Hay una carretera en Somalilandia que sube setecientos metros en diez kilómetros de curvas cerradas y que, en el trayecto, cambia por completo el paisaje, la temperatura y la vegetación. Abajo queda Berbera, con sus cuarenta grados y su casco de coral pelado por el sol. Arriba aparece Sheikh: un pueblo de calles rectas a 1.430 metros de altitud, con árboles, aire fresco y edificios británicos de ladrillo que parecen sacados de otra colonia.
Los británicos convirtieron Sheikh en su refugio de altura, la versión somalí de las hill stations que montaron en la India: un lugar donde escapar del calor de la costa, instalar oficinas, un pequeño acuartelamiento y, en 1958, un internado de élite. Ese colegio —el Sheikh Secondary School, hoy Pharo School— formó a buena parte de la clase dirigente somalí y somalilandesa, incluidos dos futuros presidentes de Somalilandia.
Pero la historia del lugar es mucho más antigua. En las afueras del pueblo están las ruinas de Fardowsa, una ciudad medieval de piedra que entre los siglos XIII y XV fue nudo comercial entre el interior pastoral y los puertos del golfo de Adén, y donde las excavaciones han sacado cerámica importada y porcelana china. Sheikh es, entonces, dos capas: una posta comercial medieval y un pueblo colonial de montaña. Y ambas se recorren en una mañana.
El paso de montaña donde hoy está Sheikh fue durante siglos la puerta natural entre el interior pastoral somalí y el puerto de Berbera, y en las afueras del pueblo actual se conservan las ruinas de Fardowsa, uno de los mayores restos de asentamiento medieval del Cuerno de África: una ciudad de piedra que entre los siglos XIII y XV comerció con el mundo del océano Índico, como demuestran las cerámicas importadas y la porcelana china halladas en el sitio. Con la instalación del protectorado británico de Somalilandia a fines del siglo XIX, la administración colonial descubrió el valor del lugar por otra razón —el clima fresco de la altura— y lo convirtió en su estación de montaña: oficinas, residencias, un pequeño destacamento y jardines. En 1958 se fundó allí el Sheikh Secondary School, un internado gratuito y selectivo con currículo británico que formaría a buena parte de la élite política de Somalia y Somalilandia, entre ellos los futuros presidentes somalilandeses Mohamed Haji Ibrahim Egal y Ahmed Silanyo. La escuela quedó destruida en 1989 durante la ofensiva del régimen de Siad Barre y permaneció cerrada más de una década, hasta que la pareja de educadores británicos Dick y Enid Eyeington la reabrió en enero de 2003 con 53 alumnos; ambos fueron asesinados a tiros en el recinto escolar en octubre de ese mismo año, un crimen por el que un tribunal de Hargeisa dictó condenas a muerte y a cadena perpetua en 2005. La escuela siguió funcionando y hoy opera como Pharo Secondary School.
Leer la historia completa ↓Arte rupestre de 5.000 años, una capital reconstruida desde los escombros de 1988 y un Estado con moneda, pasaporte y elecciones que el mundo tardó treinta y cuatro años en empezar a reconocer.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La cordillera del Golis corre paralela a la costa norte de Somalia como una muralla: separa la llanura tórrida del golfo de Adén de la meseta del interior, donde vive el pastoreo somalí y por donde se llega a las tierras altas de Etiopía. Esa muralla tiene pocos puntos de paso practicables, y uno de los mejores está justo donde hoy se levanta el pueblo de Sheikh, a unos 1.430 metros de altitud.
Durante siglos, todo lo que subía o bajaba entre Berbera y el interior tuvo que atravesar este punto. Bajaban las caravanas cargadas de pieles, mirra, incienso, marfil y café de las tierras altas etíopes; subían las telas, el arroz, los dátiles, el hierro y la cerámica que llegaban por mar desde Arabia, Persia y la India. El paso no era solo un accidente geográfico: era un peaje natural, un lugar donde parar, abrevar y dormir antes de encarar el descenso o la meseta.
