Berbera es el puerto por el que pasó casi todo lo que salió y entró del norte somalí durante dos mil años: incienso y mirra hacia el Mediterráneo, esclavos y marfil hacia Arabia, café y pieles desde las tierras altas etíopes, ganado en pie hacia el Golfo, peregrinos hacia La Meca. Fue base otomana, plaza egipcia, capital del protectorado británico y, en los setenta, base naval soviética. Después fue base estadounidense, y su pista de más de cuatro kilómetros —una de las más largas de África— estuvo alquilada por la NASA como sitio de aterrizaje de emergencia del transbordador espacial.
De todo eso queda una ciudad extraña y magnética: un casco antiguo de casas de piedra de coral con puertas de madera talladas, mezquitas centenarias, ruinas otomanas y británicas medio devoradas por la guerra de 1988 y por el salitre; un puerto pesquero con su mercado y sus restaurantes; y, del otro lado, una franja de arena blanca y agua turquesa con arrecifes a pocos metros de la orilla.
Y hay una Berbera nueva. Desde 2016, la concesión de DP World y el interés de Etiopía por una salida al mar convirtieron al puerto en la apuesta económica de Somalilandia y en una pieza de la geopolítica del mar Rojo. Grúas, contenedores y un corredor asfaltado hacia el interior conviven con las ruinas de coral. Esta guía te explica cómo llegar, qué ver, qué cuesta, cuándo ir —el calor no es un detalle— y qué esperar de un lugar que está cambiando rápido.
Berbera es uno de los puertos más antiguos en uso continuado del Cuerno de África: se la identifica habitualmente con el Malao del Periplo del mar Eritreo, el manual de navegación griego del siglo I d.C., y durante siglos fue la salida al mar del interior somalí y de las tierras altas etíopes. Su famosa feria anual reunía a decenas de miles de personas y a barcos de Arabia, la India y el Golfo Pérsico. Estuvo bajo influencia otomana desde comienzos del siglo XIX, pasó brevemente al Jedivato de Egipto en 1875 y en 1884 quedó bajo control británico: fue la capital del protectorado de Somalilandia Británica desde 1884 hasta 1941, cuando los británicos trasladaron el gobierno a Hargeisa. En los años setenta, la Unión Soviética construyó allí una base naval y aérea con una pista gigantesca para contrarrestar a Estados Unidos; tras el vuelco de alianzas de la guerra del Ogadén, la instalación pasó a manos estadounidenses y la NASA alquiló la pista como sitio de aterrizaje de emergencia del transbordador espacial entre 1980 y 1991. La ciudad quedó devastada en la guerra de finales de los ochenta y se reconstruyó tras la independencia de facto de Somalilandia en 1991. Desde 2016, la concesión del puerto a DP World y la entrada de Etiopía como socio la devolvieron al centro del tablero regional.
Leer la historia completa ↓Del golfo de Adén a los 2.400 metros de Cal Madow: puertos que aparecen en el Periplo griego, la mezquita de las dos qiblas de Zeila, una pista construida por los soviéticos y el último gran bosque de incienso del mundo.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El Periplo del mar Eritreo, el manual de navegación griego escrito hacia el siglo I de nuestra era por un comerciante anónimo de Alejandría, describe una serie de puertos a lo largo de la costa norte somalí donde los barcos cargaban incienso, mirra, canela, marfil, carey y esclavos a cambio de telas, vidrio, hierro y vino. Uno de ellos, Malao, se identifica habitualmente con Berbera. La misma obra llama a esa costa «el país de Barbaria» y a sus habitantes «berberoi», una raíz que sobrevive en el nombre actual de la ciudad.
Lo que hacía valioso al lugar era la geografía. Berbera tiene una de las pocas bahías naturalmente protegidas de una costa larguísima y hostil, y está exactamente enfrente de Adén y de la costa yemení, en la ruta que conecta el océano Índico con el mar Rojo por el estrecho de Bab el-Mandeb. Detrás, las montañas del Golis abren paso al interior pastoral somalí y, más allá, a las tierras altas de Etiopía, con su café, sus pieles y su marfil. Berbera fue durante siglos la bisagra entre esos dos mundos.
