Playas turquesas, lagunas, arrecifes y montañas verdes: Mauricio es el paraíso del Índico para descansar y bucear.
La moneda local es el rupia de mauricio (MUR). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
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Pocos lugares del planeta tienen una historia tan corta y tan intensa como Mauricio. Cuando el resto del mundo ya estaba densamente poblado, esta isla del océano Índico seguía siendo un territorio virgen, sin un solo ser humano: un laboratorio de la naturaleza donde un ave torpe y confiada, el dodo, había perdido la capacidad de volar porque nada la amenazaba. En apenas cuatro siglos, Mauricio pasó de ese paraíso deshabitado a ser escala árabe y portuguesa, colonia holandesa, isla francesa, posesión británica y, finalmente, una república multicultural independiente. Toda su población desciende de gente que llegó de otra parte: colonos europeos, esclavos africanos y malgaches, trabajadores contratados indios, comerciantes chinos. No hay pueblo originario. Mauricio es, en el sentido más literal, una nación construida entera por la migración.
Esa historia dejó marcas que hoy se pueden visitar: el nombre de la isla, que homenajea a un príncipe holandés; la lengua francesa y el criollo que se hablan en la calle a pesar de casi dos siglos de dominio británico; el imponente Le Morne, refugio de los esclavos que huían de las plantaciones; el Aapravasi Ghat de Port Louis, por donde entró medio millón de trabajadores indios y que hoy es Patrimonio de la Humanidad. Entender esta isla es entender cómo un peñón volcánico perdido en el Índico terminó reuniendo a medio mundo en menos de 400 kilómetros cuadrados.
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