Los primeros habitantes del territorio angoleño fueron pueblos cazadores-recolectores emparentados con los actuales khoisan, cuyo rastro se remonta a la Edad de Piedra. Vivían de la caza, la recolección y la pesca en un territorio inmenso y variado, que va de las selvas húmedas del norte a los desiertos del sur, y dejaron su huella en pinturas rupestres repartidas por el país. Todavía hoy sobreviven pequeñas comunidades de cazadores-recolectores en las zonas más áridas del sureste, últimos herederos de aquel poblamiento original.
A partir del primer milenio antes de nuestra era y durante los siglos siguientes, la gran expansión bantú transformó por completo el mapa humano de la región. Pueblos agricultores y trabajadores del hierro que venían del norte, del entorno de Camerún y Nigeria, se fueron desplazando hacia el sur y el este, trayendo la agricultura, la ganadería y la metalurgia. Fueron desplazando o absorbiendo a los pobladores khoisan, que quedaron reducidos a los rincones más inhóspitos.
De esa expansión nacieron los grandes pueblos que todavía definen a Angola: los bakongo del norte, los ambundu (o mbundu) de la región central en torno a Luanda, los ovimbundu de la meseta central —hoy el grupo más numeroso del país—, y otros como los lunda-chokwe del este o los ovambo del sur. Cada uno con su lengua, sus jefaturas y sus formas de organización, esos pueblos serían la base sobre la que se levantarían, siglos después, los grandes reinos africanos de Angola.
Hacia el siglo XIV, en el norte del actual Angola y en tierras que se extendían hasta el Congo actual, surgió el Reino del Kongo, uno de los estados más grandes, ricos y organizados del África precolonial. Su capital era Mbanza Kongo, una ciudad populosa asentada en una meseta, desde donde el manikongo —el rey— gobernaba un territorio dividido en provincias, con un sistema de tributos, comercio y una moneda de conchas (el nzimbu). El Kongo comerciaba marfil, cobre, tejidos de rafia y sal a lo largo de amplias redes.
El encuentro con Europa llegó en 1483, cuando el navegante portugués Diogo Cão alcanzó la desembocadura del río Congo. Al principio, la relación entre el Kongo y Portugal fue de reyes a reyes, casi de igual a igual. El rey Nzinga a Nkuwu se convirtió al cristianismo y adoptó el nombre de João I; su hijo, el célebre Afonso I (que reinó desde 1509), abrazó a fondo la fe católica, hizo educar a nobles en Portugal y convirtió a Mbanza Kongo —rebautizada São Salvador— en un centro cristiano, con iglesias de piedra y un obispado.
Pero esa alianza cargaba una semilla venenosa: el comercio de esclavos. La demanda portuguesa de cautivos para las plantaciones atlánticas creció sin freno y desbordó cualquier control. Afonso I llegó a escribir cartas al rey de Portugal protestando por el saqueo de su pueblo, sin lograr detenerlo. La trata desestabilizó al reino, alimentó guerras y, con el tiempo, lo debilitó. El golpe decisivo llegó en 1665, en la batalla de Mbwila, donde los portugueses derrotaron y decapitaron al rey del Kongo, hundiendo al estado en guerras civiles de las que ya no se recuperó.
Al sur del Kongo, entre los ríos Cuanza y Lucala, vivía el pueblo mbundu, organizado en el Reino de Ndongo. Su gobernante llevaba el título de ngola —una palabra de la que, andando el tiempo, saldría el nombre "Angola"—. A medida que los portugueses fijaban su atención en la esclavitud y buscaban nuevos socios y nuevas cacerías de cautivos más allá del Kongo, Ndongo se convirtió en su gran objetivo, y desde fines del siglo XVI el reino vivió en guerra casi permanente contra la invasión portuguesa.
En ese escenario de guerra apareció una de las grandes figuras de la historia africana: Njinga Mbande (también escrita Nzinga o Ginga). Nacida hacia 1583, hija del ngola, asumió primero como negociadora y luego como reina de Ndongo (hacia 1624) y de Matamba, el reino vecino que conquistó. Njinga combinó la guerra, la diplomacia y las alianzas más audaces: en 1641 se alió con los neerlandeses de la Compañía de las Indias Occidentales, que habían tomado Luanda a los portugueses, para recuperar territorio.
