y pimentón, y el guiso espeso se llama pörkölt. Están también el lángos, una masa frita cubierta de crema agria y queso rallado que es la comida callejera nacional, los halászlé o sopa de pescado del Danubio, y el pollo al paprikash con crema agria.
Para tomar, el vino húngaro está muy por encima de su fama: el Tokaji dulce, el Egri Bikavér tinto y los blancos del Balatón. El pálinka es el aguardiente de frutas nacional, fuerte y con denominación protegida, y el Unicum es un licor de hierbas amargo que es un gusto adquirido. Dos costumbres útiles: no se brinda chocando los vasos de cerveza —una tradición que viene de 1849, cuando los austríacos brindaron así tras ejecutar a los generales húngaros—, y la propina de alrededor del diez por ciento se dice al pagar en vez de dejarse en la mesa.
Hungría es un país seguro y Budapest se camina de noche sin problema. Los riesgos son de bolsillo: carteristas en el transporte público y en las zonas más concurridas, y sobre todo dos estafas clásicas de la vida nocturna de Budapest. La primera son los bares con cuentas infladas, donde el precio real aparece recién al final; la segunda, las mujeres que abordan turistas en la calle y los invitan a un local determinado, donde después llega una cuenta imposible. La regla es simple: elegir uno mismo adónde entrar y preguntar los precios antes de pedir. Emergencias: 112.
El sistema de salud es aceptable y el seguro de viaje es obligatorio para el visado Schengen, con cobertura mínima de treinta mil euros. El agua de la canilla es potable en todo el país. No hay riesgos sanitarios particulares. Dos cuidados propios del destino: en los baños termales, no pasar demasiado tiempo en las piletas más calientes —hay carteles con la temperatura y el tiempo recomendado— y no combinarlas con alcohol, que es como pasan la mayoría de los incidentes; y en verano, el sol sobre el Balatón engaña porque siempre corre viento.
Hungría es de los destinos más baratos de la Unión Europea y bastante más económica que Austria o Alemania, en el rango de Chequia o Polonia. Como orientación, y sin que sea un dato oficial porque no existe para estos rubros, una cama en dormi suele ir de quince a treinta euros, un hotel de gama media de sesenta a ciento diez, un plato en un restaurante local de ocho a quince euros y la cerveza entre dos y tres. Las entradas a los baños termales son el gasto recurrente del viaje y varían bastante según el día y si se toma cabina privada.
Como en Praga, la trampa más común es el cambio de moneda: Hungría no usa euro sino forinto, y las casas de cambio del centro y las de los aeropuertos aplican tasas muy malas. Conviene pagar con tarjeta, que se acepta en casi todos lados, y si hace falta efectivo sacarlo de un cajero de banco rechazando la conversión que ofrece el propio cajero. Otras formas de ahorrar: el menú del mediodía en los restaurantes, los abonos de transporte de 24 y 72 horas, y salir del anillo turístico del centro de Pest, donde los precios bajan mucho a pocas cuadras.
El húngaro es de los idiomas más difíciles de Europa y no se parece a nada de alrededor: sus parientes más cercanos son el finés y el estonio, y aun así son lejanísimos. Los apellidos van antes que el nombre, al revés que en español. Los húngaros son cordiales pero más reservados y formales que los latinos en el primer trato; se saluda al entrar a un local y se es puntual. Hay un cierto pesimismo irónico en el humor que ellos mismos reconocen como rasgo nacional.
Dos cosas históricas que conviene tener en cuenta al conversar. Una es el Tratado de Trianón de 1920, por el que Hungría perdió dos tercios de su territorio y quedaron millones de húngaros fuera de sus fronteras: es un tema muy sensible que todavía aparece en la política. La otra es la revolución de 1956 contra el dominio soviético, aplastada por los tanques, que es central en la memoria del país. Y en los baños termales, la etiqueta importa: ducharse antes de entrar, usar ojotas y respetar los sectores donde la gorra es obligatoria.
La historia de Hungría empieza con una anomalía que todavía sorprende: en el corazón de Europa, rodeado por siglos de eslavos, germanos y latinos, vive un pueblo que habla una lengua que no es indoeuropea. El húngaro —o magiar— pertenece a la familia finougria, emparentado de lejos con el finés y el estonio y, más de cerca, con lenguas habladas por cazadores de los bosques de los Urales y de Siberia occidental. Sus antepasados, los siete clanes magiares conducidos por Árpád, cruzaron los Cárpatos hacia el 895-896 y se instalaron en la llanura panónica, la vieja provincia romana que antes habían pisado hunos y ávaros. De aquella cabalgata nómada nació, en apenas un siglo, un reino cristiano europeo: en el año 1000 Esteban I recibió la corona y fundó un Estado que, con sus fronteras cambiantes, ha durado más de mil años.
Lo que vino después fue una sucesión de esplendores y catástrofes que dejaron marcas hondas. La invasión mongola de 1241 arrasó el país; el Renacimiento de Matías Corvino lo puso a la altura de Italia; el desastre de Mohács (1526) lo partió en tres y lo entregó 150 años a los otomanos; los Habsburgo lo integraron a su imperio y provocaron rebeliones que llegan hasta la revolución de 1848 y el Compromiso de 1867. El siglo XX fue brutal: el Tratado de Trianon (1920) le quitó dos tercios del territorio y dejó a millones de húngaros fuera de las fronteras —herida central de la identidad nacional—; la alianza con el Eje culminó en el Holocausto húngaro, la deportación de más de 430.000 judíos a Auschwitz en apenas dos meses de 1944, y en el asedio de Budapest. Después vinieron el estalinismo, la Revolución de 1956 aplastada por los tanques soviéticos, el largo compromiso del "comunismo gulash" de Kádár y, en 1989, el Pícnic Paneuropeo de Sopron, donde por primera vez se abrió el Telón de Acero. Recorrer Hungría —de Budapest y el recodo del Danubio a las viñas de Tokaj, del Balaton a la Pécs romana y otomana— es leer esa historia superpuesta en cada piedra.
Leer la historia completa de Hungría →Elegí una región y entrá a cada destino para ver qué hacer, precios y cómo llegar.
Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.