Antes de que existiera cualquier nombre extranjero, el norte de África era tierra de los amazigh —los bereberes, «los hombres libres»—, un conjunto de pueblos autóctonos cuya presencia se remonta a la prehistoria. En el Sahara, cuando todavía era una sabana verde y húmeda, esos pueblos y sus antecesores dejaron en el Tassili n’Ajjer y otros macizos una de las mayores galerías de arte rupestre del mundo, con escenas de caza, ganado y danzas que tienen hasta unos doce mil años de antigüedad.
En el primer milenio antes de nuestra era, los fenicios fundaron factorías comerciales en la costa, y desde Cartago irradiaron su influencia púnica sobre el litoral. Tierra adentro, los bereberes se organizaron en reinos. Durante la Segunda Guerra Púnica, dos grandes confederaciones —los masilios y los masesilios— se disputaron el poder. De esa pugna emergió la figura decisiva de Masinisa, que tras aliarse con Roma y combatir junto a Escipión en la batalla de Zama (202 a.C.), que selló la derrota de Aníbal y de Cartago, unificó a los pueblos bereberes en un solo Estado: el reino de Numidia, con capital en Cirta, la actual Constantina.
Masinisa gobernó durante décadas hasta su muerte, hacia 148 a.C., y convirtió a Numidia en una potencia agrícola y militar. Su nieto Yugurta desafió abiertamente a Roma en una larga guerra (112-105 a.C.) que terminó con su captura y muerte, y que anunció el fin de la independencia numida. Poco a poco, los reinos bereberes cayeron bajo la órbita romana, pero la identidad amazigh —su lengua, el tamazight, y su arraigo a la tierra— sobrevivió a todos los imperios que vendrían después.
Tras la destrucción de Cartago en 146 a.C. y la anexión de Numidia, Roma hizo del norte de la actual Argelia una de las regiones más prósperas de su imperio. Formaba parte de las provincias del África romana y de la Mauritania Cesariense, y se convirtió en un inmenso granero: sus llanuras producían el trigo y el aceite de oliva que alimentaban a Roma, y sus ciudades florecieron con foros, teatros, termas y arcos triunfales.
Dos de ellas son hoy joyas del patrimonio mundial. Timgad, la antigua Thamugadi, fue fundada de la nada por el emperador Trajano hacia el año 100 d.C. como colonia para los veteranos de la Legio III Augusta; su trazado en cuadrícula casi perfecto, con el cardo y el decumano cruzándose en ángulo recto, su arco de Trajano y hasta su biblioteca pública la convirtieron en un modelo de urbanismo romano, «la Pompeya de África». Djémila, la antigua Cuicul, fue levantada poco antes, bajo el emperador Nerva, encaramada en un espolón de montaña a casi 900 metros de altura, y conserva templos, foros y unos mosaicos deslumbrantes.
El norte de África fue también un gran centro del cristianismo primitivo. De la ciudad de Hipona (la actual Annaba) fue obispo Agustín, nacido en 354 en Tagaste, autor de las Confesiones y de La ciudad de Dios, uno de los pensadores más influyentes de la historia de Occidente. San Agustín murió en el año 430, durante el asedio de Hipona por los vándalos, el pueblo germánico que arrasó el África romana. Tras los vándalos llegaron los bizantinos en el siglo VI, que reconquistaron parte del territorio, pero el poder romano ya se apagaba y una nueva era estaba por comenzar.
En el siglo VII, la expansión del islam desde Arabia alcanzó el Magreb. Las primeras incursiones árabes en el norte de África comenzaron hacia 647, y en 670 el general Uqba ibn Nafi fundó Kairuán, en la vecina Túnez, como base de la conquista. Pero el avance no fue fácil: los bereberes opusieron una resistencia feroz, encarnada en figuras legendarias como el rey Kusayla y, sobre todo, la Kahina (Dihya), una reina guerrera bereber que hacia finales del siglo VII lideró la lucha contra los ejércitos omeyas antes de ser derrotada.
Hacia comienzos del siglo VIII, el Magreb quedó incorporado al califato, y la mayoría de los bereberes adoptaron el islam, aunque conservaron su lengua y muchas de sus costumbres. Muchos se sumaron con entusiasmo a la expansión musulmana: buena parte de los ejércitos que conquistaron la península ibérica a partir de 711 estaban formados por bereberes norteafricanos.
La islamización no borró las tensiones. Los bereberes, que a menudo se sentían tratados como súbditos de segunda por las élites árabes, abrazaron con frecuencia corrientes del islam que expresaban su rebeldía, como el jariyismo. En 740 estalló una gran revuelta bereber contra el califato omeya, y de ese fermento surgieron los primeros Estados independientes del Magreb. La religión musulmana y la lengua árabe echaron raíces profundas, pero se fundieron con el sustrato amazigh en una síntesis cultural que define a Argelia hasta hoy.