Durante casi cuarenta años, Njinga fue la pesadilla de la colonización portuguesa. Reorganizó ejércitos, dio refugio a fugitivos de la esclavitud, tejió alianzas cambiantes y se convirtió en un símbolo de la resistencia que ha llegado hasta hoy: es heroína nacional de Angola, con estatuas y calles a su nombre. Firmó la paz con Portugal en 1656 y murió en 1663, ya anciana. Su leyenda quedó grabada incluso en el paisaje: las Pedras Negras de Pungo Andongo, colosales moles de roca de Malanje, guardan relatos que la asocian a la reina guerrera.
La presencia portuguesa dejó de ser puramente comercial y se volvió colonial en 1575, cuando Paulo Dias de Novais desembarcó con soldados y colonos para conquistar Ndongo. Al año siguiente, en 1576, fundó São Paulo de Luanda, la ciudad que sería capital y, sobre todo, el gran puerto negrero de todo el Atlántico sur. Más al sur, en 1617, los portugueses fundaron Benguela como segunda cabecera de la conquista y de la trata.
Lo que siguió fue uno de los capítulos más atroces de la historia moderna. Durante los siglos XVII y XVIII, Angola se convirtió en el principal proveedor de esclavos del imperio portugués, y su destino era, sobre todo, Brasil. Los cálculos de los historiadores son estremecedores: solo entre 1580 y 1680 se estima que más de un millón de personas fueron embarcadas desde Angola hacia Brasil, y a lo largo de todo el ciclo esclavista fueron varios millones. Hombres, mujeres y niños capturados en el interior eran conducidos encadenados hasta la costa y hacinados en los barcos negreros. Es un pasado que hay que nombrar sin eufemismos.
Ese comercio ató a Angola y a Brasil con un vínculo tan estrecho que, a mediados del siglo XVII, cuando los neerlandeses ocuparon Luanda (1641-1648), fue una expedición partida de Brasil, al mando de Salvador Correia de Sá, la que recuperó la ciudad para Portugal en 1648. Angola llegó a funcionar casi como una prolongación del Brasil colonial. La huella de esa deportación masiva sigue viva hoy: buena parte de la cultura afrobrasileña —del candomblé a la capoeira, de la samba a la lengua— hunde sus raíces en los pueblos de Angola.
Durante mucho tiempo, el dominio portugués fue más nominal que real: se limitaba a una franja costera y a algunos fuertes del interior, mientras vastas regiones seguían gobernadas por reinos y jefaturas africanas. Todo cambió con el reparto europeo de África en la Conferencia de Berlín de 1884-85, que obligó a las potencias a ocupar efectivamente los territorios que reclamaban. Portugal lanzó entonces largas y sangrientas campañas de "pacificación" que, entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, sometieron por la fuerza a los pueblos del interior.
Abolida oficialmente la esclavitud, el sistema colonial la reemplazó por otra forma de servidumbre: el trabajo forzado. Bajo distintas figuras legales, los africanos fueron obligados a trabajar en las plantaciones de café, algodón y azúcar, en la construcción de caminos y ferrocarriles, y en las minas, por salarios miserables o directamente sin paga. La mayoría de la población quedó clasificada como indígenas, sin derechos de ciudadanía, sometida a impuestos y a la obligación de trabajar. Solo una pequeña minoría que dominaba el portugués y la cultura colonial podía aspirar al estatus de assimilados.
Con el Estado Novo de Salazar, a partir de 1933, Angola pasó a ser considerada una "provincia ultramarina" de Portugal, y se intensificó la llegada de colonos blancos, que a mediados del siglo XX llegaron a superar el cuarto de millón. Ellos ocupaban las mejores tierras y los empleos calificados, mientras la población africana cargaba con el trabajo forzado y la discriminación. Ese régimen de despojo, humillación y explotación fue incubando el resentimiento que estallaría en la lucha por la independencia.
A mediados del siglo XX, el viento de la descolonización que soplaba en toda África llegó también a Angola, pero chocó con la terquedad de la dictadura portuguesa, que se negaba a soltar sus colonias. La resistencia se organizó en tres movimientos de liberación, cada uno con su base social y sus apoyos externos: el MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola), de orientación marxista y arraigo en Luanda y entre los ambundu, apoyado por la URSS y Cuba; la FNLA (Frente Nacional de Liberación de Angola), con base entre los bakongo del norte; y la UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola), fundada por Jonas Savimbi con apoyo entre los ovimbundu de la meseta central.
