Praga, una de las ciudades más bellas de Europa, con su casco medieval, el puente de Carlos y la cerveza más famosa del continente.
Chequia es de los países que más rinden por kilómetro cuadrado de Europa. Praga es de las pocas capitales grandes del continente que atravesó el siglo XX sin ser bombardeada, así que su casco medieval y barroco está entero, no reconstruido: se camina sobre las mismas piedras y bajo las mismas fachadas que hace quinientos años. Y a dos horas en cualquier dirección hay pueblos con castillo, balnearios termales del siglo XIX y una región de viñedos que casi nadie asocia con este país.
El otro gran atractivo es la cerveza, y no como cliché: los checos son, por lejos, los que más cerveza toman por habitante en el mundo, y la pilsner —el estilo más consumido del planeta— se inventó acá, en Plzeň, en 1842. En la práctica eso significa que se toma una cerveza excelente por menos de lo que cuesta una gaseosa, en tabernas que funcionan desde hace siglos. Es una cultura de bar, de mesa compartida y de conversación larga.
Para el viajero latinoamericano, Chequia funciona muy bien como puerta a Europa central: es notablemente más barata que Alemania o Austria, se conecta en tren con Viena, Berlín, Cracovia y Budapest en pocas horas, y todo es corto y manejable. Hay una advertencia que conviene registrar desde el principio: acá no se usa el euro sino la corona checa, y esa confusión es la que hace que mucha gente termine cambiando plata mal en el centro de Praga.
La moneda local es el corona checa (CZK). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de CZK →Praga (PRG) no tiene tren al aeropuerto: el bus 119 deja en la estación de metro Nádraží Veleslavín, sobre la línea A, y de ahí son quince minutos al centro. Los trenes de České dráhy conectan el país, pero las compañías privadas RegioJet y Leo Express suelen ser más baratas y más cómodas, con servicio a bordo incluido. Praga–Brno son unas dos horas y media, Praga–Viena unas cuatro y Praga–Berlín cuatro y media por el valle del Elba, uno de los trayectos más lindos de Europa central. Praga se recorre caminando y en tranvía; la línea 22 pasa por buena parte de lo que uno quiere ver y funciona como paseo.
Mayo, junio y septiembre son los mejores meses: clima agradable, días largos, terrazas abiertas y sin el pico de julio y agosto, cuando Praga y Český Krumlov se llenan de verdad y los precios de alojamiento suben. Septiembre suma la vendimia en Moravia, con las fiestas del vino y el burčák, ese mosto joven que solo se consigue unas pocas semanas al año y que no se exporta.
Diciembre es la otra temporada fuerte: los mercados navideños de la plaza de la Ciudad Vieja son de los más lindos de Europa y la ciudad con nieve es otra cosa, aunque hace frío de verdad —bajo cero es normal— y oscurece muy temprano. Enero, febrero y marzo son los meses más baratos y los más vacíos, con la ventaja de recorrer el puente de Carlos casi solo y la desventaja del clima gris. En cualquier temporada, la diferencia entre visitar el centro de Praga a las ocho de la mañana o a las once del mediodía es enorme.
La cocina checa es contundente y de invierno, pensada para acompañar cerveza. El plato emblema es el vepřo-knedlo-zelo: cerdo asado con knedlíky —unas rodajas de masa hervida que reemplazan al pan y sirven para levantar la salsa— y repollo agrio. Está también el svíčková, lomo en una salsa cremosa de verduras con arándanos y crema, que suele ser el favorito de los propios checos, y el guláš heredado de Hungría, que acá se sirve con knedlíky. En la calle, el smažený sýr: queso empanado y frito en un pan, la comida de trasnoche nacional.
La cerveza es el centro de la mesa. Se pide por medio litro y se sirve con bastante espuma, que acá es señal de buen tiro y no un defecto. Además de las grandes marcas hay decenas de cervecerías chicas, y en muchas tabernas te van reponiendo el vaso automáticamente hasta que ponés el posavasos encima, así que conviene saberlo si no querés seguir. Se brinda diciendo 'na zdraví' mirando a los ojos. Y una advertencia útil: el trdelník, ese cilindro de masa dulce que venden por todo el centro de Praga como si fuera tradicional checo, en realidad no lo es; es un invento reciente para turistas.
Chequia es un país muy seguro, con índices de criminalidad bajos, y Praga se camina de noche sin problema. Los riesgos son de bolsillo, no físicos: carteristas en el tranvía 22, en la plaza de la Ciudad Vieja y en el puente de Carlos cuando está lleno, y sobre todo estafas de cambio de moneda, que son la queja número uno de la ciudad. Sumale taxis que no ponen el taxímetro y restaurantes del centro con precios inflados o cargos no anunciados en la cuenta, que conviene revisar antes de pagar. Emergencias: 112.
