El Estado más pequeño del mundo y el corazón de la Iglesia católica: la Basílica de San Pedro, los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina concentran en pocas hectáreas algunas de las mayores obras del arte occidental.
El Vaticano usa el euro. Museos y tienda oficial aceptan tarjeta; para las ofrendas y los puestos conviene llevar algo de efectivo.
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El país más pequeño del mundo cabe entero dentro de una ciudad. Con apenas 44 hectáreas —menos que muchos parques urbanos— y algo más de 800 habitantes, la Ciudad del Vaticano es a la vez un Estado soberano, la sede del papado y el corazón de una Iglesia de más de mil millones de fieles. Su historia, sin embargo, es inversamente proporcional a su tamaño: empieza en un circo romano donde, según la tradición, fue ejecutado un pescador de Galilea llamado Simón Pedro, y llega hasta los cónclaves que todavía hoy eligen al obispo de Roma bajo la bóveda de Miguel Ángel.
Entender el Vaticano exige distinguir dos cosas que la costumbre confunde: la Santa Sede, que es el gobierno espiritual de la Iglesia católica y existe desde hace casi dos mil años, y el Estado de la Ciudad del Vaticano, un país minúsculo que solo nació en 1929. Entre medio están los siglos en que los papas gobernaron media Italia como monarcas temporales, el Renacimiento que convirtió una colina al otro lado del Tíber en el mayor taller de arte de Occidente, la humillación del saco de 1527, la pérdida de todo poder terrenal en 1870 y el pacto que le devolvió al papa un territorio propio. Esta es esa historia, contada con fechas, nombres y las tensiones que la atraviesan.
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