Última actualización: octubre de 2026
Me llamo Gustavo Nicolás Ledesma, aunque todo el mundo me dice Gus. Nací en Posadas, Misiones, sobre el río Paraná. Tengo veintinueve años y soy de Piscis.
Este sitio lo escribo yo. No es una redacción ni una agencia: es una persona a la que los aviones y el turismo le tiraron desde chico, y que terminó armando la guía que le hubiera servido a él.
Estaba en cuarto grado cuando la escuela nos llevó a las reducciones jesuíticas de San Ignacio. Para un chico de Posadas queda cerca, una hora de ruta, pero era la primera vez que yo veía algo así: unas ruinas enormes, de piedra colorada, en medio del monte misionero.
Volviendo de ese viaje me quedé hablando con mi maestra de cuarto, Gladis. Le conté dos cosas: que me gustaba viajar y que me gustaban los idiomas. Lo segundo no era una pose —había empezado inglés a los ocho años, en tercer grado, así que para cuarto ya iba por mi segundo año en el instituto.
Ella me contó que tenía un sobrino guía de turismo que trabajaba en las Cataratas del Iguazú. Que hablaba inglés, que hacía mucha propina, y que la propina venía en dólares y en euros. Y después me dijo la frase que me acomodó la vida entera:
Tenés que estudiar turismo.
Yo tenía ocho años. No tenía la menor idea de lo que significaba estudiar turismo: no sabía que existían carreras distintas, ni títulos distintos, ni universidades que lo dieran. Pero me quedó dando vueltas y no se me fue más. Para séptimo grado ya estaba decidido.
Por esa época me enteré de que una escuela privada de Posadas tenía orientación en turismo. Y no hice nada con esa información, porque ni siquiera se me cruzó por la cabeza que fuera una opción.
No era solo una cuestión de plata. Era que estaba directamente fuera de mi manera de pensar. Vengo de un barrio humilde y de una familia humilde: toda mi familia fue a escuela pública, mis primos fueron a escuela pública, yo estaba en la escuela pública de mi barrio. Un colegio privado no entraba en el mapa de las cosas que a mí me podían pasar. Ni lo descarté: nunca llegué a considerarlo.
Cuando llegué a séptimo hubo que buscar secundaria en serio, y yo tenía una sola condición: que no fuera en mi barrio.
El motivo era muy concreto. Tres veces por semana, cuando tenía inglés, me tomaba el colectivo desde mi barrio hasta el centro de Posadas para llegar al instituto. Una hora de viaje, siendo un nene. Quería salir del secundario y llegar caminando, unas cuadras y listo. El problema es que en el centro había muy pocas secundarias públicas.
Mi tía se hizo cargo de la búsqueda. Averiguó, comparó, y me llevó a anotarme al C.E.P. N.º 4, en pleno centro. Yo ni lo cuestioné: era la opción que había.
No había lugar.
Entonces caminó dos cuadras más —estaba ahí nomás, del otro lado de la manzana— y me anotó en el Colegio Provincial Superior N.º 1 Martín de Moussy, que en Posadas todo el mundo llama simplemente el Nacional. Llegó a casa y nos avisó: en el primero no había vacantes, así que los inscribí en este otro.
El Nacional no tenía la mejor fama de la ciudad. Pero al tiempo me enteré de una cosa que todavía hoy me parece demasiada coincidencia: era la única escuela pública de Posadas con orientación en turismo.
Pensalo conmigo. Toda la primaria hablando de turismo. Una maestra que me mete la idea en la cabeza a los ocho años. Una escuela privada con orientación en turismo a la que yo sabía que no iba a poder ir. Una escuela pública del centro donde no había lugar. Y terminar, por descarte y por dos cuadras, justo en la única pública que tenía la orientación que yo quería.
Si hubiera habido un banco libre en el C.E.P. N.º 4, mi vida era otra.

