Un microestado enclavado entre los Pirineos de España y Francia, famoso por sus estaciones de esquí, sus valles verdes y sus compras libres de impuestos. Andorra combina montaña de altura, aguas termales y pueblos con encanto en un territorio diminuto.
Andorra usa el euro (€) aunque no forma parte de la Unión Europea. La tarjeta se acepta en la mayoría de comercios, hoteles y estaciones de esquí, pero conviene llevar algo de efectivo para refugios de montaña, pueblos pequeños y estacionamientos. Al ser zona de baja tributación, muchos productos (electrónica, perfumes, alcohol) salen más baratos que en los países vecinos.
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En un puñado de valles altos de los Pirineos, de apenas 468 kilómetros cuadrados, sobrevive una de las rarezas políticas más asombrosas de Europa: un país cuyos jefes de Estado son, al mismo tiempo, un obispo católico de otro país y el presidente de la República Francesa, ninguno de los dos elegido por los andorranos ni residente en Andorra. Ese arreglo tiene una fecha de nacimiento precisa —1278— y desde entonces las fronteras no se movieron. Andorra es, seguramente, el único lugar del mundo donde un tratado feudal del siglo XIII sigue definiendo, en lo esencial, quién manda.
La historia de Andorra es la de una comunidad de pastores y campesinos de montaña que convirtió su aislamiento en independencia. Demasiado pobre y demasiado escondida para que valiera la pena conquistarla, negoció su neutralidad durante siglos, vivió del ganado, del hierro y del contrabando, y recién en 1993 se dio una Constitución, ejerció la soberanía y entró en la ONU. En apenas dos generaciones pasó de la miseria pirenaica al esquí, las compras sin impuestos y la banca. Esta es esa historia larga y sumamente improbable, contada con nombres, fechas y cifras reales.
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