Un emirato chico y riquísimo del golfo Pérsico: el skyline futurista de Doha, museos de vanguardia, zocos con aroma a especias y un desierto que se hunde en el mar. Sede del Mundial 2022.
La moneda local es el riyal catarí (QAR), que está atado al dólar estadounidense a un tipo de cambio fijo (alrededor de 3,64 riyales por dólar) desde hace décadas. Las tarjetas se aceptan en casi todos lados, pero conviene llevar algo de efectivo para taxis, el zoco, propinas y comercios chicos. Hay cajeros por todas partes y casas de cambio con buenas cotizaciones en los malls y en el aeropuerto.
Conversor completo de QAR →Casi todos los vuelos internacionales llegan al aeropuerto Hamad de Doha (DOH), uno de los más premiados del mundo y hub de Qatar Airways, con excelentes conexiones desde América vía Europa. Para moverse por Doha, el metro es moderno, barato y muy práctico: se paga con una tarjeta recargable y conecta el aeropuerto, el centro y los principales puntos turísticos. Los taxis Karwa (los oficiales) y apps como Uber y Careem funcionan en toda la ciudad y son económicos. El país es muy chico, así que las distancias son cortas; para animarse al desierto, el mar interior de Khor Al Adaid o los sitios del norte, lo ideal es un 4x4, ya sea alquilado o con excursión, porque hay tramos de arena sin camino marcado.
La historia de Catar es la de una pequeña península desértica que en la vida de una sola generación pasó de bucear perlas junto a la costa a mover los mercados mundiales del gas. Durante milenios, esta lengua de arena y roca que se adentra en el golfo Pérsico —donde casi no llueve y el verano quema— fue tierra de asentamientos antiguos, de caravanas beduinas y, sobre todo, de un mar generoso: sus aguas cálidas y poco profundas guardaban algunos de los mayores bancos de ostras perlíferas del planeta. De ese mar, y no de la tierra yerma, salió durante siglos toda la riqueza del país, en un oficio durísimo y peligroso que definió su cultura, sus jerarquías y su memoria.
Sobre esa base perlera y marinera se fueron sucediendo los grandes hilos de la historia catarí: la llegada del islam en el siglo VII, el ascenso de la dinastía Al Thani y el tratado de 1868 que consagró a Catar como entidad política propia, el protectorado británico, el derrumbe de las perlas por la perla cultivada japonesa —los años del hambre— y, finalmente, el hallazgo del petróleo y del colosal yacimiento de gas del North Field, que tras la independencia de 1971 convirtió a este diminuto emirato en uno de los países más ricos del mundo. Con esa fortuna, Catar se lanzó a una ambición insólita para su tamaño: Al Jazeera, Qatar Airways, museos de arquitectos estrella y, como broche, el primer Mundial de fútbol jugado en el mundo árabe. Un ascenso deslumbrante que convivió con capítulos incómodos —las condiciones de los trabajadores migrantes que construyeron el país, el bloqueo regional de 2017— y que sigue escribiéndose hoy bajo los Al Thani.
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