Al inglés lo seguí hasta sexto año del instituto, que terminé cuando estaba en cuarto año del colegio. Podría haber seguido, pero decidí frenar: en quinto año del secundario me anoté en italiano. Suena a dato menor y no lo es, porque es la costumbre que después me salvó en Brasil.
Cuando arranqué la facultad no me anoté en una carrera: me anoté en dos, y seguí con el italiano. Tenía la Licenciatura en Turismo de lunes a viernes, italiano dos veces por semana, y la Tecnicatura en Ciencias Políticas y Administración Gubernamental los sábados de ocho de la mañana a cinco de la tarde, de corrido.
Me quedaba el domingo para los prácticos de la tecnicatura, y durante la semana no me podía atrasar ni un día con turismo. Y fue exactamente lo que pasó: me atrasé y me quedé sin vida social. Duré un cuatrimestre. Para la segunda mitad del año dejé la tecnicatura, y a italiano lo estiré hasta noviembre y también lo dejé.
En tercer año me enteré de que la carrera de Guía de Turismo, aunque es otra cosa, compartía un montón de materias y te reconocían varias. Me anoté y cursé las dos en paralelo. Esta vez funcionó, y por una razón que no tiene nada que ver con el horario: tenía dos amigas cursando conmigo. Terminamos todo el primer año de guía.
De la licenciatura cursé las materias de los cuatro años, completas. Lo que no hice fue el taller de tesis, que está en quinto.
En primer año también empecé a trabajar, y fue en turismo desde el día uno. Un amigo, Facundo, tenía un hostel en Posadas y nos ofreció a mi amiga Marcela y a mí ser recepcionistas. Era medio un voluntariado —pagaba algo, no mucho— pero era nuestra primera experiencia laboral en lo nuestro.
Ese hostel explica todo lo que vino después. Cuando unos meses más tarde me fui solo a Brasil a golpear puertas de hostels, no estaba inventando nada: estaba ofreciendo lo único que sabía hacer.

Antes de irme a ningún lado lejos, la carrera me hizo recorrer la Argentina. En 2015 fui con mis compañeros a la Feria Internacional de Turismo de América Latina, la FIT, que se hace todos los años en La Rural, en Buenos Aires. Buenos Aires ya la conocía —tengo tíos ahí y fui por primera vez a los ocho años— pero una cosa es ir de chico a visitar a la familia y otra es caminarla con una visita guiada y la carrera en la cabeza: el Cementerio de la Recoleta, el microcentro, la Casa Rosada, el Museo del Bicentenario que está justo atrás.
De ahí fuimos a las Termas de Federación, en Entre Ríos, y ahí tomé el mejor jugo de naranja de mi vida. Lo digo en serio: Entre Ríos es provincia citrícola y los vendedores te exprimen las naranjas ahí adelante tuyo y te lo venden por litro, en botella. No sé si es el mejor de la Argentina, como dicen todos, pero no tomé otro igual.

Después vino el Congreso Internacional de Turismo, y esa fue mi primera vez en la Patagonia. Salimos de Posadas en colectivo y viajamos algo así como cuarenta horas. El micro venía del interior juntando gente y nosotros subimos en Posadas.
La primera parte fue en Neuquén capital, dos o tres días. Voy a ser honesto: no me deslumbró. Es una ciudad chica, me acuerdo de una feria y del microcentro y poco más. Lo que sí me acuerdo es que me tomé el tren a Cipolletti, que ya es Río Negro, solo por cruzar y ver otra provincia.
La segunda parte fue en San Martín de los Andes y ahí sí. Es hermoso. Caminamos dentro del Parque Nacional Lanín, que llega hasta el pueblo mismo, y la costa del lago tiene una playita preciosa. Era septiembre, todavía no había nevado pero ya hacía frío. Años después conocí South Lake Tahoe, en California, y cada tanto lo pienso: son parecidísimos. Un pueblo chico contra una montaña, con un lago grande adelante.