Entre los siglos VIII y XVI, el territorio argelino fue el escenario de una sucesión de dinastías, muchas de ellas bereberes, que dejaron una huella profunda. La primera fue el imamato rustamí, fundado en 776 con capital en Tahert (la actual Tiaret): un Estado ibadí, austero y comerciante, que prosperó gracias a las rutas del oro y los esclavos que cruzaban el Sahara, hasta que fue destruido por los fatimíes en el siglo X.
Los fatimíes, una dinastía chií, nacieron precisamente en suelo argelino, apoyados por los bereberes kutama de la Pequeña Cabilia, antes de conquistar Egipto y fundar El Cairo. Al marcharse hacia el este dejaron el Magreb central en manos de sus aliados bereberes, los ziríes y su rama, los hammadíes, que fundaron ciudades como la Qal’a de los Banu Hammad —hoy Patrimonio de la Humanidad— y engrandecieron Béjaïa. En el siglo XI, la llegada de las tribus árabes de los Banu Hilal transformó el paisaje humano y aceleró la arabización de las llanuras.
Más tarde, dos grandes imperios bereberes surgidos en el actual Marruecos —los almorávides y los almohades— unificaron todo el Magreb y al-Ándalus. Cuando el imperio almohade se desmoronó en el siglo XIII, el occidente argelino quedó en manos de la dinastía de los zayyaníes (o abdalwadíes), que hicieron de Tlemcen su brillante capital durante más de tres siglos, un foco de arte hispano-morisco, ciencia y comercio, hasta la llegada de los otomanos.
A comienzos del siglo XVI, la costa argelina quedó atrapada entre dos fuerzas: la España de los Reyes Católicos, que tras la caída de Granada extendía su avance hacia el Magreb y ocupaba plazas como Orán (1509), y el Imperio otomano, en plena expansión por el Mediterráneo. En ese contexto irrumpieron los hermanos Barbarroja, corsarios de origen griego al servicio del islam: Aruj se apoderó de Argel en 1516, y tras su muerte su hermano Jeireddín (Hayreddín) puso la ciudad bajo la soberanía del sultán otomano en 1519.
Nació así la Regencia de Argel, una provincia otomana de amplísima autonomía gobernada sucesivamente por beylerbeys, pachás, agás y, finalmente, deys. Argel se convirtió en una de las grandes potencias corsarias del Mediterráneo: sus flotas asaltaban los barcos cristianos y las costas europeas, capturando cautivos que eran rescatados o vendidos como esclavos. Se calcula que a lo largo de los siglos cientos de miles de europeos pasaron por los baños de Argel; entre ellos estuvo, célebremente, Miguel de Cervantes, cautivo en la ciudad entre 1575 y 1580.
La Regencia fue un Estado próspero y temido, con una identidad propia dentro del mundo otomano. Pero hacia el siglo XVIII y comienzos del XIX su poder marítimo declinó frente a las armadas europeas. El episodio que precipitó su final fue diplomático y casi absurdo: en 1827, en una disputa por una deuda impagada, el dey Hussein golpeó al cónsul francés con su abanico o espantamoscas. Francia usó aquel «agravio» como pretexto para preparar una invasión que cambiaría la historia del país.
El 5 de julio de 1830, tras un desembarco masivo, las tropas francesas entraron en Argel y el dey Hussein capituló. Lo que había empezado como una expedición de castigo se transformó en una empresa de conquista y colonización que se prolongaría más de un siglo. Francia se anexionó Argelia de manera gradual y sangrienta, convirtiéndola en algo distinto de una simple colonia: en 1848 fue declarada parte integral del territorio francés, organizada en departamentos como si fuera una prolongación de la metrópoli al otro lado del Mediterráneo.
La resistencia fue inmediata y tenaz. Su gran figura fue el emir Abd el-Kader, un joven jefe religioso y militar que a partir de 1832 unificó a numerosas tribus del oeste y del interior y construyó un verdadero Estado, con administración, ejército y capital móvil. Durante quince años libró una guerra contra un ejército muy superior, y aunque firmó treguas como el tratado de la Tafna (1837), la lucha se reanudó. Frente a él, el general Bugeaud aplicó una guerra de tierra quemada —las brutales razzias, la destrucción de cosechas y aldeas, e incluso matanzas por asfixia de poblaciones refugiadas en cuevas— que causó una enorme mortandad. Abd el-Kader se rindió finalmente en 1847 y fue desterrado; hoy es venerado como padre de la nación argelina.
