La región que hoy es Burundi estuvo habitada desde tiempos remotos por los twa, un pueblo de cazadores-recolectores y alfareros emparentado con los pigmeos de los bosques ecuatoriales, considerados los pobladores más antiguos de la zona. Con el correr de los siglos llegaron agricultores de habla bantú, los hutu, que roturaron las colinas y se volvieron mayoría, y más tarde pastores de ganado, los tutsi, cuyo origen exacto sigue debatiéndose. A diferencia de otras partes de África, estos tres grupos no formaron naciones separadas: compartieron un mismo territorio, una misma lengua —el kirundi—, las mismas creencias y las mismas colinas.
La sociedad burundesa tradicional era jerárquica pero notablemente entrelazada. Las categorías de hutu y tutsi tenían un componente socioeconómico —ligado sobre todo a la posesión de ganado, medida de riqueza y prestigio— más que una frontera racial rígida: se podía ascender, había matrimonios mixtos y la movilidad social existía. Por encima de todos estaba una casta principesca, los ganwa, la familia y los linajes reales de los que salían los reyes y los grandes jefes, y que no se identificaban plenamente ni con hutu ni con tutsi.
Esa convivencia se sostenía sobre instituciones propias. El ubugabire era un sistema de clientelismo en torno al ganado, por el cual un patrón cedía vacas a un cliente a cambio de fidelidad y servicios, tejiendo lazos de dependencia mutua entre familias. Y el ubushingantahe era un cuerpo de notables íntegros, elegidos por su sabiduría y su rectitud, encargados de arbitrar conflictos, impartir justicia y garantizar la palabra dada. No era una sociedad idílica ni igualitaria, pero durante siglos hutu, tutsi y twa vivieron bajo un mismo rey sin las matanzas étnicas que vendrían después: esas serían, en buena medida, una herencia moderna.
Según la tradición oral, el Reino de Burundi fue fundado hacia el siglo XVII por Ntare Rushatsi Cambarantama, un rey semilegendario que unificó las jefaturas dispersas de las colinas bajo una sola corona. Sus sucesores expandieron y consolidaron el reino a lo largo de más de tres siglos, hasta convertirlo en uno de los Estados africanos precoloniales más sólidos y duraderos. Al frente estaba el mwami, el rey, figura a la vez política y sagrada, garante de la fertilidad de la tierra y del ganado, rodeado de la casta principesca de los ganwa que gobernaban las provincias en su nombre y competían ferozmente por la sucesión.
El símbolo supremo de esa monarquía era el tambor. En Burundi, los tambores no eran meros instrumentos musicales sino objetos sagrados que encarnaban la realeza y la fecundidad. El karyenda era el tambor sagrado por excelencia, asociado al propio mwami y guardado en santuarios: rara vez se tocaba, y salía apenas una vez al año durante el muganuro, la gran fiesta de las primicias del sorgo. Otro tambor, el rukinzo, acompañaba al rey a todas partes y sonaba cada día. Cada nuevo mwami recibía su tambor al ascender al trono, y los tamborileros reales, custodios de un arte transmitido de generación en generación, ocupaban un lugar de honor.
Esa herencia sigue viva. El ritual del tambor real de Burundi —con sus percusionistas que tocan, cantan y danzan al mismo tiempo, en formaciones espectaculares— fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Los tambores expresaban los grandes momentos de la vida del reino y unían a hutu, tutsi y twa bajo un mismo latido. Comprender el poder de ese símbolo es entender que Burundi no fue una creación colonial, sino una nación antigua con instituciones, memoria y arte propios mucho antes de que llegaran los europeos.
El reparto europeo de África alcanzó a Burundi a fines del siglo XIX. En 1890 el reino quedó incorporado, sobre el papel, al África Oriental Alemana, aunque los alemanes casi no penetraron en el interior: gobernaron de forma indirecta, apoyándose en el mwami y en la aristocracia existente, y en 1897 instalaron un puesto militar y administrativo en Usumbura, a orillas del lago Tanganica. La resistencia del rey Mwezi Gisabo y de varios jefes retrasó durante años el control efectivo de la colonia.
Tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, Bélgica ocupó el territorio y, en 1923, la Sociedad de Naciones le confió el mandato de Ruanda-Urundi, que administró unido a su vasta colonia del Congo. La administración belga fue mucho más intervencionista que la alemana, y su huella resultó devastadora. Imbuidos de las pseudociencias raciales de la época, los colonizadores y los misioneros adoptaron la llamada "hipótesis hamítica", según la cual los tutsi serían una raza extranjera, más alta, más clara y "naturalmente" apta para gobernar, mientras los hutu quedaban relegados a campesinos sometidos.
