El Cuerno de África está habitado desde muy atrás. En Buur Heybe, en el sur, y en las cuevas y abrigos del norte se documentaron ocupaciones de la Edad de Piedra, y la región es uno de los escenarios donde se dio el paso del cazador-recolector al pastor de ganado. Ese momento quedó pintado.
En noviembre y diciembre de 2002, un equipo arqueológico francés dirigido por Xavier Gutherz identificó, en una colina de granito de las afueras rurales de Hargeisa, diez abrigos cubiertos de pinturas: vacas de cuernos largos con collares y mantos ceremoniales, pastores con los brazos alzados, perros, una jirafa. Los pobladores locales conocían el lugar desde siempre —lo llamaban Laas Geel, "la aguada de los camellos"—, pero no había entrado en el circuito científico internacional. Las estimaciones sitúan las pinturas entre 5.500 y 4.500 años de antigüedad, lo que las convierte en algunos de los testimonios más tempranos de ganadería doméstica en el Cuerno. El granito que sobresale las protegió de la lluvia y del sol: los rojos y los blancos siguen siendo brutalmente vivos. Otros yacimientos del mismo estilo, como Dhambalin y Karinhegane, completan el mapa.
Mil años después de esas pinturas, los egipcios ya navegaban hacia el sur en busca de un lugar que llamaban Punt. Los registros van desde el siglo XXV a.C. —la expedición del faraón Sahure, de la V dinastía— hasta alrededor del año 1000 a.C., y el episodio más célebre es la flota que la reina Hatshepsut envió en el siglo XV a.C. y que hizo tallar en los relieves de Deir el-Bahari. De Punt venían oro, ébano, pieles, animales vivos y, sobre todo, las resinas aromáticas: incienso y mirra, la mercadería que movía los templos del Mediterráneo y de Oriente.
Dónde quedaba Punt exactamente sigue en discusión. El consenso general lo ubica en el Cuerno de África y sus alrededores —Eritrea, Etiopía oriental, Sudán, Somalia, Yibuti—, y hay quienes proponen la costa occidental de Arabia. Un estudio de 2010 sobre isótopos de oxígeno en pelo de babuinos momificados, publicado por investigadores de la Universidad de California, apuntó a Eritrea y el este de Etiopía como origen más probable de esos animales, y no a Somalia ni a Yemen. Lo que nadie discute es que la costa somalí fue durante milenios uno de los grandes proveedores mundiales de incienso: los árboles de Boswellia de las montañas del norte todavía lo son.
El "Periplo del mar Eritreo", un manual de navegación griego del siglo I d.C., ya enumera los puertos de esta costa: Malao (la actual Berbera), Avalites (Zeila), Mosylon, Opone, Sarapion y Essina, esta última en la zona de Merca. Eran escalas de una red que unía Egipto y el golfo Pérsico con la India, y que exportaba incienso, mirra, marfil, caparazones de tortuga y esclavos.
Sobre esa base creció, entre los siglos IX y XV, un mundo de ciudades-estado costeras que compartía lengua, arquitectura de piedra de coral e islam con el resto de la costa suajili. Mogadiscio fue la más poderosa: cuando el viajero marroquí Ibn Battuta desembarcó allí en 1331, la describió como "una ciudad enormemente grande", famosa por sus telas, que se exportaban con el nombre de la ciudad hasta Egipto. Barawa, con su islote de casas encaladas y su dialecto propio, el chimwiini, fue descrita por un erudito del siglo XIII como una de las tres ciudades más importantes de la costa oriental africana junto con Mogadiscio y Merca. En el noroeste, Zeila hacía de puerta del comercio del altiplano etíope.
Estas ciudades no eran colonias árabes ni persas, aunque la historiografía colonial lo repitió durante décadas. Eran centros africanos, con dinastías locales, mezquitas propias y una élite mercantil mestiza. La mezquita Arba'a Rukun de Mogadiscio conserva en su mihrab una inscripción fechada en 667 de la hégira —1268 o 1269— con el nombre de su fundador, Khusra ibn Mubarak al-Shirazi; la mezquita de Fakr ad-Din es del mismo año.
El siglo XVI trajo a los portugueses. Tristão da Cunha saqueó e incendió Barawa en 1506; Zeila fue atacada en 1517 y en 1528. Ninguna de esas expediciones logró ocupación permanente, pero desviaron rutas y debilitaron a los puertos, mientras el eje del comercio del Índico se corría hacia el sur.
El islam llegó a la costa norte muy temprano, por el mar Rojo, en el siglo VII. La tradición sostiene que la mezquita Masjid al-Qiblatayn de Zeila —la "mezquita de las dos qiblas", con dos mihrabs, uno orientado a Jerusalén y otro a La Meca— data de esa época, lo que la convertiría en una de las más antiguas de África. Desde los puertos, la fe se fue metiendo tierra adentro con los caravaneros y los jeques sufíes, y para el siglo XIII buena parte del interior somalí era musulmana.
De ahí salieron los sultanatos. El de Ifat, con capital en Zeila, dominó el noroeste desde fines del siglo XIII y chocó una y otra vez con el Imperio cristiano de Etiopía. En 1415 el emperador etíope Yeshaq I capturó y mató al sultán Sa'ad ad-Din II; sus hijos volvieron desde Yemen y refundaron el Estado con el nombre de Sultanato de Adal, primero en Dakkar y desde 1520 en Harar, en la actual Etiopía. En su apogeo, Adal controló una franja enorme, del cabo Guardafui al mar Rojo.
En 1529 el imán Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi —Ahmad Gurey para los somalíes, Gragn "el zurdo" para los etíopes— lanzó una invasión que estuvo cerca de terminar con la dinastía salomónica. Venció en Shimbra Kure y en pocos años ocupó gran parte del altiplano etíope. Fue una guerra pionera en el uso de artillería y armas de fuego en la región, con apoyo otomano del lado de Adal y, desde 1541, con una expedición portuguesa de cuatrocientos mosqueteros al mando de Cristóvão da Gama del lado etíope. Ahmad murió en la batalla de Wayna Daga, el 21 de febrero de 1543, y con él se derrumbó la ocupación.
La guerra dejó a los dos bandos exhaustos y abrió el camino a las migraciones oromo, que reconfiguraron el mapa del Cuerno. Adal se replegó sobre Harar —el emir Nur ibn Mujahid levantó allí la muralla que todavía se ve— y en 1577 se trasladó a Aussa. Ahmad Gurey sigue siendo, cinco siglos después, una figura mayor de la memoria somalí y una figura dolorosa de la memoria etíope: el mismo hecho, dos relatos nacionales enfrentados.
Mientras Adal peleaba en el noroeste, el sur somalí estaba bajo el Sultanato de Ajuran, que dominó desde el siglo XIII hasta fines del XVII un territorio que iba de Hobyo, en la costa central, hasta Kismayo, e incluía buena parte del este etíope. Ajuran es un caso raro en la historia africana: se lo suele describir como el único "imperio hidráulico" del continente.
Su poder se apoyaba en el control del agua. Los ajuran construyeron pozos de piedra caliza en las rutas de pastoreo del interior, represas y sistemas de canales de riego —los kelliyo— sobre los ríos Shabelle y Juba, que permitieron cultivar sorgo, maíz y algodón en la franja entre ríos, la única zona agrícola seria del país. Muchos de esos pozos siguieron en uso hasta el siglo XX. En la costa levantaron torres y fortines de piedra, cobraron impuestos al comercio y resistieron el avance portugués en el siglo XVI, con apoyo otomano. Mogadiscio, integrada al sultanato, mandó embajadas a China: la flota Ming de Zheng He tocó la ciudad en el siglo XV y volvió con animales africanos para la corte imperial.
A fines del siglo XVII, la presión fiscal y el abandono de las formas tradicionales de gobierno provocaron rebeliones internas y Ajuran se desmembró hacia 1695. En su lugar aparecieron el Imamato Hiraab, en torno a Mogadiscio, y el Sultanato de Geledi en el bajo Shabelle, que llegó a su punto más alto con el sultán Yusuf Mahamud Ibrahim y su victoria en la yihad de Bardheere en 1843; los bimal de Merca lo derrotaron en 1848 y 1878 y aceleraron su decadencia.
En el norte y el noreste el mapa era otro. El Sultanato Majeerteen, del clan del mismo nombre, controlaba el extremo del Cuerno y vivía del incienso, el ganado, la pesca y —un rubro nada menor— del salvataje de los barcos que naufragaban en el cabo Guardafui. Bajo el boqor Osman Mahamuud (1860-1927) tuvo burocracia, bandera, nobleza hereditaria y ejército profesional. En 1878 Yusuf Ali Kenadid fundó, más al sur, el Sultanato de Hobyo. Y en el noroeste, el Sultanato Isaaq, establecido hacia mediados del siglo XVIII, organizaba el interior de lo que hoy es Somalilandia. Todos ellos llegaron al reparto colonial como Estados con firma propia: fue con ellos que los europeos negociaron los tratados.
En la última parte del siglo XIX, el territorio somalí quedó cortado en cinco pedazos. Gran Bretaña firmó tratados de protectorado con los clanes del norte a partir de 1884 y creó la Somalilandia Británica, con capital en Berbera: le interesaba sobre todo asegurar el suministro de carne para la guarnición de Adén, al otro lado del golfo. Francia se quedó con el enclave de Obock y Yibuti, la Somalilandia Francesa. Italia fue construyendo desde 1889 su Somalia Italiana a base de tratados con los sultanatos de Hobyo y Majeerteen y de concesiones arrendadas al sultán de Zanzíbar sobre Mogadiscio, Merca y Barawa, que compró en propiedad en 1905.
Los otros dos pedazos quedaron adentro de países vecinos. Etiopía, bajo Menelik II, extendió su dominio sobre el Ogadén, la meseta de pastores somalíes del sudeste, y Gran Bretaña incorporó a su colonia de Kenia el Distrito de la Frontera Norte, también de población somalí. En 1925 Londres cedió a Italia la mitad norte de Jubalandia, con Kismayo incluida, como pago tardío por el apoyo italiano en la Primera Guerra Mundial: el territorio, llamado Oltre Giuba, se incorporó formalmente a la Somalia Italiana el 30 de junio de 1926.
Esa división de cinco es el origen de la estrella blanca de cinco puntas de la bandera somalí, adoptada en 1954: cada punta representa uno de los territorios de población somalí —la Somalia italiana, la Somalilandia británica, la Somalilandia francesa, el Ogadén y el norte de Kenia— y la idea de una "Gran Somalia" que los reuniera. Ese proyecto irredentista explicaría después la guerra del Ogadén, el conflicto shifta en Kenia y buena parte de la política exterior somalí del siglo XX.
