El primer país cristiano de la historia, con monasterios medievales colgados de cañones y acantilados, el monte Ararat siempre en el horizonte y una hospitalidad enorme: Armenia es un país chico, montañoso y barato, en la encrucijada del Cáucaso entre Europa y Asia.
La moneda local es el dram armenio (AMD). El efectivo sigue siendo clave en pueblos, mercados, taxis y marshrutkas (las minivans compartidas), aunque en Ereván, Guiumrí y las ciudades grandes se paga sin drama con tarjeta. Hay cajeros por todos lados; conviene sacar dram en el país en vez de andar cambiando dólares o euros, y tener siempre billetes chicos a mano para el día a día.
Conversor completo de AMD →Casi todos los vuelos internacionales llegan al aeropuerto Zvartnots de Ereván (EVN); Guiumrí (LWN) suma alguna opción low cost. Desde América se conecta casi siempre vía Moscú, Estambul, Doha o alguna ciudad europea. Ojo con la geografía: las fronteras con Turquía y con Azerbaiyán están cerradas, así que se entra por aire o por tierra desde Georgia (hay marshrutkas y taxis compartidos entre Tiflis y Ereván). Dentro del país, las marshrutkas conectan las ciudades de forma muy barata, las apps de taxi Yandex Go y GG andan bárbaro en Ereván, y para llegar a los monasterios y la montaña lo más cómodo suele ser un taxi con chofer o sumarse a un tour de un día. Un dato para la foto: el monte Ararat, símbolo nacional, se ve enorme desde Ereván aunque hoy quede del lado turco de la frontera.
La historia de Armenia es la de uno de los pueblos más antiguos y tenaces del mundo, asentado desde hace milenios en el corazón montañoso del Cáucaso sur, entre el bíblico monte Ararat y las orillas del lago Seván. Aquí, sobre las ruinas de la civilización de Urartu, se levantó el reino que en el año 301 se convirtió en el primer Estado de la historia en adoptar el cristianismo como religión oficial, un siglo antes que Roma. Aquí también, apenas un siglo después, el monje Mesrop Mashtots inventó un alfabeto propio de 36 letras que todavía hoy se usa y que salvó la lengua y la identidad de una nación pequeña rodeada de imperios enormes.
Durante más de dos mil años Armenia vivió atrapada entre potencias —romanos y partos, bizantinos y árabes, selyúcidas, mongoles, persas, otomanos y rusos— y aun así conservó su fe, su idioma y su memoria. Ese largo recorrido incluye la página más dolorosa de su historia, el genocidio de 1915 a manos del Imperio otomano, que dispersó a los armenios por el mundo y creó una de las diásporas más extensas del planeta. Recorrer la Armenia de hoy —sus monasterios colgados de los acantilados, sus khachkares o cruces de piedra, su capital rosada de Ereván y sus viñedos milenarios— es entrar en una de las tramas históricas más profundas y conmovedoras de Eurasia.
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