Playas turquesas, lagunas, arrecifes y montañas verdes: Mauricio es el paraíso del Índico para descansar y bucear.
Mauricio es una isla volcánica en medio del Índico, a novecientos kilómetros al este de Madagascar, rodeada casi por completo por un arrecife de coral que crea una laguna interior de agua turquesa y calma. Esa barrera explica buena parte de su atractivo: se nada en agua tibia y sin olas prácticamente en toda la costa. Pero la isla no es solo playa: el interior es montañoso y verde, con picos de basalto que salen de golpe de los campos de caña de azúcar.
Lo más interesante de Mauricio, más allá del paisaje, es su composición humana. No tenía población nativa: todos los que viven ahí descienden de gente que llegó en los últimos cuatro siglos —colonos franceses y holandeses, africanos esclavizados, trabajadores contratados de la India, comerciantes chinos—, y esa mezcla produjo un país donde conviven templos hindúes, mezquitas, iglesias y pagodas a pocas cuadras, se habla criollo mauriciano, francés e inglés, y se come indio, chino, criollo y francés en el mismo día.
Es también donde vivía el dodo, el ave que no volaba y que se extinguió en menos de un siglo tras la llegada de los europeos, convertida en el símbolo mundial de la extinción causada por el hombre. Mark Twain escribió que Dios hizo primero Mauricio y después el paraíso, copiándolo. La frase la repiten todos los folletos, pero da bastante bien la idea.
La moneda local es el rupia de mauricio (MUR). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de MUR →El aeropuerto SSR (MRU) está en el sureste de la isla, a una hora larga de las playas del norte. Los vuelos llegan sobre todo vía París, Dubái, Estambul y Johannesburgo, así que desde América Latina siempre hay dos escalas. La isla es chica —unos sesenta kilómetros de punta a punta— y se recorre en auto, que se maneja por la izquierda, o en los buses públicos, que cubren todo pero son lentos y no funcionan de noche. El Metro Express, un tranvía moderno, une Port Louis con Curepipe pasando por las ciudades del centro. Para Rodrigues hay vuelos cortos desde Mauricio. Los traslados del aeropuerto conviene arreglarlos con el alojamiento.
De mayo a diciembre es la mejor ventana, con la estación seca del invierno austral entre junio y septiembre: temperaturas agradables de veinte a veinticinco grados, humedad baja, poca lluvia y ningún riesgo de ciclón. Es también la temporada del kitesurf y el windsurf por el viento constante, y de julio a octubre pasan las ballenas jorobadas frente a la costa. Septiembre, octubre y noviembre suelen ser los meses más equilibrados: agua cálida, buen clima y menos gente que en el pico de fin de año.
De noviembre a abril es el verano austral: hace más calor, hay más humedad y es la temporada de ciclones, que es la variable que más condiciona el viaje. No significa que llueva todos los días —los ciclones son eventos puntuales y la isla está muy preparada, con un sistema de alertas por clases— pero sí que hay que estar atento al pronóstico y contratar un seguro que contemple cancelaciones. Enero y febrero son los meses de más riesgo. Un detalle geográfico útil: el oeste y el norte son notablemente más secos que el este y el sur, así que en temporada de lluvias conviene alojarse de ese lado.
La cocina mauriciana es la mejor expresión de la mezcla del país: en un mismo día se puede comer un curry indio, unos noodles chinos, un rougaille criollo de tomate y una tarta francesa. Los platos que hay que probar sí o sí están en la calle: el dholl puri, un pan plano de lentejas partidas relleno de curry de porotos y chutney, que es la comida callejera nacional y cuesta monedas; los gâteaux piments, buñuelos picantes de lentejas; y el mine frit, los fideos salteados de herencia china.
En los restaurantes, el rougaille de pescado o salchicha, el vindaye —un escabeche de pescado con mostaza y cúrcuma, herencia india pasada por el criollo— y el marisco de la laguna. El picante se maneja con una salsa de ají aparte, así que se puede regular. Para tomar, el ron agrícola de las destilerías locales, que es muy bueno y bastante desconocido afuera, la cerveza Phoenix y el alouda, una bebida dulce con leche, albahaca y agar. Un consejo: comer en los food trucks y locales de pueblo, no solo en el resort, es donde está la comida de verdad y cuesta una fracción.
Mauricio es un país tranquilo y estable, uno de los más seguros de África y con buenos indicadores sociales. Los problemas son menores: hurtos de oportunidad en playas concurridas —no dejar cosas solas mientras uno se mete al agua—, algún robo en autos alquilados y precios inflados en zonas turísticas. Se puede caminar y moverse sin sobresaltos. Emergencias: 999 policía, 114 ambulancia.