El dominio italiano se completó tarde y por la fuerza. Entre 1924 y 1927, el gobernador fascista Cesare Maria De Vecchi ordenó desarmar y liquidar los sultanatos del noreste, que hasta entonces conservaban autonomía. Los majeerteen resistieron casi tres años; el hijo del boqor Osman, Hersi Boqor, siguió peleando hasta que se exilió en Etiopía a fines de 1927. En 1935-36 Italia invadió Etiopía desde Somalia y unificó sus posesiones en el África Oriental Italiana. En 1940 ocupó también la Somalilandia Británica, y los británicos la recuperaron al año siguiente: fue entonces, en 1941, cuando la capital del protectorado se mudó de Berbera a Hargeisa.
Antes de que el reparto colonial se consolidara hubo veinte años de guerra. Mohammed Abdullah Hassan, nacido el 7 de abril de 1856 en Buuhoodle, era un jeque de la orden sufí salihiyya que volvió de La Meca convencido de que la presencia cristiana europea y etíope estaba corrompiendo el islam somalí. En 1899 fundó el movimiento derviche y se declaró en guerra contra británicos, italianos y etíopes a la vez.
Los británicos lo bautizaron "the Mad Mullah", el mulá loco, un mote que dice más de ellos que de él: Hassan era un estratega hábil y un poeta de primer nivel, y sus versos —"Dardaaran", "Maqashiiya uunka"— siguen siendo parte del canon literario somalí. Entre 1900 y 1904 Gran Bretaña montó cuatro expediciones militares terrestres para acabar con él y ninguna lo consiguió. En 1905 el acuerdo de Illig le reconoció control sobre el valle del Nugaal con aval italiano.
Entre 1909 y 1913 los derviches trasladaron su capital a Taleh, en el valle del Nugaal, donde levantaron un complejo amurallado con catorce torres y fuertes de piedra maciza, el mayor de los cuales se llamó Silsilat. Las ruinas todavía están de pie. El final llegó desde el aire: en enero y febrero de 1920 los británicos combinaron un ataque terrestre con doce aviones de la RAF que bombardearon Taleh, el primer uso de aviación militar en un conflicto en el África subsahariana. Hassan escapó, se replegó al Ogadén y murió el 21 de diciembre de 1920 en Imi, en territorio etíope, de gripe según las fuentes más citadas.
El costo humano fue enorme y las estimaciones son gruesas: algunas fuentes citadas por la historiografía calculan que las dos décadas de guerra y de las hambrunas asociadas se llevaron cerca de un tercio de la población del norte. Es una cifra que conviene tomar como orden de magnitud y no como dato cerrado. Para el nacionalismo somalí posterior, el Sayyid quedó como el primer héroe de la resistencia anticolonial; para otros clanes que sufrieron sus incursiones, la memoria es bastante más ambigua.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas resolvieron en 1949 devolverle a Italia la administración de su antigua colonia, esta vez como territorio en fideicomiso y con un plazo fijo: diez años para llevarla a la independencia. La Administración Fiduciaria Italiana de Somalia funcionó de 1950 a 1960 y montó las instituciones del futuro Estado —parlamento, partidos, escuelas, un ejército— con Mogadiscio como capital. En el norte, el protectorado británico avanzaba por su cuenta y a otro ritmo.
Los dos territorios se independizaron con cinco días de diferencia. La Somalilandia Británica lo hizo el 26 de junio de 1960 y fue reconocida por más de treinta países. La Somalia Italiana, el 1 de julio. Ese mismo día, las dos se unieron para formar la República Somalí, con Aden Abdullah Osman Daar como presidente y Abdirashid Ali Sharmarke como primer ministro. Fue una decisión rápida, tomada con enorme entusiasmo popular y con la Gran Somalia como horizonte.
Los problemas aparecieron enseguida. Las dos partes traían administraciones, códigos legales, idiomas coloniales y sistemas educativos distintos, y los cargos y el poder se concentraron en el sur, mucho más poblado. El Acta de Unión se aprobó de apuro y con vicios de forma que los juristas del norte señalaron desde el principio. En el referéndum constitucional de junio de 1961 el resultado nacional fue favorable, pero en el norte la constitución fue mayoritariamente rechazada. En diciembre de 1961, un grupo de oficiales norteños formados en Gran Bretaña se sublevó en Hargeisa y Burao; algunos de los cabecillas pedían directamente la separación. El motín fracasó y quedó como una anécdota, pero treinta años después esa misma queja volvería con otra fuerza.
La república parlamentaria duró nueve años y funcionó razonablemente bien para los estándares africanos de la época: elecciones competitivas, prensa activa, un traspaso pacífico de la presidencia a Sharmarke en 1967. Terminó de golpe. El 15 de octubre de 1969, el presidente Sharmarke fue asesinado por uno de sus guardaespaldas en Las Anod. Seis días después, el 21 de octubre, el ejército tomó el poder sin encontrar resistencia.
El general Mohamed Siad Barre, comandante del ejército, presidió el Consejo Supremo Revolucionario, disolvió el parlamento, prohibió los partidos y rebautizó al país República Democrática Somalí. En 1970 proclamó el "socialismo científico" (hantiwadaagga cilmiga ku dhisan), nacionalizó bancos, industrias y la tierra, y alineó a Somalia con la Unión Soviética, que a cambio construyó bases militares, entre ellas la de Berbera.
El logro más duradero de esos años no fue económico sino lingüístico. Hasta 1972 el somalí era una lengua sin escritura oficial: la administración funcionaba en italiano, inglés y árabe, y los intentos de alfabeto —el osmanya de Osman Yusuf Kenadid, el borama, el kaddare, la escritura wadaad en caracteres árabes— competían entre sí. En octubre de 1972 el régimen adoptó por decreto un alfabeto latino desarrollado por lingüistas somalíes y extranjeros, entre ellos Shire Jama Ahmed, Musa Haji Ismail Galal y B. W. Andrzejewski. Usa todas las letras del alfabeto inglés menos p, v y z. Después vinieron las campañas de alfabetización rural de 1974 y 1975, en las que se movilizó a decenas de miles de estudiantes secundarios; el propio régimen reivindicó tasas de alfabetización cercanas al 80 %, cifra que los especialistas consideran inflada pero que refleja un salto real. El periódico oficial pasó a llamarse Xiddigta Oktoobar, "La estrella de octubre".
En 1974-75 una sequía devastadora, recordada como Dabadheer ("la larga"), obligó a reasentar a cientos de miles de nómades. Y en julio de 1977 Barre jugó su carta más grande: invadir el Ogadén etíope para completar la Gran Somalia. La guerra del Ogadén duró del 13 de julio de 1977 al 23 de marzo de 1978. Somalia entró con unos 31.000 a 39.000 soldados, 250 tanques y 53 aviones, y en un mes controlaba cerca del 70 % de la región.
Entonces la Unión Soviética cambió de bando. Etiopía acababa de tener su propia revolución marxista y Moscú decidió que le convenía más: cortó el suministro a Mogadiscio y montó a favor de Addis Abeba un puente aéreo de armas que fue, en volumen, el segundo mayor de su historia después del que envió a Siria en 1973. Llegaron más de 15.000 soldados cubanos al mando del general Arnaldo Ochoa y alrededor de 1.500 asesores soviéticos dirigidos por el general Vasili Petrov. La contraofensiva reconquistó Jijiga y el paso de Kara Marda y expulsó al ejército somalí en marzo de 1978. Somalia perdió, según las estimaciones más difundidas, cerca de un tercio de su ejército y la mitad de su fuerza aérea; las cifras de muertos varían entre 5.676 y 8.000 del lado somalí, y unos 25.000 civiles según los cálculos citados. Medio millón de personas quedaron desplazadas.
La derrota rompió al régimen. Barre expulsó a los soviéticos, se pasó al bloque occidental —en 1980 concedió a Estados Unidos acceso a las instalaciones de Berbera— y hacia adentro reemplazó el discurso socialista por un manejo cada vez más descarnado del clan: privilegios para el suyo, los marehan, y represión contra los que consideraba desleales. Tras el intento de golpe de 1978 vinieron las campañas contra los majeerteen del noreste en 1979-80 y, en los años siguientes, contra los isaaq del norte.
La guerra civil no empezó en 1991: empezó en el norte, en 1988. El Movimiento Nacional Somalí (SNM), formado por exiliados isaaq, atacó Burao el 27 de mayo de 1988 y Hargeisa el 31. La respuesta del régimen fue el bombardeo sistemático de sus propias ciudades. La fuerza aérea somalí despegaba del aeropuerto de Hargeisa, giraba y bombardeaba la ciudad una y otra vez, junto con artillería a corta distancia. El general Mohammed Said Hersi Morgan, yerno de Barre y gobernador militar del norte, había firmado meses antes un memorando interno que los investigadores conocen como la "Carta de la Muerte", en el que proponía una campaña de aniquilación contra los isaaq.
Las cifras están discutidas y conviene atribuirlas. Las estimaciones de muertos civiles que recoge la bibliografía van de 50.000 a 200.000; para Hargeisa en particular se suele citar la cifra de unos 50.000. La embajada de Estados Unidos calculó que el 70 % de la ciudad quedó dañado o destruido, y otras estimaciones llegan al 90 %. Cerca de 500.000 personas huyeron a Etiopía —uno de los desplazamientos forzados más rápidos y masivos registrados en África, según ACNUR— y otras 400.000 quedaron desplazadas dentro del país. En 2001, una investigación encargada por Naciones Unidas y realizada por el jurista Chris Mburu concluyó que "el crimen de genocidio fue concebido, planificado y perpetrado por el Gobierno somalí contra el pueblo isaaq". Human Rights Watch y Amnistía Internacional documentaron masacres y ejecuciones extrajudiciales.
El régimen cayó el 26 de enero de 1991. Barre huyó de Mogadiscio y murió exiliado en Lagos el 2 de enero de 1995. Pero la victoria de las guerrillas no produjo un gobierno: produjo una guerra entre ellas. En Mogadiscio, el Congreso Somalí Unido se partió entre los partidarios de Ali Mahdi Muhammad y los del general Mohamed Farah Aidid, y la ciudad quedó cortada en dos por la "línea verde". El Estado somalí, sencillamente, dejó de existir.
En 1992 el colapso agrícola, el saqueo de las cosechas y el bloqueo de la ayuda produjeron una hambruna atroz en el sur; las estimaciones más citadas hablan de entre 200.000 y 300.000 muertos. Naciones Unidas montó UNOSOM I y luego Estados Unidos lideró la UNITAF, que llegó a desplegar unos 37.000 militares. La misión derivó en una cacería del general Aidid y terminó el 3 de octubre de 1993, cuando dos helicópteros Black Hawk fueron derribados sobre Mogadiscio: murieron 18 soldados estadounidenses y, según las estimaciones más citadas, entre varios cientos y más de mil somalíes. La opinión pública estadounidense se dio vuelta y las tropas internacionales se retiraron del todo en marzo de 1995, dejando el país en manos de los señores de la guerra.
Mientras el sur se despedazaba, el norte tomó otro camino. Entre febrero y mayo de 1991, ancianos, jeques y comandantes del SNM se reunieron en una serie de conferencias de clanes —Berbera en febrero, la gran conferencia de Burao en mayo— y el 18 de mayo de 1991 proclamaron la restauración de la independencia del territorio que había sido la Somalilandia Británica, con el nombre de República de Somalilandia y Abdirahman Ahmed Ali Tuur como primer presidente.
El argumento jurídico de Hargeisa es preciso: el 26 de junio de 1960 la Somalilandia Británica se independizó como Estado soberano, reconocido por decenas de países, y cinco días después se unió voluntariamente a la ex Somalia Italiana; lo que se declaró en 1991, sostienen, no es una secesión sino la disolución de una unión voluntaria que nunca llegó a formalizarse bien y que terminó en el bombardeo de sus propias ciudades. Mogadiscio responde que la República Somalí fue reconocida internacionalmente como un solo Estado durante treinta y un años, que la integridad territorial de los Estados africanos es un principio consagrado por la Unión Africana, y que Somalilandia es una región federal más de Somalia. Las dos posiciones son argumentables y ninguna ha logrado imponerse.
Lo que Somalilandia sí construyó fue un Estado que funciona. La conferencia de Borama de 1993 dio forma a un sistema híbrido que combina instituciones modernas con una cámara alta de ancianos, el Guurti, y llevó a la presidencia a Muhammad Haji Ibrahim Egal. Hubo conflictos internos serios entre 1994 y 1996, pero se resolvieron por negociación entre clanes. En 1994 se creó una moneda propia, el chelín somalilandés; en 1996 se emitió el primer pasaporte, biométrico desde 2014. El referéndum constitucional del 31 de mayo de 2001, que ratificaba la independencia, fue aprobado por el 97,1 % de los votantes según los resultados oficiales. Desde entonces hubo elecciones presidenciales competitivas y traspasos pacíficos del poder entre rivales políticos: Dahir Riyale Kahin ganó en 2003 por 80 votos de diferencia, Ahmed Silanyo en 2010, Muse Bihi en 2017 y Abdirahman Mohamed Abdullahi "Cirro" en noviembre de 2024, cuando el oficialismo aceptó la derrota. Es un historial que ningún vecino de la región puede exhibir.
El reconocimiento, sin embargo, no llegó. Durante treinta y cuatro años ningún Estado miembro de la ONU reconoció a Somalilandia, aunque varios países mantienen oficinas de representación en Hargeisa y aceptan sus documentos de viaje. El 26 de diciembre de 2025, Israel se convirtió en el primer Estado miembro de la ONU en reconocerla formalmente, en el marco de los Acuerdos de Abraham; el gobierno de Somalia calificó la medida de acto ilícito y de ataque a su soberanía, y pidió una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad. Hasta mediados de 2026, ningún otro país había seguido ese paso, aunque Etiopía —que en enero de 2024 firmó con Hargeisa un memorando para acceder al mar por Berbera— es la que más cerca ha estado.
El control territorial también está en disputa. En febrero de 2023 estalló el conflicto de Las Anod, en la región de Sool, entre el ejército de Somalilandia y milicias del clan dhulbahante; según la OCHA de Naciones Unidas, entre 154.000 y 203.000 civiles fueron desplazados. Las fuerzas de Somalilandia se retiraron unos 100 kilómetros al oeste en agosto de 2023, y el 19 de octubre de ese año el gobierno federal somalí reconoció a la administración SSC-Khatumo, cosa que Puntlandia, que reclama las mismas regiones, no aceptó.
En el vacío que dejaron los señores de la guerra, los barrios de Mogadiscio empezaron a organizar tribunales islámicos para administrar justicia y seguridad. En 2006 esos tribunales se federaron en la Unión de Cortes Islámicas, echaron a las milicias y, por primera vez en quince años, la capital tuvo algo parecido a orden público. Duró meses: en diciembre de 2006, Etiopía invadió con apoyo estadounidense y desalojó a las cortes.
Esa invasión fue la partera de Al Shabaab. El grupo había nacido como el ala juvenil armada de las cortes y era marginal; la ocupación extranjera lo convirtió en movimiento de masas. Entre 2009 y 2010 llegó a controlar la mayor parte del centro y el sur del país. En agosto de 2011 anunció una "retirada estratégica" de Mogadiscio ante el avance de la misión de la Unión Africana (AMISOM), y desde entonces perdió las ciudades pero conservó buena parte del campo, financiándose con impuestos, extorsión y el comercio de carbón vegetal. En febrero de 2012 juró lealtad formal a Al Qaeda.
Sus atentados marcaron la región: el asalto al centro comercial Westgate de Nairobi en 2013 (67 muertos), la matanza en la universidad de Garissa en 2015 (148 muertos) y el camión bomba del 14 de octubre de 2017 en Mogadiscio, con más de 500 muertos, el atentado más letal de la historia de Somalia. Las estimaciones sobre su fuerza varían mucho: el presidente somalí habló en 2022 de 15.000 a 18.000 combatientes, mientras un panel de expertos de la ONU calculó en 2023 entre 7.000 y 12.000. Su líder Ahmed Abdi Godane murió en un ataque con dron estadounidense el 1 de septiembre de 2014; lo sucedió Ahmad Diriye.
En paralelo, el Estado se fue rearmando. Tras una década de gobiernos de transición, el 20 de agosto de 2012 se constituyó el Gobierno Federal de Somalia, con un parlamento y una fórmula de reparto de poder entre clanes conocida como "4.5": cuatro partes iguales para los grandes clanes —darod, hawiye, dir e isaaq por un lado, rahanweyn o digil-mirifle— y media para los grupos minoritarios. Se fueron creando Estados federados: Puntlandia (que ya existía desde 1998), Jubalandia, Estado del Sudoeste, Galmudug e Hirshabelle. Somalilandia quedó fuera del esquema por decisión propia.
El camino desde entonces ha sido irregular. Hubo una ofensiva militar y de milicias clánicas contra Al Shabaab en 2022-2023 que recuperó territorio en el centro del país y después se estancó; la misión de la Unión Africana pasó de AMISOM a ATMIS en 2022 y a AUSSOM en 2025, con recortes de tropas y problemas de financiamiento; en marzo de 2024 Puntlandia retiró su reconocimiento al gobierno federal por el conflicto sobre la reforma constitucional. En 2023 se condonó la mayor parte de la deuda externa somalí y en 2024 el país ingresó a la Comunidad de África Oriental. Mogadiscio, mientras tanto, se reconstruye: entre 2020 y 2025 se levantaron más de 6.000 edificios nuevos.
Hay dos claves sin las cuales nada de lo anterior se entiende: la poesía y el clan.
El explorador británico Richard Burton escribió en el siglo XIX que el país "rebosa de poetas" y que cada jefe tenía el suyo; la expresión "nación de poetas" la popularizó después la novelista canadiense Margaret Laurence. En una sociedad mayoritariamente nómade y, hasta 1972, sin escritura oficial de su lengua, el verso fue el archivo, el periódico y el tribunal. Los géneros clásicos tienen métrica fija y aliteración obligatoria —el hikaad—: el gabay, de catorce a dieciséis sílabas, es el más solemne; el geeraar y el jiifto, de siete, son más breves; el heello y el belwo, surgido en los años veinte, se cantan. Los poemas circulan, se responden y encadenan polémicas que duran años, como la célebre serie Guba. Mohammed Abdullah Hassan combatía tanto con versos como con fusiles, y en el siglo XX Mohamed Ibrahim Warsame "Hadraawi", muerto en 2022, fue llamado el Shakespeare somalí. Bajo la dictadura de Barre, la oposición hizo circular sus poemas en casetes y por el servicio somalí de la BBC, que durante décadas fue la radio de referencia del país.
La otra clave es el clan. La sociedad somalí se organiza por descendencia patrilineal —el abtirsi, "el conteo de los padres", que cualquier chico aprende de memoria hasta veinte o treinta generaciones atrás— en una estructura de familias de clanes, clanes, subclanes, linajes y, en la base, el grupo mag o diya, de unos cientos a unos miles de personas que responden colectivamente por la compensación de sangre de cualquiera de sus miembros. Las grandes familias son los darod, los hawiye, los isaaq, los dir y los rahanweyn o digil-mirifle. El derecho consuetudinario que regula todo esto, el xeer, es un sistema de contratos entre linajes que sobrevivió al Estado colonial, al socialista y al colapso de 1991: durante los años sin gobierno fue, literalmente, lo único que quedó en pie.
Ese mismo sistema explica la resiliencia y buena parte del conflicto. Siad Barre proclamó abolir el clan —hasta se organizaron "entierros" simbólicos del tribalismo— y terminó gobernando a través de él. La política federal actual lo institucionalizó en la fórmula 4.5, que asegura reparto pero congela las identidades clánicas dentro del Estado, algo que muchos intelectuales somalíes critican duramente. En Somalilandia, en cambio, los mismos mecanismos de mediación entre ancianos fueron la herramienta que permitió terminar las guerras internas de los años noventa. Es la misma estructura social dando resultados opuestos según cómo se la use.
Las 5 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
El extremo del Cuerno es una de las esquinas más peligrosas del comercio marítimo mundial. Los griegos llamaron a este cabo Aromata promontorium, "el promontorio de los aromas", porque de aquí salían las resinas —incienso y mirra— que abastecían a los templos del Mediterráneo; el "Periplo del mar Eritreo" del siglo I ya lo describe como un nudo comercial. El nombre moderno, Guardafui, viene según la etimología más difundida del italiano guarda e fuggi, "mirá y escapá", por sus corrientes y sus vientos.
