El gigante de Sudamérica: playas infinitas de Copacabana e Ipanema, el samba y el Carnaval, la selva amazónica y las cataratas de Iguazú. Un país que se vive con todos los sentidos.
La moneda es el real brasileño (BRL). Llevá algo de efectivo para mercados y pueblos chicos, pero las tarjetas se aceptan casi en todos lados y el pago con Pix está muy extendido. Tip del viajero: evitá cambiar plata en el aeropuerto, donde el tipo de cambio suele ser peor; conviene usar cajeros automáticos de bancos o casas de cambio en la ciudad.
Conversor completo de BRL →Las principales puertas de entrada son el Aeropuerto Internacional de Guarulhos (GRU), en São Paulo, el hub aéreo más grande del país, y el Aeropuerto Internacional Galeão (GIG), en Río de Janeiro. Otros aeropuertos internacionales importantes son los de Brasilia, Recife, Fortaleza y Salvador, con conexiones regionales y a varias capitales de la región. Las aerolíneas locales principales son LATAM, GOL y Azul, que cubren una red enorme de vuelos internos. Dada la inmensidad del país, el avión suele ser la forma más práctica de moverse entre regiones lejanas: por ejemplo, ir de Río a Manaus o a Foz do Iguaçu en bus puede llevar días enteros. Los buses de larga distancia son cómodos y conectan prácticamente todo el territorio, con opciones de butacas semicama y cama para los trayectos nocturnos. Dentro de las ciudades, las apps de transporte como Uber y 99 funcionan muy bien y suelen ser más económicas y seguras que parar un taxi en la calle. En las grandes urbes también hay metro y autobuses urbanos.
La historia de Brasil es la de un gigante largamente subestimado. Su territorio —casi la mitad de América del Sur, desde la selva amazónica hasta las pampas del sur— no fue una tierra virgen que Europa vino a llenar, sino un continente dentro del continente, habitado durante al menos doce mil años por cientos de pueblos que hablaban más de mil lenguas y que, en la Amazonia, levantaron ciudades, caminos y campos de tierra fértil creada por sus propias manos. Comprender el Brasil de hoy —su música, su fútbol, sus contrastes brutales entre la riqueza y la miseria— exige recorrer esos milenios y los más de cinco siglos que siguieron al desembarco de Pedro Álvares Cabral en 1500.
De aquel encuentro nació la mayor colonia esclavista de la historia de Occidente: a Brasil llegaron cerca de cinco millones de africanos esclavizados, casi la mitad de todos los que cruzaron el Atlántico. De ese crisol atroz y fecundo de indígenas, portugueses y africanos surgió una nación única, la única de habla portuguesa del continente, con una cultura —del candomblé al samba, del barroco minero a la bossa nova— que irradia al mundo entero. Su historia tiene rasgos que no se repiten en ningún otro país americano: se independizó como imperio y no como república, tuvo una monarquía que duró casi setenta años y fue el último país de Occidente en abolir la esclavitud, recién en 1888.
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