La colonización avanzó entonces con toda su fuerza. Llegaron colonos europeos —franceses, pero también españoles, italianos y malteses— que formarían la comunidad de los pieds-noirs, y se apropiaron de las mejores tierras. Los musulmanes fueron despojados, sometidos a un régimen jurídico discriminatorio (el «código del indígena») y reducidos a la condición de súbditos sin ciudadanía plena, mientras el decreto Crémieux de 1870 sí otorgaba la ciudadanía francesa a los judíos de Argelia. Insurrecciones como la gran revuelta de la Cabilia de 1871 fueron aplastadas con dureza. Sobre ese despojo y esa humillación se incubó, durante generaciones, el nacionalismo argelino.
El nacionalismo argelino maduró en la primera mitad del siglo XX, alimentado por pensadores y militantes como Messali Hadj y Ferhat Abbas, y por la frustración de las promesas incumplidas tras las dos guerras mundiales, en las que muchos argelinos combatieron por Francia. Un punto de quiebre fueron las masacres de Sétif y Guelma, el 8 de mayo de 1945: una manifestación nacionalista, reprimida con extrema violencia, dejó miles de muertos musulmanes y marcó a toda una generación.
El 1 de noviembre de 1954, el recién creado Frente de Liberación Nacional (FLN) lanzó una serie de ataques coordinados que dieron inicio a la guerra de independencia; esa fecha, la «Toussaint Rouge», es hoy la fiesta nacional argelina. El conflicto fue largo y atroz por ambos bandos. El FLN, a través de su brazo armado, combinó la guerrilla rural con atentados urbanos; Francia respondió con un despliegue de cientos de miles de soldados, la tortura sistemática —documentada durante la llamada batalla de Argel de 1957— y el desplazamiento forzado de millones de campesinos a campos de reagrupamiento. La guerra dividió profundamente a la propia sociedad francesa y provocó, en 1958, la caída de la Cuarta República y el regreso al poder de Charles de Gaulle.
Tras años de combates y de negociaciones, los acuerdos de Évian, firmados el 18 de marzo de 1962, dispusieron un alto el fuego, y un referéndum abrumador condujo a la independencia, proclamada el 5 de julio de 1962. El costo humano fue inmenso y sus cifras siguen siendo objeto de debate: los historiadores estiman entre varios cientos de miles y cerca de un millón de muertos, mientras que la memoria oficial argelina habla de un millón y medio de «mártires». El final estuvo teñido de tragedia: la violencia de la organización terrorista OAS, el éxodo de casi un millón de pieds-noirs, y la matanza de miles de harkis —los argelinos que habían servido a Francia— abandonados a su suerte. Argelia nacía como nación soberana, pero con heridas que tardarían generaciones en cerrar.
La joven república nació bajo la hegemonía del FLN, convertido en partido único. Su primer presidente, Ahmed Ben Bella, fue derrocado en 1965 por un golpe de su ministro de Defensa, Houari Boumédiène, que gobernó hasta su muerte en 1978 e impuso un modelo de socialismo de Estado, nacionalizó los hidrocarburos —la gran riqueza del país— y proyectó a Argelia como líder del Tercer Mundo y del no alineamiento. Le sucedió Chadli Bendjedid, bajo cuyo mandato la caída de los precios del petróleo y el descontento social desembocaron en las revueltas de octubre de 1988.
Esas protestas forzaron una apertura democrática y el fin del partido único. Pero cuando el Frente Islámico de Salvación (FIS) se encaminaba a ganar las primeras elecciones legislativas pluralistas, el ejército anuló el proceso en enero de 1992 y forzó la renuncia de Bendjedid. La reacción islamista y la represión desataron la «década negra», una guerra civil atroz que entre 1992 y comienzos de los 2000 causó del orden de cien mil a doscientos mil muertos, con masacres de aldeas enteras cuya autoría todavía se discute. Fue uno de los capítulos más dolorosos de la historia del país, y conviene nombrarlo con sobriedad y con respeto por sus víctimas.
La guerra se apagó bajo la presidencia de Abdelaziz Bouteflika, elegido en 1999, que impulsó una política de «concordia civil» y gobernó durante veinte años, marcados por la reconstrucción pero también por la corrupción y el inmovilismo. En febrero de 2019, cuando Bouteflika —anciano y enfermo— pretendía un quinto mandato, estalló el Hirak, un movimiento popular pacífico y masivo que recorrió todo el país y logró su renuncia en abril de ese año. En diciembre de 2019 fue elegido presidente Abdelmadjid Tebboune. Hoy Argelia es una potencia energética y regional, joven en su población y milenaria en su historia, que sigue buscando el equilibrio entre su herencia amazigh y árabe, las demandas de libertad y el peso de un pasado tan glorioso como doloroso.