La guerra de independencia estalló en 1961, con levantamientos en el norte y ataques a prisiones y plantaciones, y se prolongó como una guerra de guerrillas durante casi tres lustros. Portugal envió decenas de miles de soldados y libró una guerra colonial simultánea en Angola, Mozambique y Guinea. El desgaste de esas guerras interminables fue una de las causas de la Revolución de los Claveles de abril de 1974, que derribó a la dictadura en Lisboa y abrió de golpe la puerta a la descolonización.
Los tres movimientos y Portugal firmaron el Acuerdo de Alvor en enero de 1975, que fijaba una transición conjunta y la independencia para el 11 de noviembre. Pero el acuerdo se derrumbó enseguida: los tres grupos, en vez de gobernar juntos, empezaron a combatir entre sí por el control del país y, sobre todo, de Luanda. Así, el 11 de noviembre de 1975 Angola nació como nación independiente en medio de una guerra: el MPLA proclamó la República Popular de Angola con Agostinho Neto como primer presidente, mientras FNLA y UNITA proclamaban su propio gobierno rival.
La independencia no trajo la paz, sino una de las guerras civiles más largas y devastadoras de África, que se prolongó durante casi tres décadas y quedó atrapada en la lógica de la Guerra Fría. De un lado, el MPLA en el poder, respaldado por la Unión Soviética y por Cuba. Del otro, la UNITA de Savimbi y, en menor medida, la FNLA, apoyadas por Estados Unidos y, sobre todo, por la Sudáfrica del apartheid, que veía en Angola una amenaza y un santuario de la guerrilla namibia.
La intervención extranjera fue enorme y merece contarse con sobriedad, sin épica de bando alguno. A fines de 1975, tropas sudafricanas invadieron desde el sur para frenar al MPLA, y Cuba respondió con un puente aéreo y el envío de decenas de miles de soldados que resultaron decisivos para sostener al gobierno de Luanda. Durante años, Angola fue escenario de una guerra por interpósita persona entre las grandes potencias. El punto de inflexión llegó en 1987-88 con la batalla de Cuito Cuanavale, un enfrentamiento masivo que, junto a la presión diplomática, abrió el camino a los acuerdos de 1988: la retirada de las tropas cubanas y sudafricanas y la independencia de Namibia.
Retirados los extranjeros, la guerra siguió como conflicto interno. Hubo tentativas de paz frustradas —los Acuerdos de Bicesse de 1991 y el Protocolo de Lusaka de 1994— y elecciones en 1992 cuyo resultado la UNITA no aceptó, reanudando la lucha. La guerra solo terminó de verdad en 2002, cuando el ejército angoleño mató en combate a Jonas Savimbi y la UNITA firmó la paz. El saldo fue espantoso: cientos de miles de muertos, millones de desplazados y un país sembrado de minas terrestres, uno de los más minados del mundo.
Con la paz de 2002, Angola encaró una reconstrucción a gran escala impulsada por un recurso colosal: el petróleo. El país se convirtió en uno de los mayores productores de crudo de África, junto con Nigeria, y sumó los diamantes como segunda gran fuente de divisas. Con ese dinero se levantaron carreteras, se rehabilitó el histórico ferrocarril de Benguela y se transformó la silueta de Luanda con torres y grandes proyectos inmobiliarios. Durante los años del petróleo caro, Angola tuvo algunas de las tasas de crecimiento más altas del planeta.
Pero ese auge convivió con enormes desigualdades y con la sombra de la corrupción. Durante casi cuatro décadas, el país estuvo gobernado por José Eduardo dos Santos, que asumió la presidencia en 1979, a la muerte de Neto, y se mantuvo en el poder hasta 2017. Su larguísimo mandato consolidó al MPLA como partido hegemónico y concentró la riqueza petrolera en un círculo estrecho: su propia hija, Isabel dos Santos, llegó a ser considerada la mujer más rica de África, en medio de acusaciones de desvío de fondos públicos que años después la persiguieron judicialmente.
En 2017, dos Santos dejó el poder y lo sucedió João Lourenço, también del MPLA, que lanzó una campaña contra la corrupción y buscó abrir la economía y atraer inversiones, en parte para reducir la dependencia del petróleo. Hoy Angola es un país de contrastes: enorme riqueza natural y pobreza persistente, ciudades que crecen y un campo que todavía limpia minas de la guerra, una capital vibrante al ritmo de la kizomba y un interior de maravillas naturales —las cataratas de Kalandula, el desierto del Namib, las mesetas de Huíla— que empieza, de a poco, a abrirse al mundo.