El archipiélago Bajuni es la Somalia que casi nadie imagina: una cadena de islas bajas de arena blanca, bosque costero y arrecife de coral, tendida frente al bajo Juba entre Kismayo y la frontera keniana. Koyama, Chovaye, Chula, Chandra, Ngumi y Darakasi son la continuación natural del archipiélago de Lamu, del otro lado de una frontera que trazaron británicos e italianos en los años veinte y que partió en dos un mismo mundo cultural.
Ese mundo tiene nombre: los bajuni, un pueblo bantú de la costa swahili, pescadores y navegantes, que habla kibajuni —un dialecto del swahili— y que durante siglos vivió del mar, de la agricultura de las islas y del comercio del Índico. Hoy la mayoría vive fuera: se estima que hay unos 91.500 bajuni en Kenia y alrededor de 20.500 en Somalia, resultado del éxodo que la propia comunidad llama «The Troubles», el que siguió al colapso del Estado somalí en 1991.
Esta guía no propone ir. Somalia está en el nivel máximo de alerta de todas las cancillerías, la piratería figura entre los riesgos explícitamente citados por el Departamento de Estado estadounidense, el FCDO británico advierte de un riesgo significativo de piratería en el Índico y el Ministerio de Asuntos Exteriores español desaconseja expresamente cualquier actividad marítima en aguas somalíes. Lo que sigue es la información —geográfica, histórica y humana— para entender uno de los lugares más hermosos y menos documentados del Cuerno de África.
Las islas Bajuni son el extremo norte del mundo swahili, la misma civilización costera que produjo Lamu, Pate, Zanzíbar y Kilwa. Sus habitantes, los bajuni, son un pueblo bantú de la costa con aportes somalíes, árabes, persas y del sudeste asiático, que habla kibajuni, un dialecto del swahili, y que vivió tradicionalmente de la pesca, la navegación, la agricultura y la herrería, en una franja de asentamientos e islas que iba de Kismayo al archipiélago de Lamu. En la Edad Media las islas estuvieron ligadas a las redes comerciales del Índico y fueron utilizadas durante siglos por el sultanato ajurano. En 1913 el funcionario británico C. Wightwick Haywood las visitó y consignó que solo Chovaye y Chula estaban habitadas, y documentó ruinas que indicaban asentamientos anteriores. La costa continental de Jubalandia fue cedida por el Reino Unido a Italia en 1924, y las islas pasaron a manos italianas dos años después, quedando así del lado somalí de la frontera. La caída del Estado somalí en 1991 y el período que los bajuni llaman «The Troubles» provocaron un éxodo masivo hacia Kenia y luego hacia Europa y Norteamérica.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El archipiélago Bajuni es el remate septentrional de una civilización. La costa swahili —esa franja de ciudades, puertos e islas que va desde el norte de Mozambique hasta el sur de Somalia— produjo durante mil años un mundo propio: ciudades de piedra de coral, comercio de larga distancia por la ruta del monzón, una lengua bantú con préstamos árabes y persas, el islam como marco cultural y una economía marítima extraordinariamente sofisticada. Kilwa, Zanzíbar, Mombasa, Malindi, Pate, Lamu y, al norte de todas, Mogadiscio y las islas Bajuni.
Las islas —Koyama, Chovaye, Chandra, Ngumi, Chula y Darakasi, más islotes menores— son bajas, arenosas y pequeñas: la mayor, Koyama, apenas supera los 6 km², y la menor de las principales no llega a 2 km². En somalí se las conoce como Jasiiradaha Jubbada Hoose, «las islas del bajo Juba», y administrativamente pertenecen a la región de Jubbada Hoose. Geológica y ecológicamente son la continuación del archipiélago de Lamu, del que las separa hoy una frontera internacional trazada en el siglo XX.
Sus habitantes históricos, los bajuni, son un pueblo bantú con una composición ancestral compleja: pueblos bantúes del litoral swahili, somalíes del interior y aportes árabes, persas, malayos e indonesios. Hablan kibajuni, un dialecto del swahili que es el principal marcador de su identidad étnica; muchos bajuni se consideran distintos del conjunto swahili más amplio, y algunas tradiciones reivindican un origen ligado a Shungwaya con conexiones ancestrales yemeníes.
