Los Alpes en su máxima expresión: lagos cristalinos, trenes panorámicos, chocolate y pueblos de postal.
Suiza es el país donde todo funciona, y eso es literal: los trenes salen al minuto exacto, un colectivo postal amarillo llega a un pueblo de cuarenta habitantes en lo alto de un valle, y el horario está coordinado para que el barco del lago espere al tren que viene con retraso. Esa fiabilidad no es un detalle turístico, es lo que permite armar un viaje de montaña sin auto y sin sobresaltos, algo casi imposible en cualquier otro lugar de los Alpes.
El país es chico —se cruza de punta a punta en unas cuatro horas de tren— pero cambia por completo según dónde estés. La parte alemana, con Zúrich, Berna, Lucerna y Basilea, es ordenada y protestante; la francesa, alrededor del lago Lemán con Ginebra, Lausana y Montreux, es más relajada y afrancesada; y el Tesino, al sur, es italiano en el idioma, en la comida y en el clima, con palmeras a orillas del lago. Cuatro idiomas oficiales en un territorio más chico que la provincia de Entre Ríos.
Hay que decirlo de entrada: Suiza es el país más caro de Europa y probablemente del mundo para viajar, y no hay forma de disimularlo. La contracara es que casi todo lo que uno viene a ver —los paisajes, los senderos, los pueblos, los lagos— es gratis, y que el sistema de transporte, aunque caro, es tan bueno que reemplaza al auto y a las excursiones organizadas. Con un pase de transporte y alojamiento en albergues de montaña, el viaje baja bastante de lo que uno teme.
La moneda local es el franco suizo (CHF). Conviene llevar algo de efectivo, avisar al banco antes de viajar y revisar la cotización del día.
Conversor completo de CHF →Zúrich (ZRH), Ginebra (GVA) y Basilea (BSL) tienen la estación de tren dentro del aeropuerto, con servicios al centro cada pocos minutos. El transporte público suizo es el más integrado del mundo: trenes, buses postales amarillos, barcos de lago y funiculares están coordinados al minuto en un mismo horario, así que se puede llegar a pueblos de montaña sin auto y sin sobresaltos. El Swiss Travel Pass cubre todo eso más los museos y conviene apenas se hacen dos o tres trayectos largos. Los trenes panorámicos —el Glacier Express entre Zermatt y St. Moritz, el Bernina Express hacia Italia— requieren reserva aparte. Todo es caro, pero el sistema funciona tan bien que el auto casi nunca compensa.
El verano, de junio a septiembre, es la temporada del senderismo y la más recomendable para un primer viaje: los senderos de altura están abiertos, todos los teleféricos y trenes de montaña funcionan, los pasos alpinos están habilitados y se puede nadar en los lagos. Julio y agosto son los meses de más gente y precios más altos; junio y septiembre dan casi lo mismo con bastante más tranquilidad, aunque a principios de junio puede quedar nieve en los senderos de más de dos mil metros.
El invierno, de diciembre a marzo, es la otra temporada fuerte y transforma el país: esquí en todas las regiones, mercados navideños en diciembre y pueblos alpinos en su versión postal. Los precios en las estaciones suben mucho en Navidad, Año Nuevo y febrero. Las temporadas intermedias —noviembre y de mediados de abril a mayo— son las más baratas, pero conviene saber que en esos meses muchos teleféricos, hoteles y restaurantes de montaña cierran por mantenimiento entre una temporada y la otra, así que hay que verificar antes de armar el itinerario.
La cocina suiza es de montaña e invierno, pensada para después de un día al aire libre. El fondue de queso, que se comparte pinchando pan en la olla común, y la raclette, donde se raspa el queso derretido sobre papas y encurtidos, son los dos platos emblema y ambos son de la parte francófona. En la zona alemana está el Rösti, una torta de papa rallada dorada, y el Zürcher Geschnetzeltes, tiras de ternera en crema. En el Tesino se come italiano de verdad: risotto, polenta y embutidos, servidos en los grotti, restaurantes rústicos de piedra.
El chocolate suizo tiene fama merecida y la invención de la versión con leche es de acá, igual que la del chocolate fundente en textura; vale la pena comprar en chocolaterías de barrio y no solo en las marcas del aeropuerto. El queso va mucho más allá del Emmental agujereado: el Gruyère, el Appenzeller y el Sbrinz son mejores y se compran en cualquier mercado. Dos costumbres prácticas: el agua de las fuentes públicas de las ciudades es potable salvo cartel que diga lo contrario, y llenar la botella ahí ahorra plata real; y la propina está incluida por ley en el precio, así que se redondea si uno quiere pero no se espera un porcentaje.
Suiza es uno de los países más seguros del mundo y la delincuencia no es una preocupación para el viajero más allá de los carteristas en las estaciones grandes de Zúrich, Ginebra y Basilea. Se puede caminar de noche en cualquier ciudad sin problema. El número de emergencias general es el 112, y hay dos números que conviene tener anotados si se va a la montaña: el 144 para emergencias médicas y el 1414 de la Rega, el servicio de rescate aéreo suizo, que es el que va a buscarte en helicóptero si te pasa algo en altura.