El clima añadía una segunda ventaja. A esa altura, la temperatura media anual ronda los 19 °C y llueve unos 466 mm al año —muchísimo para el estándar de la región—, con máximos entre abril y mayo y entre agosto y octubre. Eso significa pasto, agua y una habitabilidad completamente distinta de la de la costa, donde Berbera supera los 40 °C durante casi cuatro meses. Cualquiera que haya subido la cuesta en pleno verano entiende de inmediato por qué la gente se quedaba arriba.
En las afueras del pueblo actual, entre la maleza y las piedras, se extiende uno de los mayores restos de asentamiento medieval documentados en el Cuerno de África: la ciudad de Fardowsa. Fue un núcleo urbano de piedra, con estructuras domésticas y comerciales, que floreció aproximadamente entre los siglos XIII y XV como nudo del comercio entre el interior pastoral y los puertos del golfo de Adén.
El material arqueológico cuenta la historia mejor que cualquier crónica. Las prospecciones y excavaciones en Fardowsa y en el conjunto de ciudades de piedra del interior de Somalilandia han recuperado cerámica importada y porcelana china —material que en la región abarca desde época Tang hasta Ming—, además de vidrio y otros bienes de larga distancia. Es la prueba directa de que este pueblo de montaña, hoy remoto, estaba conectado con las redes del océano Índico que unían África oriental con Arabia, Persia, la India y China.
Fardowsa no es un caso aislado. El interior de Somalilandia está sembrado de ciudades de piedra medievales en ruinas —Amud, cerca de Borama, con centenares de casas, mezquitas y patios llenos de vidrio y porcelana; Abasa; Aw Barkhadle; entre muchas otras— que corresponden en gran medida al período del Sultanato de Adal y a las redes comerciales islámicas de la región. Ese mundo urbano medieval, sofisticado y cosmopolita, contradice de plano la imagen del Cuerno de África como un espacio exclusivamente nómada.
Buena parte de lo que sabemos se debe al trabajo sistemático emprendido a partir de 2007 por la arqueóloga somalí Sada Mire, que fue directora de Antigüedades de Somalilandia, contribuyó a crear el Departamento de Turismo y Arqueología y registró cerca de un centenar de sitios patrimoniales en el territorio. Fardowsa, como casi todos ellos, sigue sin excavación extensiva, sin acondicionamiento y sin protección internacional.
Cuando los británicos establecieron el protectorado de Somalilandia entre 1884 y 1888, heredaron un problema doméstico bien conocido en su imperio: el calor. Berbera, la capital del protectorado hasta 1941, era invivible durante buena parte del año para funcionarios y militares europeos. La solución fue la de siempre, ensayada antes en la India: montar una estación de montaña.
Sheikh cumplió ese papel. A 1.430 metros, con clima templado, agua y vegetación, se convirtió en el refugio de altura del protectorado: residencias, oficinas administrativas, depósitos, un pequeño destacamento militar, jardines plantados con especies importadas. El trazado del pueblo, un damero de calles rectas, y la arquitectura de los edificios —que más de un visitante compara con las hill stations británicas de la meseta del Decán— delatan ese origen. También los restos que hoy se ven derruidos: una fortaleza, la casa del gobernador, viviendas oficiales.
Y los británicos hicieron la obra de ingeniería que define el lugar: el camino que sube desde la aldea de Hudisa, al pie del Golis, trepando unos setecientos metros en apenas diez kilómetros mediante una sucesión de curvas cerradas. Ese trazado sigue siendo la ruta principal entre Berbera y el interior, hoy asfaltada y en obras de rehabilitación por fases financiadas por el Somaliland Development Fund. Es la carretera más espectacular de Somalilandia y una de las más impresionantes del Cuerno de África.
El protectorado británico, conviene recordarlo, fue una colonia de mínimos: Londres invirtió poco, no desarrolló infraestructura y trató el territorio esencialmente como proveedor de carne para la guarnición de Adén. En ese contexto de escasez deliberada, Sheikh destaca justamente porque ahí sí construyeron algo, y por una razón muy poco altruista: para poder respirar.