En salud, la buena noticia: Mauricio no es zona de malaria y eso lo diferencia de casi toda África continental, así que no hace falta profilaxis. Sí se exige el certificado de fiebre amarilla a quien llega desde un país con riesgo de transmisión, y varios de Sudamérica lo son, así que hay que verificarlo con anticipación. Puede haber brotes estacionales de dengue o chikunguña transmitidos por mosquitos, sobre todo en verano, de modo que el repelente sigue siendo recomendable. El agua de la canilla es potable en la mayor parte de la isla. Los riesgos reales son marinos: hay corrientes fuertes en las aberturas del arrecife, donde el agua sale de la laguna, y conviene respetar las banderas y preguntar en el alojamiento; el coral y los erizos hacen que las sandalias de agua sean muy útiles; y el sol tropical quema muy rápido.
Mauricio tiene fama de destino caro y eso es cierto solo si se lo hace de una manera: la isla se comercializa sobre todo como paquete de resort de lujo con todo incluido, y ahí los precios son altos. Pero hay un Mauricio mucho más accesible que casi no se promociona: guesthouses y departamentos familiares en pueblos costeros, comida callejera excelente por monedas, buses públicos que recorren toda la isla por muy poco y playas que son públicas por ley, incluidas las que están frente a los hoteles cinco estrellas.
Ese último punto es clave y conviene saberlo: en Mauricio todas las playas son de acceso público, así que ningún resort puede impedir el paso a la arena. Alquilar auto es la mejor inversión del viaje —la isla es chica y así se accede a todo— teniendo en cuenta que se maneja por la izquierda. Las excursiones en catamarán y las salidas de buceo son el gasto variable más grande. Y conviene comparar precios entre el norte, más caro y animado, y el este o el sureste, bastante más económicos y tranquilos.
Mauricio es probablemente el mejor ejemplo de convivencia multicultural de África. La población desciende de indios contratados —que son la mayoría—, africanos esclavizados, franceses, británicos y chinos, y las cuatro religiones principales conviven con normalidad, con feriados hindúes, musulmanes, cristianos y chinos en el mismo calendario. Se habla criollo mauriciano en la vida diaria, francés en los medios y el trato social, e inglés en lo oficial y en la escuela: con francés o inglés se resuelve todo el viaje.
El trato es relajado y cordial, con un ritmo caribeño más que africano continental. Al visitar templos hindúes hay que descalzarse y vestir cubierto, y en Grand Bassin conviene un comportamiento especialmente respetuoso porque es un lugar de culto activo, no una atracción. El sega es la música y danza tradicional, nacida entre los esclavos, con tambores ravanne y un baile en el que no se levantan los pies del suelo, algo que se explica por las cadenas: hoy se toca en fiestas y en la playa, y es Patrimonio Cultural Inmaterial. Fuera de las playas y los resorts, en pueblos y ciudades, conviene vestir de manera discreta.
Pocos lugares del planeta tienen una historia tan corta y tan intensa como Mauricio. Cuando el resto del mundo ya estaba densamente poblado, esta isla del océano Índico seguía siendo un territorio virgen, sin un solo ser humano: un laboratorio de la naturaleza donde un ave torpe y confiada, el dodo, había perdido la capacidad de volar porque nada la amenazaba. En apenas cuatro siglos, Mauricio pasó de ese paraíso deshabitado a ser escala árabe y portuguesa, colonia holandesa, isla francesa, posesión británica y, finalmente, una república multicultural independiente. Toda su población desciende de gente que llegó de otra parte: colonos europeos, esclavos africanos y malgaches, trabajadores contratados indios, comerciantes chinos. No hay pueblo originario. Mauricio es, en el sentido más literal, una nación construida entera por la migración.
Esa historia dejó marcas que hoy se pueden visitar: el nombre de la isla, que homenajea a un príncipe holandés; la lengua francesa y el criollo que se hablan en la calle a pesar de casi dos siglos de dominio británico; el imponente Le Morne, refugio de los esclavos que huían de las plantaciones; el Aapravasi Ghat de Port Louis, por donde entró medio millón de trabajadores indios y que hoy es Patrimonio de la Humanidad. Entender esta isla es entender cómo un peñón volcánico perdido en el Índico terminó reuniendo a medio mundo en menos de 400 kilómetros cuadrados.
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Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.