Desde la terminal de San Martín me tomé un bus a Bariloche por el día. Salí como a las diez de la mañana y a las cuatro de la tarde ya estaba volviendo: el centro histórico, el lago Nahuel Huapi, unos sanguchitos y de vuelta. A la vuelta el bus paró en Villa La Angostura y me bajé nada más que para sacarle una foto al cartel.
Me quedó pendiente la Ruta de los Siete Lagos, que es justamente ese tramo. La quiero hacer en auto para poder parar en cada lago, que en colectivo no se puede.
Y hay algo de ese día que prefiero contar antes que esconder. En el centro de Bariloche me saqué una foto con uno de los perros San Bernardo que están ahí para eso. En ese momento no lo pensé. Hoy sé que esos perros pasan el día entero al sol posando para fotos y que no la están pasando bien, y esa foto no la voy a publicar acá. Prefiero contarlo: si vas a Bariloche, esa foto no vale lo que le cuesta al perro.

Terminando primer año me fui solo a Brasil con el pasaje de ida nada más y mil pesos. Me echaron de un hostel por mirar el sol, un desconocido me dio cincuenta reales cuando no tenía para comer, choqué en moto contra una camioneta a los tres días de llegar, y volví hablando portugués.
En 2016 me llamaron del Maitei, el único resort de Posadas, para trabajar de eventual en Semana Santa. Entré por la experiencia de Brasil. Al verano siguiente me volvieron a llamar, esta vez para toda la temporada, con turnos rotativos: mañana, tarde y noche.
En la carrera, la práctica en un hotel es obligatoria en tercer año. La de agencia de viajes no existe. Así que en segundo año, cuando cursé la materia de agencias, se me ocurrió hacerme una igual. Mandé más de veinte correos a agencias de Buenos Aires contando que estudiaba turismo y que quería hacer una práctica. Era exactamente el mismo método con el que había conseguido trabajo en Brasil golpeando cincuenta hostels: mandar muchos y esperar que alguno conteste.
Contestaron dos o tres y quedé en una agencia de Capital Federal. Me mudé a lo de mi tío —mi padrino— que me bancó la estadía y la comida, porque la práctica no se pagaba. Ahí aprendí cómo trabaja un agente de viajes, pero donde más falta hacía era en la web: la tenían desactualizada y me puse a cargar paquetes y a contestar correos. También hice capacitaciones de mayoristas en destinos que no me servían para nada en ese momento, solo para ver cómo eran.
Y ahí hice el curso Rail Expert, de Rail Europe, que solo podés hacer si estás en una agencia. Puse los datos de la agencia donde hacía la práctica. Me saqué buena nota y me invitaron a la entrega de diplomas, un evento en Capital Federal que condujo Silvio Soldán con un juego de preguntas y respuestas de cultura general. El premio era un viaje a Europa para dos personas con un pase de tren. Me hicieron una pregunta, la erré y quedé eliminado el primero. Toda la gente que estaba ahí era de otra generación y se sabía el programa de memoria; yo no había visto uno en mi vida.
Al año siguiente vino la práctica obligatoria, la de hotelería, y me negué a hacerla en Posadas. Ya había trabajado en el Maitei, y el otro cuatro estrellas de la ciudad es de la misma cadena: no iba a aprender nada nuevo. Mandé unos cincuenta correos a hoteles de Buenos Aires y quedé en un hotel boutique de Palermo Soho.
Pedí que me dieran foco en recepción, que es lo mío, pero también hice alimentos y bebidas sirviendo el desayuno. Y pedí expresamente pasar dos o tres días con las mucamas, que no estaba en el plan. Me parecía que no podés dirigir un hotel sin haber hecho nunca una habitación. Una mañana los de mantenimiento me explicaron lo suyo. La gerenta de alimentos y bebidas de la cadena tenía fama de temible y le tenían miedo; era exigente, nada más. El último día se sentó conmigo en el restaurante, me felicitó y me ofreció escribirme una carta de referencia.