Los naufragios eran tan frecuentes que se convirtieron en un rubro económico. Los sultanes locales cobraban por el salvataje de las cargas y, desde el siglo XIX, Gran Bretaña negoció con ellos acuerdos específicos para que se protegiera a las tripulaciones náufragas en lugar de esclavizarlas.
Italia terminó levantando un faro. El primero, inaugurado en abril de 1924 con el nombre de Francesco Crispi, era una estructura metálica sencilla; en 1930 se lo reconstruyó en piedra con forma de fascio littorio, el haz de lictores del régimen fascista, uno de los monumentos coloniales más extraños que quedan en África. Sigue en pie, ya fuera de servicio.
Un detalle geográfico que suele confundirse: aunque el cabo Guardafui —Ras Asir en somalí— es el vértice del Cuerno y el símbolo del fin del continente, el punto más oriental del África continental es en rigor Ras Hafun, un poco más al sur. Enfrente, al norte, se abre el canal de Guardafui y la isla de Socotra, que pertenece a Yemen.
El noreste tuvo durante siglos su propio Estado. El Sultanato Majeerteen, del subclán majeerteen de la familia darod, controlaba la punta del Cuerno y una franja de costa enorme sobre el golfo de Adén y el Índico. Vivía del incienso y las gomas, del ganado, de la pesca y de los derechos de salvataje de los naufragios.
Su época dorada fue el largo reinado del boqor (rey) Osman Mahamuud, entre 1860 y 1927. Bajo su gobierno el sultanato tuvo burocracia, nobleza titulada, bandera propia y ejército permanente, y firmó tratados con potencias extranjeras como un Estado más. Más al sur, en 1878, un pariente y rival, Yusuf Ali Kenadid, fundó el Sultanato de Hobyo, con el que los majeerteen mantuvieron una relación tirante durante décadas.
El 7 de abril de 1889, Osman Mahamuud firmó con Italia un tratado de protectorado que, sobre el papel, le conservaba la administración interna a cambio de la cobertura italiana frente a otras potencias. Hobyo había firmado uno similar poco antes. Durante treinta y cinco años, la Somalia italiana del norte fue en la práctica un protectorado nominal sobre dos sultanatos que seguían gobernándose solos.
Esa herencia importa para entender el presente. Cuando en 1998 se creó el Estado de Puntlandia, el nombre elegido remitía a la antigua tierra de Punt, pero la referencia política real era esta: la memoria de un noreste que siempre tuvo Estado propio dentro de una unidad mayor.
El protectorado nominal terminó con el fascismo. En 1923 llegó como gobernador de la Somalia Italiana Cesare Maria De Vecchi, uno de los cuadrunviros de la Marcha sobre Roma, con la orden explícita de convertir los tratados en dominio efectivo. Su primera medida fue exigir el desarme de los sultanatos del norte.
Hobyo cayó primero, en 1925, aunque su gobernador depuesto Omar Samatar lanzó una rebelión que llegó a retomar El Buur y a poner en aprietos a los italianos durante meses. Los majeerteen resistieron más. Osman Mahamuud rechazó el ultimátum y la campaña se prolongó casi tres años, con bombardeos navales de los puertos de la costa, incluidos Bosaso y Hafun.
La resistencia final la condujo Hersi Boqor, hijo del sultán, hasta que fue derrotado y se exilió en Etiopía a fines de 1927. Recién entonces, casi cuarenta años después del primer tratado, Italia controló realmente el noreste. Ese es también el momento en que el régimen empezó las obras que dejaron huella material en la región: el faro de Guardafui, las salinas de Hafun —que llegaron a ser de las mayores del Índico— y las carreteras costeras.
Es una historia poco contada fuera de Somalia y explica por qué la ocupación colonial italiana efectiva en el norte duró apenas quince años, hasta la Segunda Guerra Mundial.
Cuando el Estado somalí colapsó en 1991, el noreste quedó relativamente al margen de la guerra de milicias del sur. Durante siete años funcionó con administraciones locales y con el Frente Democrático de Salvación Somalí, y en 1998 los clanes darod de la región convocaron una conferencia constitucional en Garowe.
De esa conferencia salió, en agosto de 1998, el Estado de Puntlandia, con Abdullahi Yusuf Ahmed como primer presidente —el mismo que en 2004 sería presidente del gobierno federal de transición de toda Somalia— y con Garowe como capital administrativa. Ocupa alrededor de un tercio del territorio somalí, unos 212.000 kilómetros cuadrados, con una población estimada en más de cuatro millones de personas.
La diferencia clave con Somalilandia es de proyecto, no de grado de autonomía. Somalilandia se declaró Estado independiente y busca reconocimiento internacional; Puntlandia se declaró explícitamente parte de una Somalia federal y nunca pidió reconocimiento como país. De hecho, Puntlandia fue el impulsor original del federalismo somalí, y en 2012 se integró como Estado federado.
Eso no significa que la relación con Mogadiscio sea buena. En marzo de 2024, Puntlandia retiró su reconocimiento al gobierno federal en protesta por la reforma constitucional aprobada sin consenso y declaró que ejercería "los poderes de un Estado independiente" hasta que se acordara una nueva constitución por referéndum. Y con Somalilandia mantiene un conflicto territorial abierto por las regiones de Sool, Sanaag y Ayn: las dos las reclaman, y desde 2023 buena parte de esa zona está bajo la administración SSC-Khatumo, que Mogadiscio reconoció en octubre de ese año y que Puntlandia rechaza.
Entre 2005 y 2012, la costa de Puntlandia y del centro de Somalia fue el epicentro de la piratería marítima más rentable del mundo. El fenómeno arrancó a fines de los noventa entre pescadores de la costa que se organizaron —se llamaban a sí mismos "guardacostas del pueblo"— contra los buques factoría extranjeros que arrasaban sus caladeros aprovechando que no había Estado ni marina que los controlara. Muy rápido, sin embargo, se transformó en un negocio de secuestro y rescate financiado por inversores urbanos.
Los números fueron enormes. Según la Oficina Marítima Internacional (IMB), en 2008 hubo 111 ataques y 42 secuestros consumados, y se estima que ese año los piratas cobraron alrededor de 80 millones de dólares en rescates. El pico de intentos fue 2011, con 237 ataques y 28 secuestros exitosos. Los puertos de Eyl, en Puntlandia, y Hobyo, más al sur, se hicieron famosos como bases pirata, con economías locales enteras montadas sobre el negocio.
La respuesta internacional fue una de las mayores operaciones navales multinacionales de la historia reciente: la Operación Atalanta de la Unión Europea desde 2008, la Fuerza Combinada 151, y despliegues de Estados Unidos, China, India, Rusia y Japón, además de guardias armados privados a bordo y corredores de tránsito protegidos. Los ataques cayeron de 237 en 2011 a 75 en 2012, y en 2013 hubo nueve ataques y ningún secuestro exitoso.
La piratería no desapareció del todo: en 2023 y 2024 hubo un repunte —los secuestros del granelero Ruen y del MV Abdullah— asociado a la distracción de las flotas internacionales por la crisis del mar Rojo. Y el problema de fondo, la pesca ilegal extranjera en aguas somalíes, nunca se resolvió.
Bosaso —antes Bandar Qasim, por un comerciante del siglo XIV— es el puerto que sostiene a toda la región. Exporta ganado en pie (camellos, cabras, ovejas, vacunos) hacia Arabia Saudita, los Emiratos y Yemen, además de pescado, incienso y gomas, y por ahí entra prácticamente todo lo que se consume en el noreste. Las cifras de población son muy dispares: unos 235.000 habitantes urbanos según estimaciones de 2015, hasta alrededor de 700.000 según cálculos de 2020 que incluyen a los desplazados.
El crecimiento explosivo de Bosaso desde 1991 tiene dos motores. Uno es la llegada masiva de desplazados del sur del país. El otro, más incómodo, es su papel como cabecera de la ruta migratoria hacia Yemen y el Golfo: decenas de miles de personas —somalíes, etíopes, eritreos— han cruzado el golfo de Adén desde estas playas en embarcaciones de contrabandistas, con una cifra de muertos que las agencias de la ONU llevan años documentando. En 2017 el operador emiratí P&O Ports firmó una concesión para modernizar el puerto.
Garowe, en cambio, es una ciudad hecha a propósito para gobernar. Elegida capital administrativa de Puntlandia en 1998 por su posición central y por ser terreno relativamente neutral entre subclanes, creció alrededor de la administración, el parlamento regional, la universidad y las agencias internacionales. Es tranquila, chata y funcional, y sirve de base para moverse hacia la costa.
La seguridad en Puntlandia es notoriamente mejor que en el sur, pero no es uniforme: en las montañas de Bari opera desde 2015 una facción somalí del Estado Islámico, y Al Shabaab mantiene presencia en la zona de Galgala. Las autoridades de Puntlandia lanzaron ofensivas contra ambos grupos, con avances reivindicados en 2024 y 2025.
Casi todo el territorio somalí es semidesierto de pastoreo. La excepción está acá: la franja entre el río Shabelle y el río Juba, los dos únicos cursos de agua permanentes del país, ambos nacidos en el altiplano etíope. En esa cuña —el doonka, en somalí— se cultiva sorgo, maíz, sésamo, poroto y, desde la época italiana, bananas y caña de azúcar.
La agricultura tiene raíces antiguas. El Sultanato de Ajuran, que dominó el sur desde el siglo XIII, construyó represas y canales de riego —los kelliyo— sobre los dos ríos y pozos de piedra caliza en las rutas de pastoreo del interior; parte de esa infraestructura siguió funcionando hasta el siglo XX. La región de Bay, en torno a Baidoa, es el granero histórico de Somalia.
Esa riqueza relativa es también la explicación de la tragedia. Cuando el Estado colapsó en 1991, las milicias se pelearon precisamente por las tierras fértiles y por las cosechas, y los pequeños agricultores del sur —que a diferencia de los grandes clanes nómades no tenían milicias propias— quedaron en el peor lugar posible. La hambruna de 1992 y la de 2011 golpearon con especial dureza justamente en las zonas donde se produce la comida.
Frente a la costa de Jubalandia, entre Kismayo y la frontera con Kenia, se extiende el archipiélago Bajuni: una cadena de islas bajas de arena, matorral y arrecife —Chula, Chovaye, Koyama, Ngumi y otras— que forma el confín septentrional del mundo swahili.
Sus habitantes, los bajuni, son un pueblo bantú de pescadores y constructores de barcos con ascendencia mixta: costeros swahili, somalíes del continente y aportes árabes, persas e indonesios. Hablan kibajuni, un dialecto del suajili, son musulmanes de rito shafií y conservan una tradición oral riquísima de poesía, canciones y proverbios que preserva memorias anteriores al siglo XVI. Vivían de la pesca, de la recolección de tortugas y conchas, del comercio de cabotaje en dhows y de pequeñas huertas de cocoteros.
