Moldavia es uno de los secretos mejor guardados de Europa del Este: un país pequeño, verde y sin turismo masivo, famoso por sus bodegas de vino subterráneas —las más grandes del mundo— y sus monasterios rupestres escondidos en acantilados. Ideal para quien busca autenticidad, hospitalidad genuina y precios bajos.
La moneda es el leu moldavo (MDL). El efectivo manda: en Chișinău las tarjetas se aceptan en hoteles, supermercados y restaurantes, pero en pueblos, mercados y bodegas rurales vas a necesitar leus en mano. Cambiá en las casas de cambio de la capital, que suelen dar mejor cotización que los cajeros, y llevá siempre billetes chicos para taxis y compras cotidianas.
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Pocos países cargan con una historia tan disputada como Moldavia. En apenas dos siglos, este pedazo de tierra entre los ríos Prut y Dniéster pasó de ser el corazón de un principado medieval a provincia del Imperio Ruso, a formar parte de Rumania, a convertirse en república soviética y, finalmente, en 1991, en un Estado independiente. Cada una de esas mudanzas dejó una capa de idioma, de fe y de memoria que todavía hoy conviven —y a veces chocan— dentro de sus fronteras.
Entender Moldavia es entender esa tensión de fondo: un país donde se habla rumano pero se lo llamó durante décadas "moldavo", donde las cúpulas ortodoxas conviven con los monumentos soviéticos, y donde una franja de territorio al este del Dniéster —Transnistria— sigue funcionando como un Estado no reconocido con banderas de la URSS. Este es el relato de cómo se formó ese mosaico, contado desde el principado de Esteban el Grande hasta la Moldavia actual, candidata a entrar en la Unión Europea.
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