La isla esmeralda: acantilados de Moher, pubs con música en vivo, castillos y paisajes verdes infinitos.
Irlanda es chica y se recorre entera en dos semanas, pero tiene una densidad de paisaje poco común: en el mismo día se pasa de un acantilado de doscientos metros sobre el Atlántico a un valle con un monasterio del siglo VI, y de ahí a un pueblo donde a las nueve de la noche hay cuatro músicos tocando en la esquina del pub sin que nadie los haya contratado. El verde del que todos hablan es real y tiene una explicación poco romántica: llueve seguido, en cualquier época del año.
Para el viajero latinoamericano hay dos cosas que la vuelven especialmente amable. Una es el idioma: es un país anglófono donde la gente conversa con desconocidos como práctica normal, así que se resuelve todo hablando. La otra es el vínculo histórico con la emigración, que en Argentina se siente de cerca: Irlanda perdió más de la mitad de su población en el siglo XIX y ese éxodo dejó comunidades irlandesas en Buenos Aires, en Estados Unidos y en Australia. Buena parte de los museos del país cuentan esa historia, y se entiende distinto cuando uno viene del lugar adonde llegaron.
Conviene tener claro desde el principio que en la isla hay dos países. La República de Irlanda es independiente, usa el euro y no forma parte del espacio Schengen. Irlanda del Norte es parte del Reino Unido, usa la libra y tiene sus propias reglas de entrada. No hay control en la frontera terrestre y se cruza sin darse cuenta, pero eso no significa que no haya requisitos: quien va a la Calzada del Gigante está entrando al Reino Unido, con todo lo que eso implica.
La moneda local es el euro (EUR). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de EUR →Dublín (DUB) concentra los vuelos, y Shannon (SNN) y Cork (ORK) sirven al oeste y al sur. El aeropuerto de Dublín no tiene tren: se entra al centro en los buses Airlink, Aircoach o Dublin Express, en media hora larga. La red ferroviaria de Irish Rail es limitada y sirve sobre todo al eje Dublín–Cork–Galway, así que buena parte del país se recorre en los buses de Bus Éireann y Citylink. Para el Wild Atlantic Way, los acantilados y la península de Dingle, el auto es lo que abre el viaje, recordando que se maneja por la izquierda y que las rutas secundarias son angostas y con muros de piedra al costado. Hay ferries a Gran Bretaña y a Francia.
De mayo a septiembre es la temporada del viaje, y junio es probablemente el mejor mes: los días son larguísimos —a fines de junio hay luz hasta cerca de las diez y media de la noche—, el paisaje está en su punto y todavía no llegó el pico de turismo de julio y agosto. Septiembre es la otra buena apuesta, con menos gente y precios algo más bajos. Hay que asumir que va a llover en cualquier mes: el dicho local de las cuatro estaciones en un día es literal, y lo que se necesita es campera impermeable con capucha, no paraguas, porque el viento lo da vuelta.
El resto del año tiene sus cosas. El 17 de marzo, San Patricio, llena Dublín de desfiles y de gente, con los precios de alojamiento por las nubes y hay que reservar con muchos meses. El invierno es la temporada barata, pero oscurece antes de las cinco de la tarde, muchos alojamientos rurales y atracciones del oeste cierran o reducen horarios, y las condiciones para manejar por la costa se ponen feas. Si el viaje es corto y se concentra en Dublín, funciona todo el año; si la idea es el Wild Atlantic Way, conviene el verano.
La cocina irlandesa cargó mucho tiempo con mala fama y hoy no se la merece. Los clásicos siguen ahí: el Irish stew de cordero, el boxty y el colcannon a base de papa, el pan de soda que se hace sin levadura y el full Irish breakfast, un desayuno enorme con huevos, tocino, salchichas, tomate, porotos y las morcillas blanca y negra. Pero lo mejor del país es el producto del Atlántico: las ostras de Galway, los mejillones, el salmón ahumado y el pescado frito con papas, que en los pueblos de la costa está muy por encima de lo que uno espera.
La Guinness tomada en Irlanda no sabe igual que en otro lado, y no es sugestión: el servicio se hace en dos tiempos, con una pausa para que se asiente, y lleva algo más de un minuto y medio. Al lado están las cervezas de las cervecerías chicas, que en la última década se multiplicaron, y el whiskey irlandés, que se destila tres veces y es más suave que el escocés. Dos costumbres útiles: en la barra del pub se paga al pedir y no se deja propina, mientras que en un restaurante con mesa se deja entre el diez y el quince por ciento si el servicio no viene incluido; y existe la ronda, que consiste en que cada uno del grupo invita una vuelta entera, así que conviene no sumarse a una mesa de seis si uno pensaba tomar una sola.
Irlanda es un país muy seguro y el trato con desconocidos es notablemente cordial. Los problemas son menores y se concentran en el centro de Dublín de noche, sobre todo alrededor de O'Connell Street y en algunas zonas del norte del río, donde conviene el sentido común de cualquier ciudad grande. Los robos son de oportunidad: carteras en pubs llenos y objetos a la vista dentro del auto en los estacionamientos de las atracciones del oeste, que es el hurto más denunciado por turistas. El número de emergencias es el 112 o el 999, los dos funcionan.