Su historia es de repliegue. La invasión oromo del siglo XVI empujó a muchos bajuni hacia el sur, hacia lo que hoy es Kenia; desde los años sesenta, la presión en el continente los fue llevando a las islas exteriores. La guerra civil de los años noventa fue devastadora: como comunidad minoritaria y sin protección clánica, sufrieron saqueos y expulsiones, y decenas de miles terminaron en campos de refugiados en Kenia. Los cálculos actuales hablan de unos 112.000 bajuni en total, la gran mayoría ya en Kenia y unos 20.500 en Somalia.
Las islas siguen siendo de una belleza casi intacta —arena blanca, arrecifes, aves marinas— y también de las zonas de acceso más delicado de todo el país, entre la inseguridad, la falta absoluta de infraestructura y la pesca ilegal extranjera que arrasó los caladeros.
Kismayo empezó como una pequeña aldea de pescadores y creció como puerto bajo el Sultanato de Ajuran. En el siglo XIX quedó bajo la órbita del Sultanato de Zanzíbar, y en 1886 pasó a la esfera británica junto con toda la región del bajo Juba, que Londres administró como parte del África Oriental Británica con el nombre de Jubalandia.
Después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña decidió pagarle a Italia el apoyo prestado en el conflicto con territorio ajeno. En 1924-25 cedió Kismayo y la mitad norte de Jubalandia, que los italianos llamaron Oltre Giuba y administraron brevemente como colonia separada antes de incorporarla formalmente a la Somalia Italiana el 30 de junio de 1926. La mitad sur quedó en Kenia y es hoy el condado de Garissa y alrededores: por eso hay tantos somalíes del otro lado de la frontera, y por eso una de las cinco puntas de la estrella de la bandera somalí representa el norte keniano.
Durante la guerra civil, Kismayo fue una de las plazas más disputadas del país por su puerto y por el negocio del carbón vegetal, que se exportaba en enormes cantidades al Golfo con un costo ambiental brutal para los bosques de acacia del interior. Al Shabaab la controló entre 2008 y 2012 y la usó como su principal fuente de financiamiento.
En septiembre y octubre de 2012, una ofensiva conjunta del ejército somalí, la milicia Ras Kamboni y las Fuerzas de Defensa de Kenia bajo bandera de la Unión Africana la recuperó. En 2013 se creó la Administración Provisional del Juba, que en 2015 se consolidó como Estado de Jubalandia, con Ahmed Mohamed Islam "Madobe" como presidente y Kismayo como capital. La relación de Jubalandia con el gobierno federal de Mogadiscio ha sido conflictiva casi todo el tiempo, con crisis abiertas en 2019-2020 y en 2024-2025.
Baidoa, a unos 250 kilómetros al noroeste de Mogadiscio, es la capital de la región de Bay y el corazón de un país dentro del país. Aquí viven los Rahanweyn —también llamados Digil y Mirifle—, una de las cinco grandes familias de clanes somalíes, y con una particularidad importante: son mayoritariamente agricultores sedentarios y agropastores, no nómades de camellos.
Hablan además una variedad lingüística propia, el maay, tan distinta del somalí estándar (el maxaa tiri, que es lo que se enseña y lo que se escribe desde 1972) que muchos lingüistas la consideran directamente otra lengua y no un dialecto. La estandarización lingüística del régimen de Barre, que fue un enorme avance nacional, tuvo también este costo: dejó al maay fuera de la escuela y de la administración.
Esa doble diferencia —económica y lingüística— se tradujo en marginación política. Los Rahanweyn quedaron históricamente subrepresentados en el reparto del poder, y cuando en 2012 se institucionalizó la fórmula "4.5" del Estado federal se les asignó uno de los cuatro lugares principales, en parte como corrección de esa historia.
La ciudad fue fundada en época medieval, prosperó como nudo comercial bajo el Sultanato de Geledi y fue ocupada por los italianos en julio de 1913. Hoy es la segunda ciudad más poblada del país: las estimaciones de 2025 hablan de alrededor de 1,2 millones de personas contando a los desplazados internos, contra 370.000 que registraba el PNUD en 2005. Esa diferencia es, en sí misma, un dato sobre lo que pasó en el interior somalí.
Baidoa cargó durante años con un apodo terrible que le pusieron los periodistas extranjeros en 1992: "la ciudad de la muerte". La hambruna de aquel año, provocada menos por la sequía que por el saqueo sistemático de las cosechas y el bloqueo de la ayuda por parte de las milicias, tuvo su epicentro en el triángulo Baidoa-Bardhere-Hoddur. Las estimaciones más citadas para el conjunto del sur somalí hablan de entre 200.000 y 300.000 muertos en 1991-1992. Fueron las imágenes de Baidoa las que empujaron a Naciones Unidas y a Estados Unidos a intervenir.
Diecinueve años después volvió a pasar. El 20 de julio de 2011, Naciones Unidas declaró oficialmente la hambruna en dos regiones del sur, Bajo Shabelle y Bakool: era la primera vez en casi treinta años que se usaba esa palabra en el sentido técnico. Las estimaciones que circularon sobre la cifra final van de 50.000 a 260.000 muertos; el estudio más citado, encargado por la FAO y FEWS NET y publicado en 2013, calculó alrededor de 258.000 muertos entre octubre de 2010 y abril de 2012, de los cuales aproximadamente la mitad eran chicos menores de cinco años.
La responsabilidad estuvo repartida y conviene decirlo con precisión. Al Shabaab, que controlaba entonces buena parte del sur, había expulsado a varias agencias humanitarias y restringía severamente el acceso de la ayuda. Del otro lado, la legislación antiterrorista estadounidense y el miedo de las ONG a ser sancionadas por operar en zonas del grupo redujeron drásticamente el flujo de asistencia: el gasto estadounidense en ayuda a Somalia cayó de 150 a 13 millones de dólares. Los informes posteriores de evaluación humanitaria señalaron que el sistema internacional reaccionó tarde pese a las alertas tempranas.
La sequía extrema de 2021-2023, la peor en cuatro décadas, volvió a poner a Bay entre las regiones más golpeadas y llenó Baidoa de campamentos de desplazados. Esta vez no se declaró hambruna formal, pero los organismos humanitarios estimaron decenas de miles de muertes en exceso.
El sur profundo fue el terreno donde Al Shabaab se hizo fuerte y donde sigue siéndolo. Baidoa fue sede del parlamento federal de transición entre 2005 y 2006 —el gobierno no podía instalarse en Mogadiscio— hasta que la Unión de Cortes Islámicas la tomó, y en diciembre de 2006 el ejército etíope la recuperó abriendo la campaña que desalojó a las cortes de todo el sur.
Aquella invasión, apoyada por Estados Unidos, es el hecho que transformó a Al Shabaab de milicia juvenil marginal en movimiento de resistencia con base social. Entre 2007-2008 y 2012 el grupo controló Baidoa, y hasta 2012 y 2014 respectivamente Kismayo y Barawa. Tropas etíopes recuperaron Baidoa en febrero de 2012.
Sobre ese mapa se construyó la actual arquitectura federal. En 2014 se creó el Estado del Sudoeste, que agrupa las regiones de Bay, Bakool y Bajo Shabelle, con capital formal en Barawa aunque la administración funciona de hecho en Baidoa. Jubalandia se organizó por su lado desde Kismayo. Los dos son Estados federados con ejércitos propios, presupuestos propios y relaciones tirantes con Mogadiscio.
Hoy el control efectivo está fragmentado: las ciudades y los corredores principales están en manos del gobierno y de las fuerzas de la Unión Africana, y buena parte del campo, de los caminos entre ciudades y de la recaudación de impuestos informales sigue en manos de Al Shabaab. Por eso viajar por tierra entre Mogadiscio, Baidoa y Kismayo es, en la práctica, imposible para un extranjero: se vuela, o no se va.
Antes de que existiera Mogadiscio existía el fondeadero. El "Periplo del mar Eritreo", el manual griego de navegación del siglo I d.C., menciona en esta franja de costa un puerto llamado Sarapion, que la mayoría de los investigadores ubica en la zona de la actual capital. Era una de las escalas de la ruta que unía el mar Rojo con la India, y por ahí salían marfil, incienso, caparazones de tortuga y esclavos, y entraban telas, hierro y cerámica.
La geografía explica el asentamiento. Banaadir —el nombre viene del persa bandar, "puerto"— es una franja llana de dunas y arena con muy poca protección natural, pero está justo donde el monzón del noreste deja a los barcos que bajan de Arabia y del golfo Pérsico. La ciudad creció sin bahía y sin río, apoyada en pozos de agua salobre y en el comercio.
Esa dependencia total del mar marcó el carácter de la ciudad: cosmopolita, mercantil, orientada hacia afuera. Mogadiscio siempre estuvo más conectada con Adén, Mascate o Guyarat que con el interior somalí a doscientos kilómetros de distancia, y esa tensión entre el puerto y el interior nómade recorre toda su historia.
Entre los siglos XII y XV, Mogadiscio fue una potencia comercial. El Sultanato de Mogadiscio acuñó su propia moneda, mantuvo relaciones con Adén, Ormuz y Guyarat, y acabó integrándose al gran Sultanato de Ajuran. El viajero marroquí Ibn Battuta desembarcó aquí en 1331 y la describió como "una ciudad enormemente grande", con un sultán que hablaba somalí y árabe, con jueces y jeques a su alrededor, y con una hospitalidad ritualizada: a los mercaderes recién llegados se les asignaba un anfitrión local que se ocupaba de sus negocios.
La ciudad era famosa por sus tejidos. Las telas de algodón producidas acá se exportaban con el nombre de la ciudad —maqdishu— hasta Egipto y el golfo, y eran uno de los rubros industriales más importantes de la costa oriental africana. Se importaban a cambio sedas, porcelana china, especias y perlas.
La flota Ming del almirante Zheng He tocó Mogadiscio en el siglo XV: los registros chinos hablan de embajadas somalíes que llegaron a la corte imperial y de animales africanos —jirafas, cebras— que causaron sensación en Pekín. Los restos arqueológicos de esa era —fragmentos de porcelana Song y Ming en las playas, las mezquitas de piedra de coral— siguen apareciendo entre los escombros de la guerra.