La estafa de las casas de cambio merece su propio párrafo porque es sistemática: se anuncian tasas atractivas que en realidad son de venta y no de compra, o se cobran comisiones altas que aparecen en letra chica. Hay una protección legal concreta que casi nadie usa: por ley se puede deshacer una operación de cambio dentro de las tres horas siguientes, quedándose con el comprobante. Lo más simple es no cambiar en el centro y sacar coronas directamente de un cajero de banco, rechazando la conversión que ofrece el cajero. En lo sanitario no hay riesgos particulares, el agua de la canilla es potable y el sistema de salud es bueno; el seguro de viaje es obligatorio para el visado Schengen, con cobertura mínima de treinta mil euros.
Chequia es de los destinos con mejor relación calidad-precio de Europa, bastante más barato que Alemania o Austria y algo por encima de Polonia o Hungría. Como orientación, y aclarando que no hay fuente oficial para estos rubros, una cama en dormi suele ir de veinte a treinta y cinco euros, un hotel de gama media de setenta a ciento veinte, un plato en una taberna local de ocho a quince euros y la cerveza de medio litro entre dos y tres, menos si se sale del centro. La diferencia de precios entre el casco histórico de Praga y un barrio a dos paradas de tranvía es enorme.
Lo que más ahorra es simple: comer y tomar donde comen los checos, a unas cuadras de la plaza principal, y no en el perímetro turístico. Los almuerzos de mediodía con menú fijo cuestan una fracción de la carta de la noche. El transporte público de Praga es excelente y barato, con abonos de 24 y 72 horas que cubren metro, tranvía y colectivo. Y muchas de las mejores cosas —caminar el puente al amanecer, el recinto del castillo, las calles del casco antiguo— no cuestan nada. La corona checa es moneda cerrada, así que conviene gastarla antes de irse.
Los checos son más reservados que los latinos y bastante directos: no hacen conversación social con desconocidos y el trato inicial puede parecer seco, pero no hay hostilidad detrás. Se saluda al entrar y salir de un negocio chico, se es puntual y se habla bajo en el transporte. En las tabernas, en cambio, la cosa cambia: se comparten mesas con desconocidos, se pide permiso para sentarse y ahí sí aparece la conversación larga. Es un país con un humor muy particular, irónico y de absurdo, que se nota en su literatura.
Hay una cosa que conviene tener clara y es cómo se llama el país. En español se usó durante años 'República Checa' y hoy la forma corta oficial es Chequia. Y aunque hasta 1993 fue parte de Checoslovaquia junto con Eslovaquia, son dos países distintos y a nadie le cae bien que se los confunda; lo mismo vale para dar por sentado que el país fue soviético: fue satélite del bloque, con la invasión de 1968 y la Primavera de Praga como heridas todavía presentes. El comunismo terminó en 1989 con la Revolución de Terciopelo, que fue pacífica, y esa historia se cuenta bien en varios museos de Praga.
El país que hoy visitamos se llama Chequia (en checo, Česko) o, con su nombre oficial largo, República Checa. Conviene aclararlo de entrada porque persiste una confusión muy extendida: Checoslovaquia, el Estado que unía a checos y eslovacos, dejó de existir el 1 de enero de 1993, cuando el llamado «divorcio de terciopelo» lo dividió pacíficamente en dos países independientes. Chequia es la mitad occidental de aquel Estado, y no es una unidad geográfica homogénea sino la suma de tres tierras históricas con siglos de identidad propia: Bohemia (Čechy), la más grande, en torno a Praga; Moravia (Morava), al este, con Brno y Olomouc; y una parte de la vieja Silesia (Slezsko), en el extremo nororiental, alrededor de Opava y Ostrava. De la tribu celta de los boios que la habitó en la Antigüedad deriva el nombre latino de Bohemia, Boiohaemum, «la tierra de los boios».
Situada en el corazón geográfico de Europa, sin salida al mar y rodeada por las montañas de la Bohemia histórica, esta tierra ha sido durante mil años un cruce de caminos entre el mundo germánico y el mundo eslavo, y por eso su historia es a la vez brillante y trágica. Aquí nació la primera universidad de Europa central, aquí predicó Jan Hus un siglo antes que Lutero, aquí Carlos IV convirtió a Praga en capital del Sacro Imperio, aquí empezó la Guerra de los Treinta Años con una ventana abierta de un empujón, aquí murió aplastada la Primavera de Praga bajo los tanques soviéticos y aquí, en 1989, medio millón de personas hicieron caer al comunismo sin derramar sangre. Recorrer Chequia —de los callejones de la Ciudad Vieja de Praga a los viñedos de Moravia, de las minas de plata de Kutná Hora a los balnearios de Karlovy Vary— es atravesar una de las historias más densas y decisivas del continente.
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Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.