El sistema de salud público existe pero es lento, y sin cobertura la atención privada es cara, así que el seguro de viaje es imprescindible. Las farmacias funcionan bien y los farmacéuticos asesoran, aunque varios medicamentos de venta libre en América Latina acá requieren receta. El agua de la canilla es potable. No hay riesgos sanitarios particulares ni vacunas exigidas. El verdadero cuidado del viaje es otro: los acantilados y senderos costeros casi nunca tienen barandas, el borde suele estar socavado por debajo, el viento sopla fuerte y todos los años hay accidentes por acercarse demasiado para sacar una foto.
Irlanda es cara, más que España o Portugal y en el rango del resto de Europa occidental, y el alojamiento es el rubro que más pesa: Dublín arrastra una crisis habitacional que empujó los precios muy arriba, y en temporada alta conseguir algo razonable en el centro exige reservar con mucha anticipación. Como orientación, sin que sea un dato oficial, una cama en dormi suele ir de treinta a cincuenta euros, un hotel de gama media de ciento veinte a ciento ochenta en Dublín y algo menos en el resto del país, un plato principal de pub entre quince y veintidós euros y la pinta de cerveza entre seis y ocho, más barata en los pueblos que en la capital.
Hay varias formas de bajarlo. Dormir fuera de Dublín y usar la capital como entrada y salida cambia bastante la cuenta. El almuerzo en los pubs suele tener menú del día por mucho menos que la carta de la noche. Las Heritage Cards de la Oficina de Obras Públicas dan acceso a decenas de sitios históricos estatales por un precio fijo y se amortizan rápido si se visitan varios. Muchos museos nacionales de Dublín —el Arqueológico, el de Historia Natural, la Galería Nacional— son de entrada gratuita. Y si se alquila auto, hay que sumar al presupuesto el seguro, que en Irlanda es notoriamente caro y donde muchas tarjetas de crédito no cubren.
La conversación es el deporte nacional. Se habla con el que atiende, con el que está al lado en el pub y con el que pasa por la calle, y las respuestas rara vez son cortas; a esa mezcla de charla, humor y anécdota le dicen craic, y es lo que la gente busca cuando sale. El humor es irónico y autodepreciativo, y la exageración se da por entendida. En contrapartida, la confrontación directa incomoda: un irlandés rara vez dice que no de frente, y muchas veces un 'ah, sure, we'll see' significa que no. También conviene evitar llamar británico al país o dar por sentado que es lo mismo que Inglaterra, que es de las pocas cosas que caen mal de verdad.
El irlandés, el gaeilge, es la primera lengua oficial y aparece en todos los carteles del país, aunque en la vida diaria casi todos hablan inglés. Las excepciones son las zonas Gaeltacht —Connemara, partes de Donegal, Dingle y las islas Aran—, donde sí se habla a diario y donde muchos carteles de ruta están solamente en irlandés, cosa que importa si uno maneja con GPS y busca un nombre que no aparece. El otro punto sensible es la historia reciente: en Irlanda del Norte, los murales, banderas y símbolos de los barrios remiten a un conflicto que terminó formalmente en 1998 pero sigue vivo en la memoria, y se visitan con respeto y sin opinar en voz alta.
La historia de Irlanda arranca mucho antes que la de casi cualquier catedral o pirámide del mundo: en el valle del Boyne, los agricultores del neolítico levantaron hace unos 5.200 años el gran túmulo de Newgrange, más antiguo que Stonehenge y que las pirámides de Egipto, con un pasillo de piedra alineado con el sol del solsticio de invierno. Sobre ese sustrato prehistórico se depositaron, capa tras capa, los celtas y sus reinos gaélicos, la cristianización de San Patricio, la deslumbrante edad de oro de los monasterios y sus manuscritos, las incursiones vikingas que fundaron Dublín, la invasión anglonormanda de 1169 y los siglos de conquista inglesa que culminaron en Kinsale, las plantaciones, Cromwell y las Leyes Penales. Es la historia de una isla pequeña en el borde occidental de Europa que, pese a su tamaño, proyectó su cultura, su fe y su gente por todo el planeta.
El siglo XIX quebró a Irlanda por la mitad: la Gran Hambruna de 1845-1852 se llevó un millón de vidas y empujó a otro millón al exilio, y desató una emigración que durante un siglo vació el país por puertos como Cobh. De aquel desangre nacieron también el nacionalismo moderno, el Alzamiento de Pascua de 1916, la independencia de 1922 y la dolorosa partición de la isla, con el largo conflicto de Irlanda del Norte —los Troubles— cerrándose recién en 1998 con el Acuerdo de Viernes Santo. Recorrer Irlanda hoy —de los pubs y la literatura de Dublín a los acantilados de Moher, de Skellig Michael y sus monjes al oeste gaélico de Connemara y las Aran, de la ciudad rebelde de Cork a la Calzada del Gigante— es transitar esa memoria superpuesta: la de un país que pasó del hambre y la emigración al vertiginoso Tigre Celta y a las reformas sociales del siglo XXI, sin dejar nunca de mirar a su pasado.
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Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.