Templos dorados, montañas kársticas y el Mekong sereno: Laos es el rincón más tranquilo y auténtico del sudeste asiático, perfecto para bajar el ritmo.
La moneda oficial es el kip laosiano (LAK), que solo se usa dentro del país y no se puede conseguir ni cambiar afuera, así que conviene traer dólares o baht tailandeses para cambiar al llegar. En la práctica el dólar estadounidense y el baht se aceptan mucho, sobre todo en hoteles, agencias y zonas turísticas, aunque el vuelto casi siempre te lo dan en kip y a un tipo de cambio poco favorable. Los cajeros automáticos abundan en Vientián, Luang Prabang y Pakse, pero cobran comisiones altas y tienen un límite bajo por extracción, por lo que conviene sacar montos grandes. Guardá siempre efectivo en kip para mercados, comida callejera, tuk-tuks, buses y pueblos rurales, donde no se aceptan tarjetas ni divisas.
Conversor completo de LAK →No hay vuelos directos desde Latinoamérica: se llega con escalas por hubs asiáticos como Bangkok, Singapur o Kuala Lumpur, desde donde Lao Airlines y otras aerolíneas conectan con los aeropuertos internacionales de Vientián (VTE), Luang Prabang (LPQ) y Pakse (PKZ). La gran novedad es el tren Laos–China, inaugurado en diciembre de 2021, que une Vientián con Vang Vieng, Luang Prabang y la frontera de Boten con China en pocas horas, reduciendo de ocho a dos el trayecto entre Luang Prabang y la capital: es rápido, cómodo y económico, pero conviene sacar los pasajes con anticipación. Por tierra, Laos tiene numerosos pasos fronterizos con Tailandia (varios Puentes de la Amistad sobre el Mekong), Vietnam, Camboya y China, muy usados por buses internacionales. Dentro del país también podés moverte en buses locales, en los lentos barcos por el Mekong y el Nam Ou, o en los populares slow boats de dos días entre la frontera tailandesa y Luang Prabang.
La historia de Laos es la de un país sin salida al mar, atravesado de norte a sur por el gran río Mekong, que durante seis siglos giró en torno a un nombre glorioso: Lan Xang, "el reino del millón de elefantes y la sombrilla blanca". Fundado en 1353 por el príncipe Fa Ngum con el respaldo del imperio jemer de Angkor, ese reino budista llegó a dominar buena parte de la actual Tailandia, del Laos moderno y del noreste camboyano, antes de fragmentarse a comienzos del siglo XVIII en tres estados rivales —Luang Prabang, Vientián y Champasak— que quedaron a merced del poderoso reino siamés. De aquella grandeza medieval sobreviven los templos dorados, los manuscritos en hojas de palma y una identidad profundamente ligada al Theravada y al Mekong.
Entre 1893 y 1953, Laos fue un protectorado francés casi olvidado dentro de la Indochina colonial, y de esa etapa quedaron el trazado de Vientián y Savannakhet, las plantaciones de café de la meseta de Bolaven y un ferrocarril diminuto tendido entre dos islas del sur para esquivar las cataratas del Mekong. Pero el siglo XX laosiano estuvo marcado por una tragedia que el mundo tardó en conocer: entre 1964 y 1973, en el marco de la Guerra de Vietnam, Estados Unidos convirtió a este país neutral en el más bombardeado per cápita de la historia. Comprender el Laos de hoy —socialista, pausado, budista, todavía sembrado de municiones sin explotar— exige recorrer esta trama de reinos, colonias y guerras que va del siglo XIV al presente.
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