La expresión más espectacular de ese rol fue la feria anual de Berbera. Entre octubre y abril, cuando el monzón lo permitía, la ciudad se llenaba de caravanas venidas de Harar y del interior somalí y de barcos llegados de Arabia, del Golfo Pérsico y de la India. Las crónicas del siglo XIX describen una población estacional de decenas de miles de personas que levantaba una ciudad de esteras junto a la de piedra y que se desarmaba cuando el viento cambiaba. El explorador británico Richard Burton, que pasó por la región en 1854-1855 y dejó constancia en «First Footsteps in East Africa», es una de las fuentes clásicas sobre ese comercio.
De aquella época sobrevive el casco antiguo: casas de dos plantas construidas con bloques de coral y caliza, techos planos pensados para recoger agua de lluvia, ventanas pequeñas para conservar el frescor, puertas de madera maciza talladas con motivos geométricos y patios interiores ocultos. La mayoría de los edificios que hoy se ven datan de entre comienzos del siglo XIX y 1880, y pertenecen a la misma familia arquitectónica que Lamu, Zanzíbar o Suakin: la arquitectura de piedra de coral del océano Índico occidental.
A comienzos del siglo XIX, Berbera entró en la órbita otomana; la construcción de esa etapa —arcos, muros portantes con techos de cal, mampostería de piedra con morteros de arcilla reforzados con maderos longitudinales— es todavía identificable en el casco antiguo, y el conjunto asociado a la llamada Mezquita Turca, de hacia 1840, es uno de los testimonios más claros.
En 1875, el Jedivato de Egipto, en plena expansión por el mar Rojo y el Cuerno de África bajo Ismail Pachá, ocupó Berbera y la administró brevemente. La aventura egipcia fue corta: la crisis financiera de El Cairo y la revuelta mahdista en Sudán obligaron a la retirada de la costa somalí a comienzos de la década de 1880.
Ese vacío lo llenaron los británicos. Instalados en Adén desde 1839, necesitaban asegurar el suministro de carne fresca para su guarnición —la costa somalí era literalmente el corral de Adén— y evitar que otra potencia europea se instalara enfrente de la ruta a la India, ya vital tras la apertura del canal de Suez en 1869. Entre 1884 y 1888, Londres firmó tratados de protección con los clanes del norte somalí y estableció el protectorado de Somalilandia Británica, con capital en Berbera.
Fue una colonia de mínimos. Los británicos administraron el territorio primero desde la India y después desde Londres, con muy poca inversión y sin ningún proyecto de desarrollo: el objetivo era el ganado y la posición estratégica, no el territorio. Berbera siguió siendo el puerto, la sede del gobierno y la única ciudad con infraestructura hasta bien entrado el siglo XX. En 1941, tras recuperar el protectorado de la breve ocupación italiana de 1940, los británicos trasladaron la capital a Hargeisa, en las tierras altas, buscando un clima más soportable. Berbera perdió el rango administrativo pero conservó el puerto.
Tras la independencia de 1960 y la unión con la Somalia italiana, y sobre todo después del golpe de Estado de Mohamed Siad Barre en 1969, Somalia se alineó con la Unión Soviética. Berbera se convirtió en el activo más codiciado de esa alianza: los soviéticos construyeron allí, a mediados de los años setenta, una base naval y aérea con instalaciones de almacenamiento de misiles y una pista de aterrizaje de unos 4.140 metros, una de las más largas de África, pensada para operar aviones pesados a cualquier temperatura y altitud.
El acuerdo se rompió de golpe. La revolución etíope de 1974 llevó al poder en Addis Abeba a un régimen marxista, y cuando Somalia invadió el Ogadén etíope en 1977 Moscú tuvo que elegir. Eligió a Etiopía. Somalia expulsó a los asesores soviéticos y buscó nuevo padrino, y a comienzos de los años ochenta Estados Unidos obtuvo acceso a las instalaciones de Berbera. Los papeles se habían invertido: los soviéticos ocuparon las viejas posiciones estadounidenses en Etiopía y los estadounidenses heredaron la base soviética en Somalia.
De ese cambio salió el dato más inverosímil de la historia de la ciudad. La pista de Berbera, por su longitud excepcional y por su ubicación, fue alquilada por la NASA —según las fuentes más citadas, por unos 40 millones de dólares anuales— como sitio de aterrizaje de emergencia para el transbordador espacial, y figuró en esa condición entre 1980 y 1991, hasta el colapso del régimen de Siad Barre. Ningún transbordador aterrizó nunca allí, pero durante once años una ciudad del golfo de Adén estuvo en la lista de destinos posibles de una nave espacial estadounidense. Junto al camino de acceso al aeropuerto todavía se ven las carcasas de adobe de los antiguos barracones soviéticos.