Sobre esa ficción, los belgas transformaron categorías sociales fluidas en identidades raciales rígidas. A partir de la década de 1930 impusieron carnés de identidad que fijaban a cada persona como hutu, tutsi o twa de por vida, cerraron las vías de movilidad social, reservaron la educación y los cargos a la élite tutsi y reorganizaron el poder local en su favor. Lo que había sido una jerarquía flexible se convirtió en una división congelada y jerárquica, cargada de resentimiento. Como resumen muchos historiadores, en tiempos precoloniales no se conocían matanzas por motivos étnicos entre hutu y tutsi: fue el orden colonial el que sembró la semilla de la violencia que estallaría después de la independencia.
En la década de 1950, el viento de la descolonización llegó también a Ruanda-Urundi. En Burundi, la figura que encarnó la esperanza nacional fue el príncipe Louis Rwagasore, hijo del mwami Mwambutsa IV. Nacionalista carismático, fundó y lideró el partido UPRONA (Unión para el Progreso Nacional), que reunía a hutu y tutsi en un proyecto de independencia sin divisiones étnicas y enfrentaba a los partidos apadrinados por la administración belga. En septiembre de 1961, UPRONA arrasó en las primeras elecciones legislativas y Rwagasore fue nombrado primer ministro.
Apenas dos semanas después, el 13 de octubre de 1961, Rwagasore fue asesinado de un disparo mientras cenaba en un restaurante a orillas del lago. El autor material fue un ciudadano griego, Jean Kageorgis, contratado por dirigentes del partido rival, y aún hoy se debate el grado de complicidad de altos funcionarios coloniales belgas en el crimen. La muerte del príncipe unificador —hoy considerado héroe nacional— privó a Burundi de la única figura capaz de encarnar una nación por encima de lo étnico, justo en el umbral de la independencia.
Burundi se independizó el 1 de julio de 1962, conservando la monarquía: Mwambutsa IV intentó gobernar un reino constitucional con equilibrio entre hutu y tutsi, pero las tensiones crecieron sin freno. Tras años de inestabilidad, intrigas palaciegas y un intento de golpe en 1965, la monarquía se desplomó. En 1966 el joven rey Ntare V fue destronado por su primer ministro, el capitán Michel Micombero, que abolió la monarquía milenaria y proclamó la República. El poder quedó en manos de una élite militar tutsi originaria del sur del país, y se cerraba así, de golpe, el ciclo de los mwami y los tambores.
La joven república no trajo la paz. La exclusión política de la mayoría hutu bajo el régimen de Micombero fue acumulando tensión hasta desembocar en la mayor tragedia de la historia moderna de Burundi. A fines de abril de 1972 estalló en el sur del país una rebelión hutu que masacró a varios miles de tutsi y a otros civiles en cuestión de días.
La respuesta del Estado fue una represión de una escala y una crueldad extraordinarias. Bajo la ley marcial, el ejército dominado por los tutsi y las milicias juveniles del partido único lanzaron una campaña sistemática contra la población hutu, y muy especialmente contra sus élites: estudiantes, maestros, funcionarios, sacerdotes, comerciantes y cualquiera con cierta instrucción fueron detenidos y ejecutados. Las estimaciones de víctimas hutu varían entre unas 80.000 y más de 200.000 personas, y cientos de miles huyeron como refugiados a Tanzania, Ruanda y el Congo. En medio de la crisis, el ex rey Ntare V —que había regresado del exilio— fue asesinado en Gitega.
En Burundi, aquella matanza se conoce como el Ikiza, "la catástrofe" o "el flagelo". Muchos investigadores la califican de genocidio selectivo, dirigido a descabezar a toda una generación de hutu educados. Durante décadas fue un tema tabú, silenciado por el propio Estado y apenas registrado por el mundo exterior. Nombrar el Ikiza con precisión, sin minimizarlo ni instrumentalizarlo, es un paso necesario para entender todo lo que vendría después: el trauma de 1972 quedó grabado en la memoria colectiva y alimentó los ciclos de miedo y venganza de las décadas siguientes.