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Argel se alza en anfiteatro sobre una bahía del Mediterráneo, y sus casas encaladas le valieron el apodo de «Argel la Blanca» (Alger la Blanche). Sus orígenes son antiguos: en el mismo emplazamiento existió Icosium, una modesta ciudad púnica y luego romana. Pero la Argel que conocemos nació en el siglo X: hacia el año 960, el príncipe bereber zirí Bologhine ibn Ziri refundó la ciudad sobre las ruinas romanas.
Su nombre árabe, al-Jazair, «las islas», alude a unos islotes que había frente a la costa y que más tarde se integraron al puerto. Durante siglos fue una ciudad portuaria de importancia media, disputada por dinastías bereberes y por la presión española.
Todo cambió en el siglo XVI, cuando los corsarios Barbarroja la tomaron y la pusieron bajo soberanía otomana. Argel se convirtió entonces en la capital de la Regencia, una de las grandes potencias corsarias del Mediterráneo, y en el centro político desde el que se gobernaría el país hasta la actualidad.
El corazón histórico de Argel es la Casba, un casco antiguo que cae en cascada desde la ciudadela otomana hasta el puerto, en un laberinto vertiginoso de callejones, escaleras, casas con patios ocultos, mezquitas y palacios. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1992, es uno de los conjuntos urbanos islámicos más impresionantes del Mediterráneo, testigo de la Argel otomana.
La Casba no es solo un tesoro arquitectónico: es un símbolo. Durante la guerra de independencia, su intrincado dédalo de callejones se convirtió en el refugio y el campo de batalla de los combatientes del FLN. La célebre batalla de Argel de 1957, con sus atentados, redadas y torturas, se libró en buena parte en estas calles, inmortalizadas después en el clásico del cine de Gillo Pontecorvo.
Hoy la Casba, densamente poblada y en parte deteriorada, es objeto de esfuerzos de restauración para preservar su trama única. Recorrerla es sumergirse a la vez en la Argel corsaria y en la memoria de la lucha por la libertad.
Cuando Francia tomó Argel en 1830, la ciudad se transformó. Los ocupantes derribaron parte de la Casba baja para abrir amplios bulevares y levantaron una ciudad europea de fachadas blancas con arcadas frente al mar, de estilo haussmanniano, que todavía define la imagen de la Argel moderna. Sobre una colina se alzó la basílica de Notre-Dame d’Afrique, consagrada en 1872, con su famosa inscripción que pide rezar «por nosotros y por los musulmanes».
Argel fue el centro del poder colonial y, durante la Segunda Guerra Mundial, tras el desembarco aliado de 1942, llegó a ser capital de la Francia Libre en el norte de África. Después fue el gran escenario de la guerra de independencia y, desde 1962, la capital de la Argelia soberana.
Hoy Argel es una metrópoli de varios millones de habitantes, sede del gobierno y motor del país. Combina la herencia otomana de la Casba, la arquitectura colonial francesa del centro, monumentos de la era socialista como el imponente Maqam Echahid (el Monumento al Mártir) y barrios modernos que trepan por las colinas. Es una ciudad mediterránea, bulliciosa y cargada de historia.
A unos setenta kilómetros al oeste de Argel, sobre acantilados que caen a un mar turquesa, se extienden las ruinas de Tipasa, uno de los yacimientos más bellos del Mediterráneo. Fue primero un enclave comercial púnico y después una importante ciudad romana y luego paleocristiana, con foro, teatro, termas, villas y basílicas cuyas columnas se recortan hoy contra el azul del mar. La UNESCO la inscribió en 1982 como Patrimonio de la Humanidad.
Tipasa está indisolublemente ligada a Albert Camus, el escritor francoargelino nacido en 1913 cerca de Annaba y premio Nobel de Literatura. En su lírico ensayo «Bodas en Tipasa» (Noces à Tipasa), Camus cantó la comunión sensual entre las ruinas, el sol, el mar y las flores de esta costa, convirtiéndola en uno de los grandes lugares literarios del Mediterráneo.
Cerca de allí se alza otro monumento enigmático: el llamado Mausoleo Real de Mauritania, una gran tumba circular de piedra atribuida a la reina Cleopatra Selene y al rey Juba II, testimonio del reino bereber-romano que gobernó esta región. Tipasa reúne así, en pocos kilómetros de costa, la memoria púnica, romana, real y literaria del centro argelino.
En el extremo sureste del país, cerca de Djanet, se extiende la meseta del Tassili n’Ajjer, un paisaje lunar de «bosques de piedra», arcos naturales y cañones esculpidos por la erosión durante millones de años. Pero su mayor tesoro no es geológico, sino artístico: sus paredes guardan una de las mayores y más antiguas galerías de arte rupestre del mundo, con miles de pinturas y grabados que llegan hasta unos doce mil años de antigüedad.
Esas imágenes son un archivo asombroso del pasado del Sahara. Muestran que este desierto, hoy uno de los lugares más áridos de la Tierra, fue en otras épocas una sabana verde y húmeda, poblada de elefantes, jirafas, hipopótamos y cocodrilos, y habitada por cazadores y por pastores con sus rebaños. Las escenas de caza, danza, ganado y vida cotidiana permiten seguir, milenio a milenio, la desecación del Sahara y la transformación de sus pobladores.
La UNESCO reconoció el valor excepcional del Tassili n’Ajjer inscribiéndolo en 1982 como Patrimonio de la Humanidad, tanto por su riqueza arqueológica como por su geología y su biodiversidad. Recorrer sus mesetas, con guías tuareg, es viajar a la vez a un paisaje de otro planeta y a los orígenes del arte y de la humanidad.
Djanet es el gran oasis del sureste argelino y la puerta de entrada al Tassili y al desierto profundo. Es un pueblo de palmerales y casas de tierra habitado sobre todo por tuareg, el pueblo bereber nómada del Sahara, conocido por sus «hombres azules» —por el índigo de sus turbantes— y por una cultura milenaria adaptada al desierto, con su lengua tamahaq y su escritura tifinagh.
Al sur de Djanet se abre la Tadrart Rouge, un rincón espectacular de dunas anaranjadas gigantescas, arcos de piedra, cañones y lagunas fósiles, considerado uno de los paisajes más bellos de todo el Sahara. Se recorre en vehículos 4x4 y acampando bajo las estrellas, con la guía imprescindible de los tuareg, que conocen cada pista y cada fuente de este territorio inmenso y sin caminos.
Djanet es también un centro de la cultura tuareg, con sus festivales, su música y su artesanía de plata y cuero. Su ambiente pausado, sus atardeceres sobre las dunas y su cielo nocturno purísimo hacen de la región una de las experiencias más intensas que ofrece Argelia a quien se aventura hasta el corazón del Sahara.
En el centro del Sahara argelino se levanta el Hoggar (Ahaggar), un macizo volcánico de una belleza sobrecogedora, un mundo de agujas de basalto, picos afilados y mesetas negras que se elevan sobre el desierto. Sus cumbres, como el monte Tahat, la más alta de Argelia, superan los 2.900 metros, y el aire fresco de la altura contrasta con el calor de las llanuras circundantes.
Su punto más famoso es el Assekrem, a más de 2.700 metros, célebre por sus amaneceres y atardeceres, cuando la luz incendia las siluetas dentadas de los picos volcánicos en uno de los espectáculos naturales más impresionantes del planeta. Allí, en 1911, el sacerdote y explorador francés Charles de Foucauld estableció una ermita para vivir entre los tuareg; su figura, y el estudio pionero que hizo de la lengua tamahaq, siguen ligados a estas montañas.
La capital de la región es Tamanrasset, un oasis que es el gran centro tuareg del sur y base para explorar el macizo, siempre con guías locales y permisos. El Hoggar es el territorio de los Kel Ahaggar, una confederación tuareg históricamente dirigida por un jefe supremo, el amenokal. Paisaje volcánico, espiritualidad del desierto y cultura tuareg se funden en este rincón mítico del Gran Sur argelino.
Constantina es una de las ciudades más antiguas y espectaculares de Argelia. Encaramada sobre una roca cortada por el profundo cañón del río Rhummel, fue la antigua Cirta, capital del reino de Numidia y sede del gran rey bereber Masinisa en el siglo II a.C. Su posición, casi inexpugnable, la convirtió durante milenios en una plaza fuerte codiciada.
Su nombre actual proviene del emperador romano Constantino el Grande, que la reconstruyó tras una destrucción y le dio su nombre hacia el año 313. Bajo Roma, Cirta-Constantina fue una ciudad rica y populosa, capital de una confederación de colonias. Más tarde pasó por manos vándalas, bizantinas, árabes y otomanas, siempre conservando su papel de gran centro del este argelino.
Su rasgo más asombroso son los puentes. La ciudad, partida por la garganta del Rhummel, está cosida por una serie de pasarelas vertiginosas —como el puente colgante de Sidi M’Cid, inaugurado en 1912 y durante un tiempo uno de los más altos del mundo— que le valieron el apodo de «la ciudad de los puentes». Con su medina, sus mezquitas otomanas y sus palacios, Constantina es también un centro de la música andalusí y de la tradición erudita argelina.
