Las pirámides de Giza, los templos del Nilo y miles de años de historia faraónica: Egipto es uno de los grandes viajes de la vida.
Egipto es de los pocos lugares donde uno se para frente a algo construido hace cuatro mil quinientos años y todavía no se entiende del todo cómo lo hicieron. Las pirámides de Giza son la única de las siete maravillas del mundo antiguo que sigue en pie, y no están perdidas en el desierto: están al borde de El Cairo, con la ciudad llegando hasta el pie de la meseta. Esa mezcla de monumentalidad antigua y caos urbano contemporáneo es la primera sorpresa del viaje.
El país se organiza alrededor del Nilo, y el viaje también. Casi todo lo que uno viene a ver está sobre sus orillas: Giza y Saqqara al norte, y ochocientos kilómetros más al sur el Valle de los Reyes, Karnak, Luxor, Asuán y Abu Simbel. Por eso el crucero por el Nilo no es un capricho de turista sino la forma histórica de moverse, y sigue siendo la más cómoda para encadenar templos sin pasar el día en la ruta. A eso se le suma el Mar Rojo, con uno de los mejores buceos del planeta.
Hay que ir sabiendo que Egipto es intenso. En los sitios turísticos hay una presión comercial constante, propinas esperadas en cada gesto y una insistencia que cansa a quien no la anticipa. No es peligroso —el país cuida mucho a sus visitantes porque el turismo es central para su economía—, pero exige paciencia y un 'no, gracias' firme y amable repetido muchas veces al día. Quien va preparado para eso disfruta uno de los viajes más impresionantes que existen.
La moneda local es el libra egipcia (EGP). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de EGP →El Cairo (CAI) es la entrada principal, y Hurgada (HRG), Sharm el-Sheij (SSH) y Luxor (LXR) reciben vuelos directos desde Europa. El tren nocturno con camarote entre El Cairo y Luxor o Asuán es la forma clásica de bajar al sur y ahorra una noche de hotel; hay que reservarlo con anticipación. Los vuelos internos de EgyptAir cubren las mismas rutas en poco más de una hora. El tramo Luxor–Asuán mucha gente lo hace en crucero por el Nilo, parando en los templos del camino. En El Cairo, el metro es baratísimo y esquiva el tránsito, tiene vagones reservados para mujeres, y las aplicaciones de viajes funcionan bien y evitan la negociación con los taxis.
De octubre a abril es la temporada, sin discusión, y dentro de eso los mejores meses son noviembre, diciembre, febrero y marzo: temperaturas agradables para caminar entre templos, noches frescas y sol estable. Diciembre y enero son los más concurridos y los más caros, con las fiestas empujando los precios de cruceros y hoteles hacia arriba; también son los meses en que hace frío de verdad de noche en el desierto y en Asuán, cosa que sorprende a quien viene esperando calor.
De mayo a septiembre el calor en Luxor y Asuán es extremo: se pasan holgadamente los cuarenta grados y visitar el Valle de los Reyes al mediodía deja de ser un placer para convertirse en una prueba física. La contrapartida es que hay muchísima menos gente y los precios caen bastante, así que quien tolere el calor y organice las visitas a primera hora de la mañana puede aprovecharlo. El Mar Rojo funciona todo el año. Un dato a chequear antes de reservar: durante el Ramadán cambian los horarios y el ritmo del país, y las fechas se corren cada año.
La cocina egipcia es de legumbres, pan y verduras, sabrosa y muy barata. El koshari es el plato nacional: arroz, lentejas, fideos, garbanzos, salsa de tomate y cebolla frita crocante encima, todo junto en un plato, y se come en locales que solo hacen eso. El ful medames, un guiso de habas que se desayuna con pan, y la ta'ameya —el falafel egipcio, que se hace con habas en vez de garbanzos— son el desayuno de todos los días. Sumale la molokhia, una sopa verde espesa, y el pan baladi, que acompaña absolutamente todo.
Para tomar, el té negro cargado y azucarado —el shai— es constante, y el karkadé, la infusión roja de hibisco que se toma fría en el sur, es lo más refrescante que hay. El café a la turca se pide aclarando cuánta azúcar lleva. El alcohol existe pero es caro y de venta restringida, más disponible en hoteles y zonas turísticas que en la calle. Dos advertencias prácticas: no tomar agua de la canilla, ni siquiera para lavarse los dientes en algunas zonas, y ser prudente con las ensaladas crudas, el hielo y la fruta sin pelar los primeros días.
Egipto cuida mucho a los turistas —hay presencia policial y controles en las zonas de interés— y los delitos violentos contra visitantes son muy poco frecuentes. Lo que sí hay, y en cantidad, es acoso comercial y estafas menores: guías falsos que se ofrecen a acompañarte y después reclaman una suma, gente que te dice que un sitio está cerrado para llevarte a otro lado, camelleros que acuerdan un precio de subida y otro de bajada, taxis sin taxímetro. La respuesta es un no amable y no detenerse. Las mujeres que viajan solas reportan con frecuencia acoso verbal y físico en zonas concurridas: ayuda mucho vestir cubierta, moverse con actitud decidida y evitar lugares vacíos. En cuanto a zonas, el norte del Sinaí tiene restricciones y no es destino turístico; Sharm el-Sheij, Dahab y el resto del país funcionan con normalidad.