El sistema de salud es excelente y de los más caros del planeta, así que el seguro de viaje no es negociable; para el visado Schengen se exige uno con cobertura mínima de treinta mil euros y conviene revisar específicamente que cubra rescate en montaña y deportes de altura, que muchas pólizas excluyen y que en Suiza es justo lo que puede llegar a hacer falta. El agua de la canilla es excelente. El riesgo real del país es alpino: el clima cambia en minutos, hay que mirar el parte antes de cada caminata, respetar la señalización de los senderos —los blancos y rojos son de montaña y los blancos, azules y blancos son alpinos y exigen experiencia— y no salirse de las pistas marcadas al esquiar.
Suiza es el país más caro de Europa para viajar y conviene planificarlo sabiéndolo. Como orientación, y aclarando que no hay fuente oficial para estos rubros, una cama en dormi de albergue suele ir de cuarenta a setenta francos, un hotel de gama media de ciento sesenta a doscientos cincuenta, un plato principal en un restaurante sencillo de veinticinco a cuarenta y un café de cuatro a seis. A eso hay que sumarle el transporte y los teleféricos de montaña, que son un gasto grande y constante: subir a Jungfraujoch o al Gornergrat cuesta lo que en otro país cuesta un vuelo interno.
Hay tres palancas que cambian de verdad la cuenta. La primera es el transporte: si se va a viajar varios días, conviene hacer el cálculo del Swiss Travel Pass, que cubre trenes, colectivos, barcos y muchos museos, y que con dos o tres trayectos largos por día ya se amortiza; también existe la Half Fare Card, que da la mitad de precio en todo. La segunda es comer de supermercado: los locales de Coop y Migros tienen comida preparada, y llenar la botella en las fuentes públicas es gratis. La tercera es dormir en albergues de montaña y en las cabañas del Club Alpino Suizo, que cuestan una fracción de un hotel y están en lugares mejores. Y lo más importante: lo que uno viene a ver —senderos, pueblos, lagos, miradores a los que se sube caminando— no cuesta nada.
La puntualidad no es una virtud sino una expectativa básica: llegar tarde a una cita, aunque sea informal, se toma como falta de respeto, y los trenes salen al minuto exacto sin esperar a nadie. El orden y el silencio se cuidan mucho: en los edificios hay reglas escritas sobre a qué hora se puede hacer ruido, los domingos no se cortan el césped ni se hacen arreglos, y en los vagones hay zonas de silencio que se respetan. La basura se separa de forma estricta y en varias ciudades hay que usar bolsas oficiales con tasa incluida. Los suizos son reservados y formales con los desconocidos, pero muy correctos y serviciales si uno pregunta.
El país tiene cuatro idiomas oficiales —alemán, francés, italiano y romanche— y esa división es real: se cruza de una región a otra y cambia el idioma de los carteles, la comida y hasta el humor. El alemán que se habla en la calle es el suizo alemán, bastante distinto del alemán estándar, así que quien estudió alemán se lleva una sorpresa. En la montaña hay una costumbre que conviene adoptar: se saluda a todo el que uno se cruza en un sendero, sin excepción. Y la política suiza tiene una particularidad que explica bastante del carácter del país: se vota en referéndum varias veces al año sobre casi todo, así que las decisiones se toman despacio y por consenso.
La historia de Suiza es la de un país que no debería existir según ninguna de las reglas con que solemos explicar a las naciones: no tiene una lengua común (habla cuatro), ni un origen étnico único, ni una religión compartida, ni siquiera una frontera natural que lo aísle. Suiza es, en cambio, una voluntad política sostenida durante más de siete siglos: la de un puñado de comunidades campesinas del corazón de los Alpes que en 1291 juraron ayudarse mutuamente frente a los señores que querían dominarlas, y que a partir de ese pacto fueron sumando valles, ciudades y territorios hasta formar la confederación más antigua y estable del planeta. En el camino inventaron dos cosas por las que todavía se los conoce: los mejores soldados de infantería de la Europa del Renacimiento y, siglos después, la neutralidad como razón de Estado.
Recorrer Suiza es transitar todas esas capas a la vez: los helvecios que Julio César empujó de vuelta a sus montañas, la frontera lingüística invisible que dejaron alamanes y borgoñones y que todavía separa la Suiza alemana de la francesa, el Pacto Federal de 1291 y la leyenda de Guillermo Tell que se construyó mucho después, las victorias imposibles de campesinos con picas contra los caballeros de los Habsburgo, la Reforma de Zwinglio en Zúrich y la Ginebra de Calvino, la guerra civil del Sonderbund que en 1847 fundó el país moderno, la Cruz Roja nacida en Ginebra, el oro nazi y los refugiados judíos rechazados en la frontera, el voto femenino que no llegó hasta 1971, el secreto bancario y su final. Un país pequeño, próspero y aparentemente tranquilo cuya historia, mirada de cerca, es cualquier cosa menos sencilla.
Leer la historia completa de Suiza →Elegí una región y entrá a cada destino para ver qué hacer, precios y cómo llegar.
Estas son las fuentes que más citamos en las guías de este país, con la cantidad de veces que aparecen. Los datos duros —entradas, horarios, requisitos, transporte— salen de la fuente oficial y llevan la fecha en que los verificamos. Las recomendaciones de dónde comer o dormir salen de guías y reseñas, y lo aclaramos en cada ficha.