El territorio bajuni nunca se limitó a las islas. Comprendía una larga hilera de asentamientos costeros e islas entre Kismayo, al norte, y el archipiélago de Lamu, al sur: una franja continua de comunidades pesqueras y comerciantes que compartían lengua, parentesco, rutas y calendario marítimo.
La vida bajuni giró históricamente alrededor de tres actividades: la pesca, la navegación y la agricultura de las islas, complementadas con el trabajo del metal. Los hombres bajuni fueron pescadores, comerciantes y capitanes de embarcación, y reparaban redes y construían barcos; el saber náutico era el capital colectivo de la comunidad.
Ese conocimiento estaba organizado por el monzón, el mismo sistema de vientos que estructuró todo el comercio del Índico. Entre noviembre y marzo, el monzón del noreste —el kaskazi— empujaba las embarcaciones hacia el sur; entre abril y septiembre, el del suroeste —el kusi— las devolvía. Sobre ese calendario se planificaban las travesías, la pesca de altura, los viajes comerciales y hasta las temporadas de construcción de embarcaciones.
Las islas producían además alimento. Cuando el funcionario británico C. Wightwick Haywood visitó el archipiélago en 1913, documentó producción agrícola en las islas además de la pesca, y consignó un dato revelador: de toda la cadena, solo Chovaye y Chula estaban entonces habitadas. Registró también ruinas arquitectónicas que sugerían asentamientos previos más extensos que los que encontró en su visita.
Ese último apunte abre uno de los vacíos más grandes de la arqueología de África oriental. Las islas formaron parte de las redes comerciales del Índico y fueron utilizadas durante siglos por el sultanato ajurano, la potencia somalí que entre los siglos XIII y XVII controló los valles del Shabelle y del Juba y buena parte de la costa. Pero el archipiélago nunca ha sido objeto de una excavación sistemática moderna: lo que pudo haber allí sigue esencialmente sin documentar.
La historia bajuni está atravesada por episodios de desplazamiento mucho antes del siglo XX. La comunidad registra dos grandes trastornos previos: las invasiones orma del siglo XVI, procedentes del interior, y las incursiones somalíes de la década de 1960. En ambos casos, el patrón fue similar: presión desde el continente sobre una comunidad costera cuya fortaleza estaba en el mar y cuya vulnerabilidad, en tierra firme.
Entre medio, el archipiélago vivió los mismos cambios de dueño que el resto del Índico occidental. La irrupción portuguesa a partir de 1498 rompió el equilibrio comercial de la costa swahili y sometió a las ciudades del litoral a un nuevo régimen de peajes y castigos. En los siglos XVIII y XIX, la hegemonía pasó a Omán y luego al sultanato de Zanzíbar, que administraba nominalmente los puertos de la costa y cobraba derechos de aduana a través de gobernadores locales; entre 1836 y 1861, partes de Jubalandia habían sido reclamadas por el sultanato de Mascate.
En todos esos marcos, las islas mantuvieron un grado alto de autonomía práctica. Eran pequeñas, dispersas y difíciles de controlar; su economía era de subsistencia y comercio de cabotaje, no de plantación; y su población tenía la movilidad marítima como recurso. Esa capacidad de moverse por el mar es la clave para entender tanto su supervivencia histórica como su dispersión posterior.
El hecho que más determina la situación actual del archipiélago no ocurrió en las islas sino en las mesas de negociación europeas. A partir de 1895, la costa y el interior del Juba quedaron integrados en el África Oriental Británica. Kismayo y las islas fueron durante tres décadas territorio británico, orientado tanto hacia Mombasa y Zanzíbar como hacia el norte somalí.
Terminada la Primera Guerra Mundial, Italia reclamó compensaciones territoriales por haberse sumado a los aliados en 1915. El Reino Unido acabó cediendo la parte norte de Jubalandia: la Jubalandia continental pasó a manos italianas en 1924 y las islas dos años después, en 1926. Nació así la efímera colonia de Oltre Giuba —«más allá del Juba»—, gobernada por Corrado Zoli entre el 16 de julio de 1924 y el 31 de diciembre de 1926, e incorporada a la Somalia italiana el 30 de junio de 1926. Gran Bretaña conservó la mitad sur, el Distrito de la Frontera Norte, hoy territorio de Kenia.