Ganaba diecisiete mil pesos por mes y estaba pagando en cuotas un programa de Work and Travel para irme a trabajar a la nieve en Park City, Utah. No me alcanzaba para el pasaje. Lo terminé pagando con la indemnización de un trabajo del que me echaron, y llegué a Nueva York vomitando en un avión sobre el Caribe.
Aterricé con la valija rota, dormí gratis en Manhattan gracias a un desconocido, subí y bajé escaleras del subte con la valija en brazos, y pagué exactamente dos entradas en dos días. En Times Square escribí que era el día más importante de mi vida, y lo era.
Llegué a Utah con doscientos dólares y una campera de Misiones. Me salvó la cafetería de empleados, me lastimé el primer día que esquié bien, y terminé la temporada hablando mejor portugués que inglés.
Le pagué a mi tío en una sola cuota, me compré una computadora y trabajé doble turno a diez dólares la hora, que en Utah es legal. Planeamos en un Word el viaje de despedida en tren hasta Chicago. Y un domingo de marzo el chef bajó de una reunión y nos dijo, en plena cocina, que estábamos cerrados.
Un terremoto me despertó sacudiendo la cucheta, el aeropuerto de Salt Lake City cerró, el piloto no se presentó, Chile cerró la frontera mientras hacíamos fila para embarcar, y en San Pablo nos cancelaron el vuelo con la valija ya etiquetada. Entramos a la Argentina por Foz de Iguazú cuatro días antes de que cerraran del todo.
2020 sin trabajo ni vuelos: las minas de Wanda la primera semana que se pudo viajar, las Cataratas casi vacías y una Working Holiday en Portugal que no salió.
Un posteo de cumpleaños, una entrevista en auto y casi dos años al frente del Moconá Virgin Lodge: de doce a veintidós personas, once días en la selva por cada cuatro en casa.
El rental de esquís de Deer Valley, un sótano en Prospector y un mensaje sobre un programa nuevo en Croacia.
El piloto de un programa, un road trip de Madrid a Barcelona y la llegada a Dubrovnik sin saber dónde íbamos a dormir.
La isla más grande de las Elafiti, dos navieras, una lógica laboral croata que no era la nuestra y una agencia que nos devolvió la plata.
Un ferry a las cinco de la mañana, los lagos de Plitvice en el camino y la policía de Zagreb para el permiso de trabajo.
Entrevistas disfrazadas de compras y lo que cambia con horarios fijos, francos y horas extra pagadas.
El Puente Viejo que cayó en 1993, el llamado a la oración y las cascadas del Trebižat.
La fila del Café Sacher, la torre de San Esteban, el balcón de la Heldenplatz y la sala de gimnasia de Sisi.
El hotel gratis de Turkish Airlines para conexiones largas, su letra chica y el mail que nos salvó.
El vuelo más largo que hice, las cámaras exteriores que me cerraron un círculo viejo y por qué el centro de San Pablo nos sorprendió.
Un trabajo conseguido antes de viajar, compañeros con contratos de 2,25 la hora más propinas, cuatro abogados y lo que dice la ley sobre las propinas.
Un pueblo con lago y montaña, los amigos que fueron llegando y el perro salchicha que trajimos desde Misiones.
Lo que otros publicaron sobre mí, para que no tengas que creerme solo a mí:
No copio de otros blogs. Cada guía se arma leyendo la fuente oficial y citándola, y a cada dato que puede cambiar le pongo la fecha en que lo verifiqué. Cuando una fuente no confirma algo, lo digo en vez de inventarlo.
Donde estuve, lo cuento en primera persona. Donde no estuve, no invento la experiencia.
Si viste un dato viejo o algo que cambió, escribime a viajacongus@gmail.com. Leo todo.
Cada temporada en su propia página, en orden: