Un país chico y montañoso en el corazón de Europa central: los picos afilados de los Altos Tatras, castillos de cuento sobre cada colina, pueblos de madera intactos y ciudades medievales que casi nadie tiene en el radar.
Eslovaquia usa el euro (€), así que si venís de otro país de la eurozona no tenés que cambiar plata. La tarjeta se acepta en casi todos lados, pero conviene llevar algo de efectivo para refugios de montaña, pueblitos y transporte local. Sacá plata de cajeros de bancos y rechazá siempre la 'conversión a tu moneda' (DCC) que ofrecen algunos cajeros, porque da peor cotización.
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Eslovaquia (en eslovaco, Slovensko) es uno de los países más jóvenes de Europa —nació el 1 de enero de 1993, del pacífico «divorcio de terciopelo» que partió en dos a Checoslovaquia— y, a la vez, uno de los que atesora una historia más larga y más disputada del continente. Encajada entre los Cárpatos y el Danubio, sin salida al mar, fue durante casi mil años la «Alta Hungría» (Felvidék), la mitad montañosa del Reino de Hungría, y por eso su pasado no se entiende sin Budapest, sin Viena y sin los Habsburgo. Que su capital, Bratislava, fuera durante casi tres siglos la ciudad donde se coronaba a los reyes húngaros dice mucho de lo enredada que está su historia con la de sus vecinos.
Pese a ese largo periodo sin Estado propio, los eslovacos conservaron su lengua eslava y una memoria histórica que hunde sus raíces en el siglo IX, en la Gran Moravia de los príncipes Pribina, Rastislav y Svätopluk, y en la misión de los santos Cirilo y Metodio, que crearon el primer alfabeto eslavo. De aquella semilla al despertar nacional del siglo XIX con Ľudovít Štúr, de la Checoslovaquia de 1918 al oscuro Estado títere de la Segunda Guerra Mundial y al heroico Levantamiento Nacional de 1944, del comunismo a la Revolución de Terciopelo de 1989, la historia eslovaca es la de un pueblo que tardó mucho en tener país propio y que hoy vive integrado en la Unión Europea y en la zona euro. Recorrer sus castillos, sus ciudades mineras y sus pueblos de madera bajo los Tatras es leer, en piedra y en montaña, esa historia paciente.
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