Esa línea partió en dos un mismo mundo. Las islas Bajuni quedaron del lado somalí; el archipiélago de Lamu, su continuación natural, del lado keniano. Comunidades que compartían lengua —el kibajuni—, parentesco, rutas de pesca y calendario monzónico quedaron separadas por una frontera internacional que nada tenía que ver con su geografía humana.
Las consecuencias se hicieron sentir a lo largo de todo el siglo XX y siguen vigentes. Las poblaciones bajuni actuales lo muestran con crudeza: alrededor de 91.500 personas en Kenia frente a unas 20.500 en Somalia. La comunidad quedó, además, en una posición estructuralmente frágil dentro de Somalia: minoría bantú y swahilihablante en un Estado organizado alrededor de linajes somalíes, sin representación clánica fuerte en el sistema político que se consolidó tras la independencia.
El régimen de Siad Barre (1969-1991) golpeó duramente a la economía bajuni. Bajo el modelo de socialismo científico y de cooperativización, los pescadores vieron confiscados sus aparejos y sus embarcaciones y fueron obligados a integrarse en cooperativas gubernamentales. Para una comunidad cuyo capital era precisamente el barco, la red y el saber náutico, la medida fue devastadora.
A partir de 1974 comenzó además el traslado forzoso de habitantes desde las islas hacia el continente, dentro de las políticas de reasentamiento del régimen. Ese proceso, poco documentado internacionalmente, vació buena parte del archipiélago mucho antes de la guerra civil y rompió la continuidad de asentamiento en islas que llevaban siglos habitadas.
La etnografía disponible sobre los bajuni es escasa y antigua. El estudio de referencia sigue siendo «Pescatori dell'Oceano Indiano», de Vinigi Grottanelli, publicado en 1955, que permanece sin traducir y es de acceso difícil. El trabajo lingüístico moderno más completo es el del lingüista Derek Nurse, que documentó el kibajuni y la sociedad bajuni en parte a través de la diáspora, precisamente porque el acceso a las islas se volvió imposible.
Esa combinación —desplazamiento temprano, confiscación económica, escasez de documentación académica— explica por qué el archipiélago es hoy uno de los lugares peor conocidos de África oriental, pese a estar a pocas decenas de kilómetros de uno de los destinos culturales más estudiados del continente.
En enero de 1991 cayó el régimen de Siad Barre y el Estado somalí se desintegró. Para los bajuni, ese momento abrió el período que ellos mismos llaman «The Troubles»: violencia, saqueo y abandono simultáneo por parte de los gobiernos somalí y keniano, en una comunidad sin milicia propia ni protección clánica en el nuevo mapa de poder armado.
Miles de bajuni hicieron lo único que sabían hacer: navegaron. Se dirigieron al sur, a refugiarse con parientes en Malindi y en Mombasa, del otro lado de la frontera que había partido su mundo setenta años antes. En 1991, Naciones Unidas les recomendó trasladarse a campos de refugiados del sureste de Kenia; el de Kwa Jomvu, cerca de Mombasa, funcionó hasta 1998. Desde allí, un número importante emigró a Europa y a Norteamérica.
El resultado es una comunidad mayoritariamente en diáspora, con alrededor de 91.500 personas en Kenia y unas 20.500 en Somalia, y con una parte significativa viviendo lejos del contexto lingüístico y cultural de origen. Chula, donde está la aldea de Ndowa, es hoy la única isla del archipiélago con población significativa.
El entorno tampoco ayuda. Las islas están frente a una de las zonas más inseguras de Somalia, entre Kismayo y Ras Kamboni, donde en diciembre de 2024 se produjeron enfrentamientos entre fuerzas de Jubalandia y unidades federales somalíes. El Departamento de Estado estadounidense incluye explícitamente la piratería entre los riesgos de su aviso de Nivel 4; el FCDO británico advierte de riesgo significativo de piratería en el golfo de Adén y el Índico, con ataques posibles a más de 1.000 millas náuticas de la costa; el Ministerio de Asuntos Exteriores español desaconseja expresamente cualquier actividad marítima en aguas somalíes.
Queda entonces un archipiélago de arena blanca, bosque costero y arrecife, con ruinas sin excavar y una lengua que se habla cada vez más lejos de donde nació. Es probablemente el conjunto insular menos documentado del océano Índico occidental. Contarlo, aunque no se pueda ir, es la única forma de que no se pierda del todo.