El casco histórico de Mogadiscio son dos barrios vecinos y rivales: Hamar Weyne ("la ciudad grande") y Shangani, sobre la costa. Son un ejemplo clásico de "stone town" del Índico: casas de bloques de coral y argamasa de cal, patios interiores, celosías de madera, puertas talladas y callejones tan estrechos que dan sombra todo el día.
Ahí están las mezquitas más antiguas del país. La mezquita Arba'a Rukun conserva en el mihrab una inscripción fechada en 667 de la hégira —1268 o 1269— que nombra a su fundador, Khusra ibn Mubarak al-Shirazi. La mezquita de Fakr ad-Din, del mismo año, lleva el nombre del primer sultán de Mogadiscio. Un poco más allá, sobre la punta de Shangani, está el viejo faro del puerto, construido en época italiana sobre una torre anterior.
Los dos barrios funcionaban históricamente como confederaciones distintas, con sus propias familias mercantes, sus mezquitas y hasta sus rivalidades ritualizadas. La población de Hamar Weyne, los reer Hamar o benadiri, es un grupo urbano de origen mixto —somalí, árabe, persa, indio— con dialecto y costumbres propias, y fue una de las comunidades más golpeadas por los saqueos de las milicias en 1991-92 precisamente por ser comerciante y no tener milicia clánica propia que la defendiera.
La guerra pasó por encima de todo esto. Muchos edificios cayeron, otros quedaron ocupados por familias desplazadas, y el patrimonio se fue perdiendo también por la reconstrucción sin control. Hoy Hamar Weyne vuelve a ser un mercado bullicioso y es lo más parecido a un centro histórico que le queda a la capital.
Italia se instaló primero como arrendataria: en 1892 el sultán de Zanzíbar le cedió en concesión los puertos de Banaadir y en 1905 se los vendió. Ese mismo año Mogadiscio pasó a ser la capital de la Somalia Italiana, y en las tres décadas siguientes le construyeron encima una ciudad europea.
El monumento más ambicioso fue la catedral. Se levantó entre 1923 y 1928 con diseño del arquitecto Antonio Vandone, en estilo neonormando, copiada de la catedral de Cefalù en Sicilia: planta de cruz latina, tres naves y dos torres de 37,5 metros. La impulsó el gobernador fascista Cesare Maria De Vecchi y fue durante décadas la iglesia más grande de África oriental. Alrededor aparecieron el Arco de Triunfo a Umberto I, el teatro nacional, el mercado, las villas con galerías y la avenida costera con su playa: el Lido, que todavía se llama así.
El final de esa Mogadiscio fue tan violento como el resto. El último obispo, Salvatore Colombo, fue asesinado a tiros dentro de la catedral en 1989 —el crimen nunca se esclareció— y el templo fue saqueado y arrasado en 1991. En 2008 se destruyó buena parte de lo que quedaba; en 2012 todavía se mantenían en pie los muros y algunos arcos. La diócesis anunció en 2013 un plan de restauración que hasta 2023 no había comenzado.
La playa de Lido siguió su propio camino. Después de la retirada de Al Shabaab en 2011 volvió a llenarse los viernes de familias, cafés y partidos de fútbol, y se convirtió en el símbolo más citado de la normalidad frágil de la capital. También fue blanco de atentados —el más grave en enero de 2016 contra un restaurante de la costanera—, lo que resume bastante bien la vida de la ciudad.
Cuando Siad Barre huyó el 26 de enero de 1991, la milicia que lo había echado —el Congreso Somalí Unido— se partió en dos y convirtió a Mogadiscio en un campo de batalla. Los partidarios del empresario Ali Mahdi Muhammad quedaron al norte y los del general Mohamed Farah Aidid al sur, separados por una franja de destrucción que se llamó "la línea verde". El puerto, el aeropuerto y los depósitos de comida pasaron a ser objetivos militares.
La hambruna que siguió, sobre todo entre 1991 y 1992, se llevó según las estimaciones más citadas entre 200.000 y 300.000 vidas en el sur del país. La comunidad internacional respondió con UNOSOM I y, desde diciembre de 1992, con la UNITAF liderada por Estados Unidos, que desplegó unos 37.000 soldados para escoltar la ayuda.
La misión se transformó en una persecución del general Aidid. El 3 de octubre de 1993, una operación de fuerzas especiales estadounidenses para capturar a colaboradores suyos en el mercado de Bakara terminó con dos helicópteros Black Hawk derribados y una batalla urbana de casi veinticuatro horas. Murieron 18 soldados estadounidenses y las estimaciones de muertos somalíes van de varios cientos a más de mil. Las imágenes de los cuerpos arrastrados por la calle cambiaron la política exterior de Washington y de la ONU durante años, con consecuencias que llegaron hasta Ruanda.
Las tropas internacionales se retiraron por completo en marzo de 1995. Mogadiscio quedó dieciséis años más en manos de milicias, tribunales islámicos, ocupación etíope y Al Shabaab, que se retiró de la ciudad en agosto de 2011 tras la ofensiva de la misión de la Unión Africana.
Desde 2011, Mogadiscio vive un proceso de reconstrucción tan visible como desparejo. Volvieron decenas de miles de personas de la diáspora con capital y con ideas; se abrieron hoteles, universidades privadas, canales de televisión y restaurantes; el puerto y el aeropuerto internacional Aden Adde volvieron a operar con normalidad y con vuelos regulares a Estambul, Nairobi, Yibuti y el Golfo. Según los recuentos citados por la prensa y los estudios urbanos, entre 2020 y 2025 se levantaron más de 6.000 edificios nuevos en la ciudad.
Ese boom tiene su cara oscura. El crecimiento es en buena medida especulativo, la propiedad de la tierra es un caos jurídico después de treinta años sin catastro, y la construcción avanzó por encima del patrimonio del casco antiguo. La ciudad además creció con cientos de miles de desplazados internos que viven en campamentos precarios en la periferia, expulsados por la sequía y por el conflicto del interior.
Y la seguridad sigue siendo el problema central. Al Shabaab ya no controla barrios, pero mantiene una capacidad de atentado que golpea de manera regular hoteles, restaurantes y edificios oficiales. El caso extremo fue el camión bomba del 14 de octubre de 2017 en el cruce de Zoobe, con más de 500 muertos, el atentado más letal de la historia del país. La ciudad convive con muros de hormigón, controles y "zonas verdes" fortificadas.
Para el viajero, todo esto se traduce en una sola conclusión práctica: Mogadiscio es fascinante e imprescindible para entender Somalia, y es también uno de los destinos de mayor riesgo del planeta. Se visita, cuando se visita, con operador local, alojamiento fortificado y escolta armada, y esa no es una recomendación decorativa.
Laas Geel está a unos 50 kilómetros de Hargeisa, sobre un afloramiento de granito en la confluencia de dos cauces secos. Son diez abrigos con paneles pintados en rojo, blanco, ocre y negro: vacas de cuernos larguísimos con collares y mantos ceremoniales, pastores con los brazos alzados en actitud de adoración, perros, una jirafa. El estilo, que los arqueólogos llaman "etíope-árabe", se repite en otros sitios de la región como Dhambalin y Karinhegane.
La misión arqueológica francesa dirigida por Xavier Gutherz lo documentó entre noviembre y diciembre de 2002, durante una prospección en la que buscaban yacimientos neolíticos. Los pastores de la zona lo conocían desde siempre y evitaban acampar bajo los abrigos: contaban que estaban habitados por espíritus. Las dataciones sitúan las pinturas entre 5.500 y 4.500 años de antigüedad, lo que convierte a Laas Geel en uno de los testimonios más tempranos de ganadería doméstica en el Cuerno de África, y en uno de los conjuntos mejor conservados del continente: el saliente de granito lo protegió de la lluvia directa.
Y sin embargo no está en la Lista del Patrimonio Mundial. La razón es política, no arqueológica. Solo los Estados parte de la Convención de 1972 pueden proponer sitios, y solo dentro de su territorio soberano. Somaliland no está reconocida internacionalmente y por lo tanto no puede presentar una candidatura; Somalia, que sí ratificó la Convención en 2020 —fue el último país africano en hacerlo, el Estado parte número 194— no controla el territorio ni el sitio. El resultado es un vacío: Laas Geel queda fuera del sistema internacional de protección y del financiamiento técnico que lo acompañaría. Pocos especialistas dudan de que, sin ese problema, ya sería Patrimonio de la Humanidad.
La protección real es local. Hay una casilla de guardaparques, se cobra entrada, hace falta un permiso del Ministerio de Turismo de Somalilandia que se saca en Hargeisa y se llega con vehículo propio. No hay vallas ni pasarelas: se camina entre los abrigos a un metro de pinturas de cinco mil años, algo que en cualquier otro sitio comparable del mundo sería impensable.
El interior de lo que hoy es Somalilandia estuvo organizado desde mediados del siglo XVIII por el Sultanato Isaaq, fundado según la tradición por el sultán Guled Abdi, con centro en Toon y luego en Berbera. Era un Estado de base pastoril y comercial: controlaba las rutas de caravanas que bajaban desde Harar y el altiplano etíope hacia los puertos del golfo de Adén.
Gran Bretaña llegó por razones logísticas más que territoriales. Tras ocupar Adén en 1839, necesitaba un proveedor estable de carne y ganado para la guarnición, y entre 1884 y 1886 firmó una serie de tratados de protección con los clanes del norte —isaaq, gadabuursi, issa, warsangali, dhulbahante— que dieron origen a la Somalilandia Británica. El acuerdo era mínimo: Londres se comprometía a proteger y a no interferir, y a cambio obtenía exclusividad comercial y el uso de los puertos.
Esa lógica de administración barata definió el protectorado durante setenta años. Los británicos gobernaron con una burocracia diminuta desde Berbera y, a partir de 1941, desde Hargeisa; casi no invirtieron en infraestructura, agricultura ni industria; el propio Foreign Office lo describía como un territorio de tránsito. Las escuelas fueron pocas y tardías, y la primera secundaria seria, la de Sheikh, abrió recién en 1958.
Ese contraste con la Somalia italiana —que tuvo plantaciones, carreteras, una capital monumental y, en los años cincuenta, un plan de la ONU con financiamiento para preparar la independencia— es una de las claves de lo que pasaría después de 1960: dos territorios con administraciones, idiomas coloniales, sistemas legales y niveles de burocratización completamente distintos, unificados en cinco días.
Hargeisa nació como una parada de agua. En la segunda mitad del siglo XIX, el jeque Madar, de la orden sufí qadiriyya, fundó aquí un asentamiento religioso y agrícola junto al cauce del río Hargeisa, en una de las escalas del camino de las caravanas hacia Harar. En 1901 tenía apenas unos mil habitantes.
