Serbia es el corazón de los Balcanes: una mezcla vibrante de vida nocturna en Belgrado, monasterios centenarios, montañas verdes y una hospitalidad que te hace sentir en casa. Un destino auténtico, barato y todavía lejos del turismo masivo.
La moneda local es el dinar serbio (RSD) y conviene manejar algo de efectivo, sobre todo fuera de las grandes ciudades. Las tarjetas se aceptan en hoteles, restaurantes y comercios de Belgrado y Novi Sad, pero en pueblos, mercados y transporte muchas veces solo va el efectivo. Cambiá en casas de cambio (menjačnica), que suelen tener mejor cotización que los bancos.
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Pocos países europeos cargan con una memoria tan densa como Serbia. En el cruce entre Europa Central y los Balcanes, entre el mundo bizantino y el otomano, entre Oriente y Occidente, este territorio fue frontera de imperios durante más de dos mil años. Aquí nació un emperador romano, floreció un imperio medieval propio, se libró una batalla que se volvió mito nacional, y en el siglo XX se firmó, sin saberlo, el detonante de la Primera Guerra Mundial. Entender Serbia es entender por qué los Balcanes fueron llamados, con razón y con injusticia a la vez, el polvorín de Europa.
Esta es una historia de esplendores y derrotas, de monasterios cubiertos de frescos y de ciudades bombardeadas, de un pueblo que perdió su Estado durante casi cinco siglos y volvió a levantarlo desde cero. Es también una historia difícil, con capítulos que todavía duelen y se discuten: las guerras de los años noventa, Kosovo, los crímenes cometidos y sufridos. La contamos con datos, fechas y fuentes, sin eufemismos ni banderas, porque solo así se puede viajar a Serbia con los ojos abiertos y la cabeza clara.
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