Miles de años antes de que llegara el primer europeo, la meseta del Colorado y la Gran Cuenca que hoy forman Utah estaban habitadas por cazadores-recolectores y, más tarde, por agricultores sedentarios. Entre el año 1 y el 1300 d.C. florecieron dos grandes tradiciones: los ancestrales puebloanos (anasazi) en el sureste y la cultura Fremont en el centro y norte, que cultivaban maíz, frijol y calabaza, construían viviendas de adobe y graneros en los acantilados y dejaron uno de los legados de arte rupestre más ricos de Norteamérica. Paneles como Newspaper Rock, el Great Gallery del Horseshoe Canyon o los petroglifos de Nine Mile Canyon todavía cubren las paredes de arenisca con figuras humanas, borregos cimarrones y espirales enigmáticas.
Hacia el siglo XIII, un largo período de sequía provocó el abandono de esos asentamientos. En su lugar se consolidaron los pueblos que los colonos hallarían siglos después: los utes (que dieron nombre al estado) en las montañas y valles del centro y este; los paiutes del sur; los goshutes en los áridos desiertos del oeste; los shoshones en el norte; y los navajos (diné) y hopis en el extremo sureste. Eran pueblos móviles, adaptados a un territorio durísimo, que tras la llegada del caballo español se transformaron en hábiles jinetes y comerciantes.
El nombre 'Utah' deriva precisamente de los ute, a menudo interpretado como 'gente de las montañas'. Hoy el estado conserva varias reservas —entre ellas la Uintah y Ouray, una de las mayores del país— y la Nación Navajo se extiende por el rincón sureste, en torno a Monument Valley.
El primer registro europeo de la región llegó en 1776, cuando los frailes franciscanos Francisco Atanasio Domínguez y Silvestre Vélez de Escalante, en busca de una ruta terrestre entre Santa Fe y las misiones de California, cruzaron el centro de Utah y describieron el valle del lago Utah y a sus habitantes. No fundaron nada, pero abrieron el camino de lo que luego sería el Old Spanish Trail, la ruta comercial que unía Nuevo México con Los Ángeles bordeando el sur del actual estado.
Durante las décadas de 1820 y 1830, Utah fue territorio de los 'mountain men', los tramperos de castor que recorrían las Rocosas. Jim Bridger es considerado el primer europeo-americano que vio el Gran Lago Salado, hacia 1824-25; al probar su agua salada llegó a creer que había alcanzado un brazo del océano Pacífico. Los rendezvous anuales de tramperos, las expediciones de John C. Frémont —que cartografió y bautizó buena parte de la Gran Cuenca en la década de 1840— y el paso de caravanas hacia California (incluida la malograda partida Donner-Reed, que cruzó el desierto de sal en 1846) fueron dibujando el mapa de un territorio todavía mexicano y casi despoblado de colonos.
La historia moderna de Utah empieza el 24 de julio de 1847, cuando Brigham Young, líder de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, contempló el valle del Gran Lago Salado desde la boca del Emigration Canyon y —según la tradición— declaró: 'Este es el lugar, seguid adelante'. Los mormones huían de la persecución religiosa que los había expulsado de Illinois y Misuri, y buscaban un refugio remoto donde practicar su fe. Aquel día se conmemora aún hoy como Pioneer Day, la fiesta más importante del estado.
En un valle desértico y salino, los colonos aplicaron de inmediato un sistema de irrigación comunitaria que desviaba el agua de los cañones para regar los campos: una hazaña que hizo florecer la agricultura donde parecía imposible y que se convirtió en modelo de colonización de todo el Oeste árido. Bajo la dirección férrea de Young, se trazó Salt Lake City en torno al futuro Templo, y se enviaron colonos a fundar centenares de pueblos por Utah, Idaho, Nevada, Arizona y hasta California.
En 1849 los pioneros propusieron crear un enorme estado propio llamado Deseret —palabra del Libro de Mormón que significa 'abeja melífera', símbolo de laboriosidad que todavía figura en la bandera estatal—. El Congreso lo rechazó y en 1850 estableció en su lugar el Territorio de Utah, mucho más pequeño y con Brigham Young como primer gobernador.
La convivencia entre el territorio dirigido por la Iglesia y el gobierno federal fue tensa. En 1857-58 estalló la llamada Guerra de Utah, cuando el presidente James Buchanan envió tropas para imponer un gobernador no mormón; el conflicto terminó sin gran batalla, pero en su clima de miedo se produjo la Masacre de Mountain Meadows (septiembre de 1857), en la que una milicia local asesinó a unos 120 emigrantes de una caravana de Arkansas, uno de los episodios más oscuros de la historia del estado. En paralelo, la Guerra de Black Hawk (1865-1872) enfrentó a colonos y utes por la tierra y los recursos.
El 10 de mayo de 1869, en Promontory Summit, al norte del Gran Lago Salado, se clavó el Golden Spike (el 'clavo de oro') que unió las vías de la Union Pacific y la Central Pacific: nacía el primer ferrocarril transcontinental de Estados Unidos, y Utah quedaba conectada con ambas costas. El tren trajo consigo mineros, comerciantes y forasteros no mormones, y disparó la minería: la plata convirtió a Park City en uno de los pueblos más ricos del Oeste, mientras la mina de cobre a cielo abierto de Bingham Canyon —hoy una de las excavaciones humanas más grandes del planeta— se volvía un gigante industrial.
Durante décadas, el mayor obstáculo para que Utah se convirtiera en estado fue la práctica de la poligamia por parte de la Iglesia mormona. El gobierno federal aprobó leyes cada vez más duras —culminando en la Edmunds-Tucker Act de 1887—, que encarcelaron a cientos de hombres, confiscaron bienes de la Iglesia y privaron del voto a los polígamos e incluso a las mujeres de Utah (que habían sido de las primeras del país en votar, en 1870).
En 1890, el presidente de la Iglesia Wilford Woodruff emitió el Manifiesto, que ponía fin oficialmente a los nuevos matrimonios plurales. El gesto abrió la puerta a la reconciliación con Washington: los mormones se integraron en los partidos nacionales y, tras aprobar una constitución que prohibía la poligamia y garantizaba el sufragio femenino, Utah fue admitida como el estado número 45 de la Unión el 4 de enero de 1896, con Salt Lake City como capital.
El siglo XX transformó Utah de sociedad agraria y minera en un estado moderno y diversificado. El turismo descubrió sus paisajes irrepetibles: los cañones de arenisca roja del sur quedaron protegidos como los 'Mighty Five', los cinco parques nacionales que hoy son su gran imán —Zion (1919), Bryce Canyon (1928), Arches, Capitol Reef y Canyonlands—, además de monumentos como Monument Valley, en tierra navajo. El Gran Lago Salado, los salares de Bonneville (donde se baten récords de velocidad terrestre) y las montañas Wasatch, con 'la mejor nieve de la Tierra', completan una geografía única.
Esa nieve legendaria llevó a Salt Lake City y a Park City a organizar los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002, un hito que modernizó la infraestructura del estado y proyectó su imagen al mundo; instalaciones como el Utah Olympic Park siguen en uso, y la ciudad fue elegida para volver a ser sede en 2034.
En las últimas décadas, Utah se ha convertido en uno de los estados de mayor crecimiento del país, con un potente polo tecnológico apodado 'Silicon Slopes' en torno a Salt Lake City y Provo, una población joven y una economía pujante. Al mismo tiempo enfrenta desafíos ambientales serios, en especial el retroceso del Gran Lago Salado por la sequía y el consumo de agua, uno de los grandes debates del estado hoy.