Su ascenso fue administrativo. Al estar en el interior alto, con clima más fresco y agua, resultaba más habitable que Berbera, y en 1941, tras la reconquista británica del protectorado ocupado por Italia, la capital se trasladó ahí. Desde entonces creció sin parar: es la ciudad más grande del norte y hoy las estimaciones —no hay censo— la ubican por encima del millón de habitantes.
La Hargeisa actual está construida literalmente sobre sus ruinas. El bombardeo de 1988 destruyó, según la embajada estadounidense de la época, alrededor del 70 % de la ciudad, y otras estimaciones llegan al 90 %. Se reconstruyó sin ayuda internacional prácticamente: con capital de comerciantes locales y, sobre todo, con remesas de la diáspora, que siguen siendo hoy uno de los pilares de la economía. El sistema de transferencias informales somalí, la hawala, movió ese dinero cuando no había bancos ni Estado.
Dos escenas resumen la ciudad. Una es el mercado de cambistas del centro, donde montañas de fajos de chelines somalilandeses se apilan sobre carretillas al aire libre —la inflación hizo que el billete de mayor valor equivalga a monedas—, y donde nadie roba: el control social es el sistema de seguridad. La otra es el mercado de ganado a las afueras, uno de los mayores del Cuerno, donde se venden los camellos y cabras que después salen por Berbera hacia Arabia. Desde 2008 la ciudad tiene además la Feria Internacional del Libro de Hargeisa, que cada verano llena teatros y patios de poetas, escritores de la diáspora y público joven, y que se convirtió en el evento cultural más importante de la región.
El 31 de mayo de 1988, el Movimiento Nacional Somalí (SNM) atacó Hargeisa, cuatro días después de haber tomado Burao. La respuesta del gobierno de Siad Barre fue arrasar las dos ciudades. Al tercer día de combates empezó el bombardeo de artillería a corta distancia, acompañado de ataques aéreos: los cazas de la fuerza aérea somalí despegaban del aeropuerto de la propia Hargeisa, giraban y bombardeaban la ciudad, una y otra vez, en vuelos de pocos minutos. Varios de los pilotos eran mercenarios extranjeros contratados por el régimen.
Las cifras están discutidas y deben atribuirse. La bibliografía sobre el llamado genocidio isaaq da un rango de 50.000 a 200.000 muertos civiles para el conjunto de la campaña del norte entre 1987 y 1989; para Hargeisa en particular se cita habitualmente la cifra de unos 50.000. Alrededor de 500.000 personas cruzaron la frontera hacia Etiopía —ACNUR lo describió como uno de los desplazamientos forzados más rápidos y masivos registrados en África— y otras 400.000 quedaron desplazadas dentro del país. Africa Watch (hoy Human Rights Watch) y Amnistía Internacional documentaron masacres, ejecuciones sumarias y detenciones masivas. El general Mohammed Said Hersi "Morgan", yerno de Barre y gobernador militar del norte, había redactado meses antes un memorando interno, conocido como la "Carta de la Muerte", que proponía una campaña de aniquilación contra los isaaq. En 2001, el jurista Chris Mburu, en una investigación encargada por Naciones Unidas, concluyó que el crimen de genocidio había sido concebido, planificado y perpetrado por el Gobierno somalí contra ese pueblo.
Desde 2012 se exhumaron fosas comunes en las afueras de Hargeisa, con centenares de restos, muchos con las manos atadas. El trabajo forense sigue.
El monumento central de la ciudad es un avión. En la Plaza de la Libertad, sobre un pedestal cubierto de murales que muestran casas ardiendo, cuerpos mutilados y ejecuciones, se levanta un MiG-17 de la fuerza aérea somalí, derribado durante los bombardeos y recuperado por los rebeldes. Debajo, un fresco muestra a una mujer con la bandera de Somalilandia mirando al cielo. Es el símbolo más elocuente del país: la ciudad exhibe el avión que la bombardeó.
El aparato estatal de Somalilandia no se construyó con ayuda internacional ni con misiones de paz: se armó en una serie de conferencias de clanes, bajo árboles y en galpones, entre 1991 y 1997.
La secuencia empezó con encuentros preliminares en Oog y Berbera en febrero de 1991, en los que se acordaron altos el fuego entre los clanes que habían peleado del lado del SNM y los que habían quedado del lado del gobierno. La gran conferencia de Burao, en mayo de 1991, terminó con la declaración del 18 de mayo: la restauración de la independencia del territorio de la ex Somalilandia Británica. Abdirahman Ahmed Ali "Tuur" fue el primer presidente.
Los primeros años fueron difíciles: hubo dos conflictos internos serios, en 1992 en Berbera y entre 1994 y 1996 en torno a Hargeisa y Burao. Se resolvieron negociando. La conferencia de Borama, entre enero y mayo de 1993, con 150 delegados y varios meses de deliberación, produjo la arquitectura que todavía rige: una Carta Nacional, un sistema llamado beel que integra a los ancianos de clanes en las instituciones formales, y una cámara alta de ancianos, el Guurti, junto a una cámara baja electa. De ahí salió también el segundo presidente, Muhammad Haji Ibrahim Egal, exprimer ministro de Somalia en 1967-69.
A partir de ahí se sucedieron los atributos de Estado: moneda propia en 1994 (el chelín somalilandés), pasaporte en 1996 —biométrico desde 2014—, una constitución ratificada por referéndum el 31 de mayo de 2001 con el 97,1 % de los votos según los resultados oficiales, y elecciones. Las presidenciales de 2003 las ganó Dahir Riyale Kahin por 80 votos de diferencia sobre Ahmed Silanyo, y la oposición aceptó el resultado; en 2010 Silanyo ganó y Riyale entregó el poder; en 2017 ganó Muse Bihi; y en noviembre de 2024, Abdirahman Mohamed Abdullahi "Cirro", de la oposición, derrotó al oficialismo y asumió sin sobresaltos. Cuatro traspasos pacíficos del poder entre rivales en veinte años es un récord que ningún país vecino puede exhibir, y es el principal argumento con el que Hargeisa reclama reconocimiento.
Sheikh está a unos 65 kilómetros al sur de Berbera, arriba de la escarpa que separa la meseta interior de la llanura costera. Se llega por uno de los caminos más espectaculares del Cuerno: la ruta serpentea entre paredones y en poco más de veinte kilómetros baja casi 1.500 metros hasta el calor del golfo de Adén. El pueblo es fresco, verde en la temporada de lluvias, y conserva edificios de la administración británica en pie.
El motivo de su fama es una escuela. La Sheikh Secondary School abrió en 1958 y fue, hasta 1989, la institución educativa más prestigiosa del país: admitía apenas 50 alumnos por año, seleccionados por examen en todo el protectorado, y por sus aulas pasó buena parte de la élite política somalí y somalilandesa posterior, incluidos Muhammad Haji Ibrahim Egal y Ali Khalif Galaydh. Ahí también compusieron sus profesores "Soomaaliyeey toosoo" ("Somalíes, despierten"), que sería el himno de Somalia.
La escuela fue destruida en los combates de 1989 y quedó en ruinas durante más de una década. En septiembre de 2002 un matrimonio británico, Dick y Enid Eyeington, se mudó a Sheikh para reconstruirla y reabrirla, y en enero de 2003 volvió a funcionar con 53 alumnos. En octubre de ese mismo año los dos fueron asesinados a tiros en el predio de la escuela: un crimen que conmocionó a Somalilandia, precisamente porque contradecía la imagen de territorio seguro, y que el gobierno persiguió con dureza.
La escuela sobrevivió al golpe y sigue funcionando, hoy bajo el nombre de Pharo Secondary School, con doble currícula somalilandesa e internacional. Es, en pequeño, la historia entera del lugar: un proyecto colonial, una destrucción, una reconstrucción hecha a pulmón y una violencia que aparece cuando menos se la espera.
Durante treinta y cuatro años, Somalilandia funcionó como un Estado sin serlo: gobierno, ejército, policía, moneda, pasaporte, aduana, visado propio y control efectivo de su territorio, pero sin un solo reconocimiento formal de un Estado miembro de la ONU. Varios países mantienen oficinas de representación en Hargeisa y aceptan sus documentos de viaje —entre ellos Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Yibuti, Kenia y Reino Unido, según la información oficial somalilandesa—, pero eso no es reconocimiento.
Los argumentos de las dos partes son conocidos. Hargeisa sostiene que la Somalilandia Británica fue un Estado soberano reconocido entre el 26 de junio y el 1 de julio de 1960, que la unión con la ex Somalia italiana fue voluntaria y nunca se formalizó correctamente en un tratado ratificado por ambos parlamentos, que la constitución de la unión fue rechazada mayoritariamente en el norte en el referéndum de 1961, y que el gobierno con el que se unieron bombardeó después sus ciudades. Mogadiscio responde que la República Somalí fue reconocida durante treinta y un años como un solo Estado, que la Unión Africana consagró como principio la intangibilidad de las fronteras heredadas de la colonización para evitar una cascada de secesiones, y que Somalilandia es una región del país. Un informe de una misión de investigación de la Unión Africana de 2005 llegó a señalar que el caso somalilandés era "único y autojustificado" y no sentaría precedente, pero la organización nunca actuó en consecuencia.
El 26 de diciembre de 2025 la ecuación cambió. Israel reconoció formalmente a Somalilandia como Estado soberano —el primer miembro de la ONU en hacerlo—, en un acuerdo firmado por el primer ministro Benjamin Netanyahu, el canciller Gideon Sa'ar y el presidente somalilandés, presentado en el marco de los Acuerdos de Abraham. El gobierno de Somalia lo calificó de "paso ilegal" y de ataque deliberado a su soberanía y pidió una sesión de urgencia del Consejo de Seguridad, que se reunió a fines de diciembre. Estados Unidos, del que se esperaba un movimiento similar, no lo siguió de inmediato. Hasta mediados de 2026, Israel seguía siendo el único.
El otro frente es regional. En enero de 2024, Etiopía —país sin salida al mar desde 1993— firmó con Hargeisa un memorando de entendimiento para obtener acceso portuario y naval en Berbera a cambio, según la versión somalilandesa, de un futuro reconocimiento; Somalia lo consideró una violación de su soberanía y la crisis diplomática duró todo el año hasta una declaración de distensión firmada en Ankara. Y puertas adentro, el conflicto de Las Anod de 2023 dejó a Somalilandia sin control sobre buena parte de la región de Sool, con entre 154.000 y 203.000 civiles desplazados según la OCHA de Naciones Unidas. La cuestión, en resumen, está más abierta que nunca, y este texto describe posiciones sin tomar partido por ninguna.