En una llanura desnuda al pie de los montes Aurès se despliega Timgad, la antigua Thamugadi, quizá el mejor ejemplo de urbanismo romano que se conserva. Fue fundada de la nada por el emperador Trajano hacia el año 100 d.C. como colonia para los veteranos de la Legio III Augusta, y concebida sobre un plano ortogonal casi perfecto, con el cardo y el decumano cruzándose en el centro.
Enterrada durante siglos por las arenas del desierto, Timgad se conservó extraordinariamente bien. Hoy se pueden recorrer sus calles empedradas con las marcas de los carros, su foro, su teatro para miles de espectadores, sus termas, su arco de Trajano y hasta los restos de una biblioteca pública, un lujo poco común en el mundo antiguo. Una inscripción hallada en la ciudad resume con humor el espíritu de sus habitantes: «cazar, bañarse, jugar y reír: eso es vivir».
Timgad prosperó como centro agrícola y cristiano hasta que fue saqueada por los vándalos y por incursiones bereberes, y finalmente abandonada. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1982. Perderse entre sus ruinas doradas, con las montañas de fondo, es una de las experiencias más impresionantes que ofrece la Argelia romana.
Si Timgad asombra por su trazado geométrico en la llanura, Djémila —cuyo nombre significa «la bella» en árabe— seduce por su emplazamiento. La antigua Cuicul fue fundada bajo el emperador Nerva, a finales del siglo I, sobre un estrecho espolón rocoso a casi 900 metros de altura, entre dos barrancos. Los ingenieros romanos tuvieron que adaptar el plano ideal de la ciudad al terreno accidentado, y de ahí nació un conjunto urbano de una armonía singular.
Djémila conserva un foro, templos, basílicas, arcos, mercados y casas, y sobre todo una extraordinaria colección de mosaicos, hoy reunidos en su museo, que están entre los más bellos del mundo romano. Fue también un importante centro cristiano en la Antigüedad tardía, con sus basílicas y su baptisterio.
Como Timgad, Djémila fue abandonada tras las invasiones y quedó olvidada hasta su excavación en el siglo XX. Inscrita en la lista de la UNESCO en 1982, es uno de los conjuntos romanos mejor conservados del mundo. Timgad y Djémila, juntas, hacen del noreste argelino un destino de primer orden para quien quiera entender el esplendor del África romana.
En la costa nororiental, cerca de la frontera con Túnez, se extiende Annaba, una ciudad mediterránea de ambiente relajado que fue una de las grandes urbes de la Antigüedad: la Hipona romana (Hippo Regius), antigua capital de reyes númidas y luego floreciente ciudad romana y puerto.
Hipona es célebre sobre todo por San Agustín, uno de los pensadores más influyentes de la historia de Occidente. Nacido en 354 en la cercana Tagaste, Agustín fue obispo de Hipona desde 396 hasta su muerte, en el año 430, mientras los vándalos asediaban la ciudad. Allí escribió buena parte de su obra, incluidas las Confesiones y La ciudad de Dios. Sobre la colina que domina las ruinas de Hipona, los franceses levantaron a finales del siglo XIX la monumental basílica de San Agustín, que conserva una reliquia del santo y sigue siendo lugar de peregrinación.
Hoy Annaba es una ciudad industrial y portuaria importante, con playas mediterráneas, un centro histórico animado y las evocadoras ruinas de Hipona, donde columnas y mosaicos recuerdan que aquí vivió y murió uno de los grandes padres de la Iglesia. Es la puerta oriental de Argelia y un cruce de historias romana, cristiana y árabe.
Tlemcen, en el extremo noroeste del país, cerca de la frontera con Marruecos, es una de las ciudades más refinadas de Argelia. Sobre un emplazamiento con raíces romanas (Pomaria), floreció con las dinastías bereberes y alcanzó su cénit entre 1235 y 1554 como capital del reino de los zayyaníes (o abdalwadíes), que la convirtieron en un gran centro político, comercial y cultural del Magreb.
Como cruce de rutas entre el Sahara, el Magreb y al-Ándalus, Tlemcen se llenó de sabios, comerciantes y artistas, muchos de ellos andalusíes que huían de la Reconquista. De ese esplendor quedan monumentos espléndidos: la Gran Mezquita, de época almorávide (finales del siglo XI), con su bellísimo mihrab; las ruinas de Mansourah, la ciudad fortificada que los meriníes levantaron para asediarla; y el complejo de Sidi Boumediene, dedicado a un venerado santo sufí.
Tlemcen es considerada una capital del arte hispano-morisco y de la música andalusí en Argelia, y en 2011 fue designada «capital de la cultura islámica». Rodeada de cascadas, olivares y mesetas, conserva un aire aristocrático y andalusí que la distingue del resto del país.