El final de los años ochenta arrasó con casi todo. La ofensiva del Somali National Movement en 1988 y la brutal represión del régimen de Siad Barre contra la población del norte —el episodio conocido como el genocidio Isaaq, con la destrucción sistemática de Hargeisa y Burao— alcanzaron también a Berbera. Los combates y el abandono posterior dejaron el casco antiguo en ruinas: buena parte de los edificios británicos y otomanos que hoy se ven medio derruidos quedaron así entonces, y el salitre y el sol hicieron el resto en las décadas siguientes.
Tras la caída del régimen en 1991 y la declaración de independencia de Somalilandia, Berbera volvió a ser lo que siempre fue: el puerto. La exportación de ganado en pie hacia Arabia Saudita y el Golfo —millones de cabezas de ovino, caprino y camélido por temporada— se convirtió en el sostén de la economía del nuevo Estado de facto, junto con las remesas de la diáspora. Durante veinticinco años, sin embargo, la infraestructura portuaria fue rudimentaria.
El cambio llegó en 2016, cuando el operador emiratí DP World firmó un acuerdo de concesión valorado en unos 442 millones de dólares para desarrollar y gestionar el puerto. La segunda fase de la ampliación, completada en 2021, llevó la capacidad hasta dos millones de contenedores TEU anuales, y se sumó un corredor terrestre hacia el interior etíope. En 2018, Etiopía —un país de más de cien millones de habitantes sin salida al mar desde la independencia de Eritrea— adquirió una participación del 19 % en el proyecto, y en enero de 2024 firmó un acuerdo para usar la terminal.
Esa jugada tiene una dimensión política enorme. En enero de 2024, Addis Abeba y Hargeisa anunciaron además un memorando de entendimiento por el que Etiopía obtendría acceso a un tramo de costa somalilandesa a cambio, según las declaraciones somalilandesas, de un eventual reconocimiento como Estado. El anuncio desató una crisis diplomática con Mogadiscio y una fuerte controversia interna. En Somalilandia, Berbera dejó de ser solo un puerto: es la principal carta de negociación de un territorio que lleva más de tres décadas buscando existir para el mundo.
Mientras las grúas crecen en el puerto, a menos de un kilómetro se cae a pedazos uno de los conjuntos de arquitectura de piedra de coral más notables del mar Rojo y del golfo de Adén. El casco antiguo de Berbera reúne edificios otomanos de la primera mitad del siglo XIX, casas mercantiles del período de la feria anual, mezquitas centenarias y estructuras administrativas británicas. Su valor no es menor: es un archivo construido de todas las manos que pasaron por la ciudad.
Los enemigos son varios y conocidos: los daños de la guerra de finales de los ochenta, el salitre y la humedad marina, el calor extremo, el abandono de décadas, la falta de mano de obra especializada en técnicas tradicionales y la presión de la construcción nueva que trae el boom portuario. A eso se suma el mismo obstáculo estructural que afecta a Laas Geel: al no estar Somalilandia reconocida, no puede acceder a los mecanismos de la Convención del Patrimonio Mundial ni presentar candidaturas ante la UNESCO.
La respuesta ha venido por vías indirectas. En los últimos años se pusieron en marcha proyectos de conservación de edificios históricos y el desarrollo de un museo local, con asistencia técnica internacional puntual: la consultora británica M Womersleys documentó, por ejemplo, un trabajo de apoyo en el museo de Berbera a fines de 2024. Son intervenciones modestas frente al tamaño del problema, pero marcan un camino: formar gente local en conservación y darle a la ciudad una institución propia que custodie su memoria.
Para el visitante, Berbera se lee entonces en tres capas superpuestas. La primera, milenaria: un puerto del Índico que aparecía en los manuales de navegación griegos. La segunda, imperial y de Guerra Fría: otomanos, egipcios, británicos, soviéticos y estadounidenses, cada uno dejando su ruina. Y la tercera, la del presente: contenedores, corredores logísticos y una negociación geopolítica en curso. Todo eso cabe en una ciudad de doscientos y pico mil habitantes donde hace 40 grados.