La tierra del fuego: llamas que brotan de la tierra, un casco antiguo amurallado frente al Caspio y las aldeas de piedra del Gran Cáucaso. Azerbaiyán mezcla lo persa, lo turco y lo soviético en un país donde Europa y Asia se dan la mano.
La moneda local es el manat azerí (AZN), atado al dólar a un cambio bastante estable. En Bakú se paga sin problema con tarjeta en hoteles, restaurantes y comercios, pero conviene llevar efectivo para los taxis, los mercados, los pueblos de montaña y el transporte compartido. Hay cajeros por todos lados en las ciudades; siempre viene bien tener billetes chicos a mano.
Conversor completo de AZN →Casi todos los vuelos internacionales llegan al aeropuerto Heydar Aliyev de Bakú (GYD), a unos 20 km del centro; desde América se conecta vía Estambul, Doha, Dubái o alguna ciudad europea. La mayoría de los viajeros necesita la e-visa, que se tramita en pocos días por el sistema ASAN en el portal oficial evisa.gov.az. Dentro del país hay trenes cómodos entre Bakú, Ganja y Sheki, autobuses y minibuses que conectan casi todos los pueblos, y en Bakú la app Bolt hace los taxis fáciles y baratos.
A Azerbaiyán lo llaman la Tierra del Fuego, y no es una metáfora turística: en la península de Absheron el gas natural aflora del subsuelo y arde solo desde hace milenios, en laderas como la de Yanardag que llevan siglos sin apagarse. Sobre esa geología ardiente se levantó una de las cunas del zoroastrismo, después un reino cristiano temprano —la Albania caucásica—, más tarde una tierra profundamente islamizada y persianizada, y por fin, a fines del siglo XIX, la capital petrolera del mundo. Encajado entre el mar Caspio, las montañas del Gran Cáucaso, Rusia, Irán, Georgia y Armenia, este país del tamaño de Portugal condensa en su historia el choque permanente entre imperios: persas, árabes, turcos, mongoles y rusos se disputaron durante siglos este cruce de caminos entre Europa y Asia.
La Azerbaiyán moderna nació dos veces. La primera, en 1918, cuando proclamó la República Democrática de Azerbaiyán, la primera república parlamentaria y secular del mundo musulmán, pionera además en reconocer el voto femenino antes que muchos países europeos; aquella experiencia duró apenas veintitrés meses, hasta que el Ejército Rojo la absorbió en la URSS. La segunda, en 1991, con la caída soviética, en medio de una guerra desgarradora con la vecina Armenia por la región de Nagorno Karabaj que marcaría más de tres décadas de su vida independiente. Recorrer Bakú y sus Torres de la Llama, los petroglifos de Gobustan, los palacios de la Ruta de la Seda en Sheki o las aldeas de piedra colgadas del Cáucaso exige entender esta trama larguísima, hecha de fuego, petróleo, poesía persa y encrucijadas imperiales.
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