La huella más duradera que dejaron los británicos en Sheikh no fue un edificio administrativo sino un colegio. En 1958, dos años antes de la independencia, se fundó el Sheikh Secondary School: un internado gratuito, selectivo y con currículo británico que admitía por examen a unos cincuenta alumnos por año, elegidos por mérito de todo el protectorado.
El impacto fue desproporcionado respecto de su tamaño. Entre 1958 y 1989, de esas aulas salió una parte sustancial de la clase dirigente somalí y somalilandesa: ministros, primeros ministros, académicos, médicos, diplomáticos. Entre sus antiguos alumnos figuran Mohamed Haji Ibrahim Egal —primer ministro de Somalia y luego presidente de Somalilandia entre 1993 y 2002— y Ahmed Mohamed Mohamoud «Silanyo», presidente de Somalilandia entre 2010 y 2017, además de Ali Khalif Galaydh, primer ministro de Somalia. Que un internado de un pueblo de montaña haya producido dos jefes de Estado y varios jefes de gobierno dice bastante del papel que jugó.
El final llegó con la guerra. En 1989, en el contexto de la ofensiva del régimen de Siad Barre contra el norte, la escuela fue gravemente dañada, y el colapso del Estado somalí y la guerra civil la mantuvieron cerrada durante más de una década. Los edificios se degradaron, el internado se vació y el pueblo perdió su institución más importante.
En septiembre de 2002, una pareja de educadores británicos con cuarenta años de trabajo en África —Dick y Enid Eyeington, que habían enseñado en Suazilandia y trabajaban para SOS Children's Villages— se instaló en Sheikh para reabrirla. La escuela volvió a funcionar en enero de 2003 con 53 alumnos, y sumó otros cincuenta ese mismo año. En octubre de 2003, ambos fueron asesinados a tiros en su casa dentro del recinto escolar; sus cuerpos fueron hallados a la mañana siguiente. En noviembre de 2005, un tribunal de Hargeisa condenó a ocho personas a muerte y a otras siete a cadena perpetua por el crimen.
La escuela no cerró. Siguió funcionando, creció y hoy opera bajo el nombre de Pharo Secondary School, con doble currículo somalilandés e IGCSE. Es, otra vez, uno de los colegios de referencia del territorio.
El Sheikh actual es un pueblo pequeño de calles rectas donde para el transporte de la ruta Berbera-Burao: hoteles muy básicos, farmacias, tiendas, comedores de camioneros y salones de té. Vive del tránsito, del pastoreo de altura —cabras, ovejas y camellos que se mueven con las lluvias— y del colegio. No tiene infraestructura turística de ningún tipo.
Lo interesante es la superposición. En las afueras están las piedras de Fardowsa, una ciudad medieval que comerciaba con China; en el pueblo, las ruinas de una fortaleza británica y de la casa de un gobernador colonial; en el medio, un internado que formó presidentes y un cementerio de historias del siglo XX. Todo en un radio de pocos kilómetros y sin un solo cartel explicativo.
Esa ausencia de señalización no es casual. Somalilandia, al no estar reconocida por ningún Estado, no puede acceder a los mecanismos de la Convención del Patrimonio Mundial de la UNESCO ni presentar candidaturas: ni Laas Geel, ni las ciudades de piedra medievales, ni el patrimonio colonial de Berbera y Sheikh. La protección depende del Departamento de Arqueología local, de la cooperación bilateral puntual y, sobre todo, de la gente del lugar.
El gran cambio en curso es la carretera. La rehabilitación por tramos del eje Berbera-Burao, con el tramo Sheikh-Berbera en obra, forma parte del corredor logístico que conecta el puerto ampliado por DP World con el interior y con Etiopía. Para Sheikh eso significa más tránsito, mejor acceso y, probablemente, más visitantes. Por ahora, sin embargo, sigue siendo lo que fue siempre: un lugar fresco en lo alto de una cuesta, donde uno para a tomar un té y a mirar hacia abajo.