El territorio de Luisiana guarda uno de los legados indígenas más antiguos de Norteamérica: en Poverty Point, en el norte del estado, se levantó hace más de 3.000 años un enorme complejo de montículos y terraplenes, hoy Patrimonio de la Humanidad, obra de una sofisticada sociedad de cazadores-recolectores. Aún más antiguo es el conjunto de Watson Brake.
Cuando llegaron los europeos, la región estaba habitada por diversos pueblos: los caddo en el noroeste, los natchez —herederos de las culturas del Misisipi, con su sociedad jerárquica y su culto solar—, los chitimacha, los houma, los tunica y otros. Vivían de la pesca, la caza y la agricultura en el rico y húmedo entorno del delta del Misisipi y de los bayous, ese laberinto de canales y pantanos que define la geografía del sur del estado.
En 1682, el explorador francés René-Robert Cavelier, señor de La Salle, descendió el Misisipi hasta su desembocadura y reclamó toda la cuenca del río para Francia, bautizándola 'La Louisiane' en honor al rey Luis XIV. Los franceses fundaron asentamientos en la costa del Golfo y, en 1718, Jean-Baptiste Le Moyne de Bienville estableció Nueva Orleans, llamada a ser la gran ciudad de la colonia.
En 1762-1763, Francia cedió Luisiana a España, que la administró durante casi cuatro décadas y dejó una honda huella en su arquitectura, su derecho y su cultura —el actual Barrio Francés de Nueva Orleans es, en buena parte, de construcción española tras los incendios coloniales—. En este periodo llegaron también los acadios, francófonos expulsados por los británicos de Nueva Escocia (Canadá) a partir de 1755, que se asentaron en el suroeste y dieron origen a la cultura cajún. La mezcla de franceses, españoles, africanos, criollos e indígenas forjó una sociedad única en todo el continente.
En 1803, Napoleón Bonaparte —que había recuperado el territorio de España— vendió toda la Luisiana a Estados Unidos por unos 15 millones de dólares: la célebre Compra de Luisiana, que de un plumazo duplicó el tamaño del joven país. De aquel vasto territorio, la parte sur, en torno a Nueva Orleans, se convirtió en el estado de Luisiana, admitido el 30 de abril de 1812 como el número 18 de la Unión.
Poco después, durante la Guerra de 1812 contra Gran Bretaña, tuvo lugar en las afueras de Nueva Orleans, en enero de 1815, una resonante victoria estadounidense comandada por el general Andrew Jackson. La economía del estado se volcó al cultivo de la caña de azúcar y del algodón en grandes plantaciones trabajadas por esclavos, y Nueva Orleans se convirtió en el mayor puerto y el mayor mercado de esclavos del sur del país. Luisiana se sumó a la Confederación en 1861, y Nueva Orleans fue tomada por la Unión ya en 1862.
El aporte más universal de Luisiana a la cultura mundial nació de su extraordinaria mezcla de pueblos: el jazz. A comienzos del siglo XX, en Nueva Orleans, la fusión de las tradiciones musicales africanas, los himnos religiosos, el blues, los cantos de trabajo, las bandas de metales de los desfiles y la música europea alumbró un género completamente nuevo. De sus calles y locales surgieron figuras fundacionales como Louis Armstrong.
El jazz se propagó desde allí por el Misisipi arriba, hasta Chicago y el mundo entero, transformando la música del siglo XX. Nueva Orleans sigue siendo hoy un templo vivo de la música, con sus clubes, sus bandas callejeras y sus 'second lines'. La ciudad es también célebre por su celebración del Mardi Gras, el gran carnaval de raíz católica francesa, y por una gastronomía criolla y cajún —el gumbo, el jambalaya, los beignets— reconocida en todo el mundo.
Luisiana conserva rasgos que la hacen distinta de cualquier otro estado. Es el único que organiza su administración local en 'parroquias' (parishes) en lugar de condados, herencia de su pasado católico, y el único cuyo sistema legal se basa en el derecho civil de raíz napoleónica y no en el derecho anglosajón. El francés y el criollo louisianés siguen vivos en algunas comunidades del sur.
Su geografía de bayous, pantanos y humedales del delta —hogar de caimanes, garzas y una fauna exuberante— es a la vez su gran atractivo y su gran vulnerabilidad, expuesta a huracanes como el devastador Katrina de 2005. Para el viajero, el estado ofrece la magia de Nueva Orleans y su Barrio Francés, las plantaciones históricas a orillas del Misisipi, la cultura cajún del país de Acadiana en torno a Lafayette, los paseos en barca por los pantanos y una identidad musical y gastronómica sin igual en Estados Unidos.