Orán, la segunda ciudad de Argelia, fue fundada hacia el año 903 por marinos y comerciantes andalusíes, y su historia quedó marcada por la cercanía de la península ibérica. En 1509, en el marco de la expansión de los Reyes Católicos por el Magreb, España conquistó la ciudad y la mantuvo, con intervalos, durante casi tres siglos, hasta 1792, dejando fortificaciones imponentes como el fuerte de Santa Cruz, que domina la bahía desde lo alto de una montaña.
Tras la retirada española, Orán quedó bajo la Regencia otomana de Argel, y en el siglo XIX se convirtió en una de las principales ciudades de la Argelia francesa, con una fuerte presencia de colonos españoles. En 1962, con la independencia, vivió el éxodo masivo de su población europea. Camus situó en Orán su célebre novela «La peste», usando la ciudad como escenario de su parábola sobre el mal y la solidaridad.
Orán es hoy una ciudad mediterránea, alegre y musical, mundialmente conocida como la cuna del raï, un género popular nacido en sus barrios que fusiona tradición y modernidad y que artistas como Khaled llevaron a la fama internacional. Con su mezcla de herencias andalusí, española, otomana y francesa, Orán encarna el carácter cosmopolita del noroeste argelino.
El noroeste argelino, la región del Orán histórico (el Oranesado), ha sido siempre una tierra de fronteras. Su proximidad a Marruecos y a España hizo de él un espacio de intercambios y de conflictos: aquí desembarcaron los ejércitos españoles, aquí se refugiaron los moriscos expulsados de la península, y aquí se mezclaron durante siglos las culturas bereber, árabe, andalusí y europea.
Esa condición fronteriza dejó una impronta cultural única. La música andalusí de Tlemcen y el raï popular de Orán, tan distintos entre sí, nacen ambos de ese cruce de tradiciones. La lengua, la gastronomía y las costumbres de la región conservan préstamos y ecos de todos los pueblos que pasaron por ella.
Hoy el noroeste es una de las regiones más dinámicas y pobladas del país, con Orán como gran polo económico y cultural, y Tlemcen como custodio de su memoria más noble. Recorrerlo es seguir el hilo de al-Ándalus y del Mediterráneo occidental en tierra africana.
Al este de Argel, un macizo de montañas escarpadas y valles profundos forma la Cabilia (Kabylie), la región más emblemáticamente bereber de Argelia. Sus habitantes, los cabilios (kabyles), son un pueblo amazigh que conservó a lo largo de todos los imperios su lengua —el tamazight, en su variante cabilia—, sus aldeas de montaña y una fuerte organización comunitaria tradicional.
La geografía abrupta de la Cabilia fue durante siglos un refugio de independencia. Aquí la resistencia a la conquista francesa fue especialmente tenaz, y en 1871 estalló la gran insurrección de Mokrani, una de las mayores revueltas contra el dominio colonial, aplastada con dureza y seguida de duras confiscaciones de tierras.
La Cabilia ha sido también, en la Argelia independiente, el epicentro de la reivindicación de la identidad amazigh. La «Primavera Bereber» de 1980 y las protestas posteriores exigieron el reconocimiento de la lengua y la cultura tamazight, que finalmente fue declarada lengua nacional y oficial. Región de emigración, de intelectuales y de una vibrante vida cultural, la Cabilia es el alma bereber de la Argelia contemporánea.
Tizi Ouzou es la capital de la Alta Cabilia y el principal centro urbano de la región, un nudo de vida cultural, universitaria y política. Su nombre significa, en cabilio, «el collado de las retamas». Rodeada de montañas y de pueblos tradicionales encaramados en las alturas, es la puerta de entrada a uno de los paisajes más bellos del norte de Argelia.
Al sur se alza el macizo del Djurdjura, la cordillera más imponente de la Cabilia, protegida por un parque nacional. Sus cumbres, que superan los 2.300 metros y se cubren de nieve en invierno, sus bosques de cedros, sus cascadas y sus profundas grutas ofrecen un contraste asombroso con la imagen desértica que suele asociarse a Argelia.
La región de Tizi Ouzou es célebre por su artesanía —joyería de plata, cerámica y tejidos con los característicos motivos geométricos bereberes— y por su música, que llevó al mundo a artistas cabilios como Idir o Lounès Matoub. Es una tierra de fuerte identidad, donde el paisaje de montaña y la cultura amazigh se funden en una experiencia única.
