Albania es el secreto mejor guardado de los Balcanes: playas de agua turquesa en la Riviera, ciudades otomanas declaradas Patrimonio de la Humanidad y montañas alpinas espectaculares, todo a precios muy accesibles.
La moneda local es el lek albanés (ALL), aunque en zonas turísticas suelen aceptar euros. Conviene llevar efectivo porque muchos comercios pequeños, taxis y alojamientos no toman tarjeta; hay cajeros en las ciudades, pero cobran comisión, así que sacá montos más grandes de una vez.
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Durante casi cincuenta años, Albania fue el país más cerrado de Europa: una dictadura que se declaró el primer Estado ateo del mundo, sembró su territorio con más de cien mil búnkeres de hormigón y prohibió a sus ciudadanos salir del país o siquiera tener un pasaporte. Cuando ese régimen cayó, en 1991, los albaneses descubrieron que el continente los había olvidado. Hoy, tres décadas después, el país es candidato a la Unión Europea y sus playas del mar Jónico están entre las más buscadas del Mediterráneo. Entender ese salto exige remontarse muy atrás.
La historia de Albania es la de un pueblo de montaña que sobrevivió a todos los imperios que pasaron por los Balcanes: los ilirios ante Roma, los albaneses medievales ante Bizancio y los otomanos, y los del siglo XX ante el fascismo italiano y el estalinismo. Es una historia de resistencia, de aislamiento y de identidad terca, contada aquí sin adornos y con las fechas, los nombres y las cifras en su lugar.
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