Lo sanitario más común es la diarrea del viajero, y se previene con lo básico: agua embotellada siempre, nada de hielo los primeros días, comer en lugares con mucha rotación de gente y evitar crudos y fruta sin pelar. Conviene consultar con anticipación por las vacunas recomendadas —en general hepatitis A y tifoidea para este tipo de viaje— y llevar seguro de viaje, porque la atención buena es privada y se paga. El sol es muy fuerte todo el año: sombrero, protector y mucha agua, sobre todo en el Valle de los Reyes, donde no hay sombra. Emergencias: 122 policía, 123 ambulancia, y hay una policía turística específica.
Egipto es barato para un presupuesto latinoamericano: la comida local cuesta muy poco, el transporte interno es económico y hasta el alojamiento de buena categoría está muy por debajo de lo que valdría en Europa. Los gastos que pesan son las entradas a los sitios arqueológicos, que se suman rápido porque cada templo y cada tumba se paga aparte, el crucero por el Nilo y los vuelos internos. El regateo es parte del sistema en zocos y con taxis, pero no en museos, sitios oficiales, supermercados ni restaurantes con carta.
Hay un rubro que casi nadie presupuesta y que conviene tener claro: el baksheesh, la propina. Acá no es opcional ni excepcional, es parte de cómo funciona la economía cotidiana: se le da al que te muestra un rincón, al que te cuida el calzado en una mezquita, al que te abre una puerta, al del baño. Lo práctico es andar siempre con muchos billetes chicos y separados del resto de la plata, y decidir de antemano cuánto se da para no tener que discutir cada vez. Sumado a lo largo de un viaje, el baksheesh es una línea real del presupuesto.
Egipto es un país musulmán y conservador, y la vestimenta discreta es lo que más ayuda a que el viaje sea cómodo: hombros y rodillas cubiertos para todos, y para las mujeres, ropa holgada que no marque, con un pañuelo a mano para entrar a mezquitas. No hace falta cubrirse el pelo en la calle. Los cinco llamados a la oración marcan el día y el viernes es el día principal. Durante el Ramadán, comer, beber o fumar en público durante el día se evita por respeto, aunque a los extranjeros se les tolera.
La hospitalidad es genuina y muy fuerte: es normal que alguien te invite un té sin segundas intenciones, aunque también existe la versión comercial de eso y con los días se aprende a distinguirlas. Se come y se saluda con la mano derecha. No se fotografía a personas sin permiso, y menos a mujeres. Hay algo más que conviene saber: está prohibido fotografiar instalaciones militares, puentes y algunos edificios oficiales, y en varios museos y tumbas hay que pagar un permiso aparte para la cámara. Por último, la paciencia es la herramienta más útil del viaje: los tiempos son otros, y enojarse no acelera absolutamente nada.
Pocos lugares del planeta cargan con una historia tan larga y tan continua como Egipto: más de cinco mil años que arrancan cuando un rey del sur, Narmer, unió las Dos Tierras a orillas del Nilo y fundó lo que suele considerarse el primer Estado-nación de la humanidad. En ese arco enorme caben las pirámides de Giza y la Esfinge, los grandes faraones —Keops, Hatshepsut, Akenatón, Tutankamón, Ramsés II—, el Egipto griego de Alejandro Magno y de Cleopatra, la provincia romana que dio de comer a un imperio, la cuna del monacato cristiano copto, la conquista árabe que islamizó el país y lo volvió centro del mundo musulmán, el esplendor de fatimíes y mamelucos en El Cairo, cuatro siglos de dominio otomano, la expedición de Napoleón que hizo posible descifrar los jeroglíficos con la piedra de Rosetta, el sueño modernizador de Mehmet Alí, el canal de Suez y la ocupación británica, y por fin la independencia, la revolución de Nasser y el Egipto árabe contemporáneo.
Egipto es, a la vez, un museo al aire libre y un país vivo de más de cien millones de personas apretadas en la delgada franja verde del Nilo y su delta. Recorrerlo —el Museo Egipcio y el nuevo Gran Museo junto a Giza, los templos colosales de Luxor y Karnak, las tumbas del Valle de los Reyes, Abu Simbel rescatado de las aguas, Alejandría mediterránea, los arrecifes del Mar Rojo, el monasterio de Santa Catalina en el Sinaí, el oasis bereber de Siwa— es transitar todas esas capas superpuestas. Esta es la historia de cómo se formaron, sin eufemismos ni leyendas convertidas en certezas: la gloria faraónica y el saqueo colonial de su patrimonio, la grandeza de sus dinastías y las conquistas que lo sometieron, el país que inventó la escritura monumental y el que hoy discute su lugar en el mundo árabe y africano.
Leer la historia completa de Egipto →Elegí una región y entrá a cada destino para ver qué hacer, precios y cómo llegar.
Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.