En la costa, al pie de las montañas de la Pequeña Cabilia, se abre Béjaïa, un puerto mediterráneo de gran belleza y de una historia sorprendente. Fue la antigua Saldae romana, pero su gran momento llegó en la Edad Media: hacia 1090 se convirtió en capital de la dinastía bereber de los hammadíes, que la engrandecieron hasta hacer de ella una de las ciudades más florecientes y cultas del Magreb, con puerto, arsenal y madrasas.
De aquella Béjaïa medieval —que los europeos llamaban Bugía— procede incluso una palabra cotidiana: por sus exportaciones de cera para velas, la ciudad dio nombre a la «bougie», la vela en francés. Pero su legado más asombroso es matemático: a finales del siglo XII, el joven Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci, aprendió aquí, donde su padre era mercader, el sistema de numeración indo-arábigo, y a su regreso a Italia lo difundió por Europa en su célebre «Liber Abaci». Los números que usamos hoy pasaron por Béjaïa.
Más tarde, la ciudad conoció una breve ocupación española y la etapa otomana, antes de la colonización francesa. Hoy Béjaïa es un puerto vivo, base de la exploración de la costa cabilia, con el parque nacional de Gouraya sobre la ciudad, la pintoresca Corniche y calas de aguas cristalinas como las del cabo Carbón. Naturaleza, historia y cultura amazigh se dan cita en este rincón mediterráneo.
En pleno desierto, a unos 600 kilómetros al sur de Argel, el valle del M’zab guarda uno de los conjuntos urbanos más originales del mundo. Allí, en torno al año 1050 y en los siglos siguientes, una comunidad musulmana ibadí —los mozabíes, herederos de aquel islam austero y disidente que ya había florecido en el reino rustamí— fundó cinco ciudades-oasis fortificadas (ksour): Ghardaïa, Beni Isguen, Melika, Bou Noura y El Atteuf.
Cada ciudad se organiza igual: una pirámide de casas de tierra ocre, rosa y blanca que trepa por una colina hasta la mezquita, cuyo alminar preside el conjunto como un faro. Rodeadas de murallas y de palmerales irrigados con ingenio, estas ciudades encarnan un urbanismo comunitario, igualitario y perfectamente adaptado al clima extremo del desierto.
Esa perfección funcional maravilló a los arquitectos modernos: Le Corbusier visitó el M’zab y se inspiró en él, y Fernand Pouillon lo admiró abiertamente. La UNESCO inscribió el valle en su lista de Patrimonio de la Humanidad en 1982. Los mozabíes, célebres además por su laboriosidad comercial, mantienen vivas hasta hoy sus tradiciones religiosas y sociales, lo que hace del M’zab un lugar tan bello como singular.
Ghardaïa es la mayor y más animada de las ciudades del M’zab, y su verdadera capital. Fundada en el siglo XI, se despliega en anfiteatro alrededor de su mezquita, con calles estrechas que suben y bajan y un famoso zoco porticado de forma casi triangular en su corazón, uno de los mercados más pintorescos del Sahara.
La ciudad conserva con firmeza las costumbres de la comunidad ibadí: barrios reservados, normas comunitarias estrictas y una vida religiosa intensa. En Beni Isguen, la más conservadora de las cinco ciudades, el acceso de los visitantes está regulado y aún se celebra una curiosa subasta tradicional al atardecer.
Ghardaïa es también un gran centro de artesanía —alfombras de lana con motivos geométricos, joyería, cobre— y la puerta de entrada al Sahara para muchos viajeros. Su arquitectura de tierra, sus palmerales y su modo de vida milenario hacen de ella una de las escalas más fascinantes del sur argelino, donde el desierto y una civilización urbana única conviven desde hace mil años.
Más al oeste, en la región del Gourara, al borde del Gran Erg Occidental —uno de los grandes mares de dunas del Sahara—, se encuentra Timimoun, conocida como «el oasis rojo» por el color ocre y rojizo de su tierra y sus construcciones. Es, para muchos, una de las estampas más fotogénicas de todo el Sahara argelino.
Su arquitectura es de estilo sudanés: muros de adobe decorados con motivos geométricos y almenas puntiagudas, en un tono rojizo que se enciende con la luz del atardecer. Alrededor se extienden palmerales y un rosario de aldeas y oasis alimentados por las foggaras, un ingenioso sistema de galerías subterráneas que capta el agua del subsuelo y la conduce por gravedad hasta los cultivos, una tecnología ancestral heredada de siglos.
Timimoun y el Gourara son también un foco de cultura sahariana, con una población que mezcla raíces bereberes, árabes y africanas, y con manifestaciones musicales y festivas propias, como el ahellil, canto colectivo del Gourara reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial. Con sus dunas, sus palmeras y su tierra roja, Timimoun es una de las grandes puertas al Sahara profundo de Argelia.