El segundo país más pequeño del mundo concentra glamour, casinos legendarios, un puerto repleto de yates y calles empinadas con vistas al Mediterráneo. Mónaco es lujo, historia y mar en apenas dos kilómetros cuadrados.
La moneda es el euro (€), aunque Mónaco no forma parte de la Unión Europea. Las tarjetas se aceptan en todos lados, desde el casino hasta los cafés, pero conviene llevar algo de efectivo para propinas y compras chicas. Los precios son altos: es uno de los destinos más caros de Europa.
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En dos kilómetros cuadrados escasos, apretados entre la montaña y el mar en el extremo oriental de la Costa Azul, cabe el segundo país más chico del planeta y, al mismo tiempo, el más densamente poblado del mundo. Mónaco no llega a los 39.000 habitantes, pero en ese pañuelo de tierra se cruzan un peñón fortificado que fue colonia griega, una dinastía que se apoderó del lugar disfrazada de fraile hace más de siete siglos, el casino que inventó el turismo de lujo europeo, una carrera de Fórmula 1 que corre por las calles y un skyline de torres que el propio Principado le fue ganando al Mediterráneo metro a metro.
La historia de Mónaco es la de una familia, los Grimaldi, que logró lo que casi ninguna otra: sobrevivir como estado soberano independiente pegada a potencias que la superaban mil veces en tamaño, primero Génova, después España, Cerdeña y sobre todo Francia. Perdió el 95% de su territorio en 1848, estuvo al borde de la quiebra, se salvó con una mesa de ruleta y terminó convertida en sinónimo mundial de riqueza. Esta es esa historia larga e improbable, contada con nombres, fechas y cifras verificadas.
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