Arizona estuvo habitada durante milenios por sociedades que dominaron uno de los entornos más áridos de Norteamérica. Los hohokam fueron maestros de la ingeniería hidráulica: entre los años 300 y 1500 construyeron cientos de kilómetros de canales de riego en el valle donde hoy se levanta Phoenix, permitiendo una agricultura sofisticada en pleno desierto. Al norte, los ancestrales pueblo (anasazi) y los mogollón levantaron aldeas y viviendas en los acantilados.
Cuando llegaron los españoles, la región estaba ocupada por los descendientes de aquellas culturas y por pueblos llegados después: los navajos (diné) y apaches, de origen atabascano; los hopi, herederos de los antiguos pueblo; los tohono o'odham del desierto de Sonora; y muchos más. Hoy Arizona alberga 27 tribus reconocidas y la mayor reserva del país, la Nación Navajo, con más de 300.000 miembros y territorio en tres estados.
Los primeros europeos llegaron muy pronto: en 1539 el fraile Marcos de Niza y, al año siguiente, la gran expedición de Francisco Vázquez de Coronado (1540-1542) recorrieron la región en busca de las míticas ciudades de oro de Cíbola. A fines del siglo XVII, el jesuita Eusebio Francisco Kino evangelizó el sur y fundó una cadena de misiones, entre ellas la bellísima San Xavier del Bac, cerca de Tucson, joya del barroco del desierto. España levantó presidios en Tubac (1752) y Tucson (1775).
Tras la independencia de México, Arizona formó parte del país vecino hasta que pasó a Estados Unidos en dos etapas: la mayor parte en 1848, por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, y la franja al sur del río Gila en 1853-1854, con la Compra de Gadsden. Fue territorio fronterizo y escenario legendario del Viejo Oeste, con pueblos mineros como Tombstone —famoso por el tiroteo del O.K. Corral en 1881— y con las últimas guerras apaches, protagonizadas por líderes como Cochise y Gerónimo, que resistió hasta 1886.
La economía del territorio se levantó sobre la minería y la ganadería. A partir de la década de 1880, el cobre eclipsó a los metales preciosos y convirtió a pueblos como Bisbee, Jerome y Morenci en gigantes mineros; el metal rojo le valió a Arizona el apodo de 'Copper State' y sigue siendo hoy el principal productor del país. La llegada del ferrocarril y las grandes obras de irrigación, como la presa Roosevelt sobre el río Salado, terminada en 1911, permitieron el desarrollo agrícola y el crecimiento de Phoenix.
Arizona fue el último de los territorios contiguos en convertirse en estado: el 14 de febrero de 1912 se sumó a la Unión como el número 48. A lo largo del siglo XX, la llegada del aire acondicionado y su clima soleado atrajeron a millones de personas, y Phoenix pasó de ser un pueblo agrícola a una de las metrópolis de más rápido crecimiento del país, corazón del Sun Belt.
Arizona alberga uno de los espectáculos naturales más asombrosos de la Tierra: el Gran Cañón del río Colorado, un abismo de casi 450 kilómetros de largo y más de 1.800 metros de profundidad, que expone casi dos mil millones de años de historia geológica en sus paredes de colores. Protegido como Parque Nacional desde 1919 y declarado Patrimonio de la Humanidad, recibe cada año a millones de visitantes de todo el mundo.
El cañón es solo el emblema de una geografía extraordinaria. A su alrededor se despliega un catálogo de paisajes de leyenda: Monument Valley y sus mesetas rojizas —icono del cine western—, en tierra navajo; los pliegues ondulados del Antelope Canyon; la curva perfecta del Horseshoe Bend; los troncos de piedra del Bosque Petrificado; y las formaciones rojas de Sedona, entre desiertos de saguaros gigantes.
Arizona conserva una identidad forjada por el encuentro de las culturas nativa, hispana y angloamericana. Las reservas navajo y hopi mantienen vivas lenguas, ceremonias y artesanías —la platería, los tejidos, la cerámica— que atraen a viajeros de todo el mundo. Tucson, con su honda herencia mexicana, y Phoenix, la capital y quinta ciudad más poblada del país, combinan la vida moderna con el paisaje del desierto de Sonora.
El estado ofrece además rincones singulares: la ciudad universitaria y de clima fresco de Flagstaff, puerta de acceso al norte; la vieja Ruta 66, que lo atraviesa cargada de nostalgia; la presa Hoover y el lago Mead, en el límite con Nevada; y los observatorios astronómicos que aprovechan sus cielos límpios. Esa combinación de naturaleza descomunal, cultura viva y mito del Oeste hace de Arizona uno de los grandes destinos turísticos de Estados Unidos.