El "Periplo del mar Eritreo", escrito por un comerciante griego de Alejandría en el siglo I d.C., recorre esta costa puerto por puerto. Menciona Avalites —que casi todos los investigadores identifican con Zeila— y, más al este, Malao, "un mercado mejor que este, distante una navegación de unos ochocientos estadios", que es Berbera. De ahí salían mirra, incienso, casia, marfil y caparazones de tortuga; entraban tejidos egipcios, vidrio, hierro y vino.
Lo notable es la continuidad. Dos mil años después, Berbera y Zeila siguen siendo los mismos puntos en el mapa, exportando en buena medida los mismos productos: incienso, gomas y sobre todo ganado. El geógrafo Al-Idrisi, en el siglo XII, ya señalaba a Berbera como centro comercial de primera línea en sus mapas.
El motor de todo esto es el altiplano etíope. Esta costa es la salida natural al mar de Harar, de Dire Dawa y de todo el este de Etiopía, y las caravanas de camellos bajaron por los mismos pasos de montaña durante siglos. La geografía económica del norte somalí se explica entera por esa relación: un interior que produce y un litoral que embarca. Y por eso, hoy, el proyecto estratégico más importante de Somalilandia vuelve a ser exactamente el mismo: el corredor que conecta Berbera con Etiopía.
Cuesta creerlo hoy, mirando un pueblo polvoriento de menos de veinte mil habitantes sobre una lengua de arena, pero Zeila fue durante siglos una de las ciudades más importantes del Cuerno de África. Fue puerto del comercio islámico, capital del reino de Adal en los siglos IX y X, y después sede del Sultanato de Ifat. Por acá pasaban incienso, mirra, esclavos, oro, plata y camellos, y también el grueso del comercio del altiplano etíope.
Su monumento más famoso es la Masjid al-Qiblatayn, la "mezquita de las dos qiblas", que tiene dos mihrabs: uno orientado hacia Jerusalén, la dirección de oración de los primeros musulmanes, y otro hacia La Meca. La tradición la data en el siglo VII, lo que la convertiría en una de las mezquitas más antiguas de África, y es la más antigua de la ciudad. Alrededor quedan los restos de otras mezquitas, cementerios con estelas y muros de coral.
Los portugueses la atacaron e incendiaron en 1517 y volvieron en 1528. Después pasó por manos otomanas y egipcias, y hacia 1841 el comerciante Haji Sharmarke Ali Saleh tomó su gobernación y logró concentrar buena parte del comercio regional. En 1888 un acuerdo de límites entre Gran Bretaña y Francia la dejó del lado británico, y ahí empezó su ocaso: la construcción del puerto de Yibuti y del ferrocarril a Adís Abeba, a fines del siglo XIX, se llevó todo el tráfico que la había sostenido durante mil años.
Hoy Zeila es un pueblo remoto de pescadores a pocos kilómetros de la frontera con Yibuti, con ruinas entre las casas, arrecifes de coral frente a la costa, manglares y el archipiélago de las islas Saad ad-Din, donde anidan colonias de aves marinas. Es uno de los sitios arqueológicos más importantes y menos estudiados del Cuerno.
Durante siglos, Berbera fue sede de una de las ferias comerciales más grandes del Índico occidental. Cada año, con el monzón, la ciudad se llenaba: llegaban dhows de Arabia, del golfo Pérsico y de la India, y caravanas del interior etíope, y se armaba un mercado estacional de meses. Las crónicas del siglo XIX describen la población de Berbera hinchándose hasta más de 70.000 personas en temporada, en 1833, para vaciarse después.
El explorador Richard Burton desembarcó acá en 1854 en su expedición a Harar y describió la feria con detalle. Su segundo intento, en abril de 1855, terminó con su campamento atacado en las afueras de Berbera: John Hanning Speke fue herido y Burton recibió una jabalina que le atravesó las dos mejillas y le dejó la cicatriz que aparece en todos sus retratos.
Gran Bretaña ocupó la ciudad en 1884 y la convirtió en capital de la Somalilandia Británica hasta 1941, cuando la sede administrativa se mudó a Hargeisa. Berbera conserva de esa época —y de la anterior, otomana y egipcia— un casco antiguo de casas de piedra de coral con galerías de madera, mezquitas históricas y edificios coloniales, buena parte de ellos dañados por los combates de 1988.
La ciudad también tiene una de las mejores costas del Cuerno para el buceo: arrecifes poco explorados, agua muy caliente —Berbera es uno de los lugares habitados más calurosos del planeta en verano— y playas largas al este de la ciudad.
En el aeropuerto de Berbera hay una pista de 4.140 metros, una de las más largas del continente. No la construyó Somalia: la levantó la Unión Soviética a mediados de los años setenta, como parte del complejo militar que Moscú montó aquí durante su alianza con el régimen de Siad Barre. La base incluía instalaciones portuarias modernas, depósitos de misiles y una estación de comunicaciones, y le daba a la flota soviética una posición de primer orden sobre la entrada del mar Rojo.
Duró poco. Cuando en 1977 Moscú se pasó al bando etíope durante la guerra del Ogadén, Barre expulsó a los soviéticos y ofreció las instalaciones al otro bloque. En 1980, Estados Unidos firmó un acuerdo de acceso con una inversión de unos 40 millones de dólares. Entre 1980 y 1991, según los registros aeronáuticos, la pista de Berbera figuró además en la lista de la NASA de sitios de aterrizaje de emergencia para el transbordador espacial, un dato que suena a leyenda urbana y no lo es. El acuerdo cayó junto con el régimen de Barre.
La historia se repite hoy con otros actores. En 2016 el operador emiratí DP World firmó una concesión de 30 años sobre el puerto de Berbera con una inversión inicial anunciada de 442 millones de dólares; en 2018 Etiopía entró en el consorcio con una participación del 19 %. Se construyó una terminal nueva, una zona económica libre y la carretera del "corredor de Berbera" hacia la frontera etíope, y el aeropuerto se reformó y reabrió al tráfico comercial.
El objetivo declarado es que Berbera compita con Yibuti como salida al mar de Etiopía, que hoy canaliza por ese país más del 90 % de su comercio exterior. En enero de 2024, Adís Abeba y Hargeisa firmaron además un memorando de entendimiento sobre acceso portuario y naval que desató una crisis diplomática con Mogadiscio. Dos mil años después del Periplo, el negocio de Berbera sigue siendo el mismo: ser la puerta del altiplano.
Detrás de la llanura costera, el terreno trepa de golpe. La cordillera de Cal Madow —"la negra", por el color oscuro de sus laderas boscosas— corre paralela al golfo de Adén en la región de Sanaag, y su punto más alto, Shimbiris, roza los 2.500 metros al noroeste de Erigavo. Es el techo del país.
En la ladera que da al mar, entre los 700 y los 2.000 metros, la niebla que sube del golfo alimenta un bosque montano que no debería existir en esta latitud: enebros (Juniperus procera), bojes, acacias, higueras. El más famoso es el bosque de Daallo, que se asoma a un precipicio de más de mil metros sobre la costa. Los relevamientos botánicos calculan alrededor de un millar de especies vegetales en la cordillera, unas 200 de ellas endémicas de este único macizo; una expedición de botánicos de la Universidad de Uppsala en 1995 describió ocho especies nuevas y recomendó declarar el bosque monumento natural.
La fauna acompaña. Acá viven algunos de los endemismos más restringidos del Cuerno: el zorzal somalí (Turdus ludoviciae), el pardillo de Warsangli (Carduelis johannis) —que prácticamente no existe en ningún otro lado— y el antílope beira, además de damanes, hienas y leopardos cada vez más raros. Para los observadores de aves, Cal Madow es uno de los grandes destinos pendientes de África.
De estas montañas y de las laderas de Bari sale, además, el incienso. Los árboles del género Boswellia —sobre todo Boswellia carterii y Boswellia frereana, esta última casi exclusiva del norte somalí— se sangran a cuchillo para que exuden la resina, y las familias que tienen derechos hereditarios sobre determinados árboles suben a cosecharla en temporada. Es el mismo comercio que le vendía a los faraones. Los estudios de campo realizados en Sanaag entre 2010 y 2017 documentaron una sobreexplotación seria: la demanda internacional y los precios se dispararon entre 2010 y 2017 justamente cuando las poblaciones de árboles ya venían cayendo, el sistema tradicional de manejo se debilitó y los cortes se hicieron más profundos y frecuentes de lo que los árboles resisten. A eso se suma la tala para carbón vegetal. Iniciativas comunitarias como Save Cal Madow trabajan desde hace años para revertirlo, con resultados desiguales.
La franja litoral del norte se llama Guban, "la quemada", y el nombre es literal: es una llanura de arena y grava donde en verano se superan cómodamente los 45 grados y donde llueve casi nada. Los pastores de la región bajan a la costa en invierno y suben a la meseta de Ogo en la temporada cálida, un patrón de trashumancia que se mantiene desde hace siglos.
La economía real de esta costa es el ganado. Somalilandia exporta cada año millones de cabezas de ovinos, caprinos, camellos y vacunos por Berbera hacia Arabia Saudita —con un pico enorme en la temporada de la peregrinación a La Meca— y ese rubro representa la mayor parte de sus divisas junto con las remesas de la diáspora. Los vetos sanitarios saudíes de 1998 y 2000-2009 fueron, por eso, crisis nacionales.
La pesca, en cambio, está subexplotada por los somalíes y sobreexplotada por flotas extranjeras. Las aguas del golfo de Adén y del Índico somalí son de las más ricas del océano y durante décadas no hubo Estado capaz de controlarlas: fue uno de los agravios que originaron la piratería más al este.
Y hay una economía sumergida constante: el contrabando entre Yibuti, Somalilandia, Etiopía y Yemen, y el tránsito de personas. Miles de migrantes etíopes y somalíes cruzan cada año el golfo de Adén hacia Yemen desde estas playas, en una de las rutas migratorias marítimas más transitadas y peligrosas del mundo según la Organización Internacional para las Migraciones. Es una costa tranquila para el viajero, con una de las mejores relaciones seguridad-belleza del Cuerno, y al mismo tiempo el borde de un corredor que casi nadie mira.
Casi nada de lo que le pasó a Somalia le pasó solo: estas son las historias de al lado.