Tras Micombero se sucedieron otros presidentes militares tutsi del sur, Jean-Baptiste Bagaza y luego Pierre Buyoya, que hacia fines de los años ochenta emprendió una tímida apertura. La presión interna e internacional condujo por fin a elecciones democráticas: en junio de 1993, el hutu Melchior Ndadaye, del partido FRODEBU, ganó los comicios y se convirtió en el primer presidente hutu y el primero elegido democráticamente en la historia del país. Su victoria despertó enormes esperanzas de reconciliación.
Duraron muy poco. El 21 de octubre de 1993, apenas tres meses después de asumir, Ndadaye fue secuestrado y asesinado por un grupo de militares tutsi durante un intento de golpe de Estado. Su muerte desató una espiral inmediata de violencia: militantes hutu masacraron a civiles tutsi en el campo, y el ejército tutsi respondió con matanzas masivas de hutu. Aquel doble estallido de violencia fue el detonante de la guerra civil de Burundi, un conflicto que se prolongaría cerca de doce años, hasta mediados de la década de 2000.
La guerra fue larga, cruel y de baja intensidad pero desgaste constante, con matanzas, desplazamientos y una economía en ruinas. Se estima que dejó alrededor de 300.000 muertos, en su gran mayoría civiles, y centenares de miles de desplazados y refugiados. Surgieron varios grupos rebeldes hutu, entre ellos el CNDD-FDD, que combatían al ejército gubernamental. A diferencia del vecino Ruanda, donde el genocidio de 1994 se concentró en apenas cien días, en Burundi la violencia se extendió durante años en un goteo interminable que rara vez ocupó las portadas del mundo, pero que marcó a fondo a toda una generación.
El camino hacia la paz fue penoso y largo. Las negociaciones arrancaron en Arusha, en Tanzania, bajo la mediación del ex presidente tanzano Julius Nyerere y, tras su muerte en 1999, del ex presidente sudafricano Nelson Mandela. El 28 de agosto de 2000, los partidos burundeses firmaron el Acuerdo de Paz y Reconciliación de Arusha, un pacto que estableció un ingenioso sistema de reparto de poder con cuotas étnicas fijas —60% hutu y 40% tutsi en el gobierno y el Parlamento, y paridad en el ejército— para que ninguna comunidad pudiera dominar ni ser excluida. Fue la piedra angular de la reconstrucción del país.
Los últimos grupos rebeldes se fueron sumando en los años siguientes, y en 2005 el principal de ellos, el CNDD-FDD, ganó las elecciones y su líder, el ex jefe guerrillero Pierre Nkurunziza, fue elegido presidente. Sus primeros años combinaron reconstrucción y una relativa estabilidad, y Burundi pareció por fin dejar atrás la guerra. Pero el poder se fue concentrando y el espacio democrático, estrechando.
La ruptura llegó en 2015, cuando Nkurunziza anunció que se presentaría a un tercer mandato, algo que la oposición y buena parte de la sociedad civil consideraron una violación del Acuerdo de Arusha y de la Constitución. Estallaron grandes protestas y, en mayo de 2015, un sector del ejército intentó un golpe de Estado que fracasó. Nkurunziza se mantuvo en el poder y desató una dura represión contra opositores, periodistas y medios independientes; cientos de personas murieron y más de 400.000 huyeron del país. Burundi se aisló internacionalmente y salió de la Corte Penal Internacional. La crisis de 2015 mostró lo frágil que seguía siendo la paz construida en Arusha.
En 2019, Burundi trasladó oficialmente su capital política a Gitega, en el centro del país —la antigua capital real—, dejando a Bujumbura como capital económica y principal ciudad. Poco después, en 2020, Pierre Nkurunziza no se presentó a la reelección y su partido postuló a Évariste Ndayishimiye, que ganó las elecciones de mayo. Apenas semanas después, en junio de 2020, Nkurunziza murió de forma repentina, y Ndayishimiye asumió la presidencia abriendo un tiempo de cauteloso reacomodo, con una apertura parcial hacia los vecinos y los organismos internacionales, aunque con serias dudas persistentes sobre los derechos humanos y las libertades.
Burundi es hoy uno de los países más pobres y densamente poblados de África, y también uno de los más rurales: la enorme mayoría de su gente vive de la agricultura en las laderas de las célebres "mil colinas". El café arábica de altura es el principal producto de exportación y la gran fuente de divisas, junto con el té; en el subsuelo hay níquel y otros minerales apenas explotados. La presión sobre la tierra, en un territorio pequeño y montañoso, sigue siendo una cuestión política de fondo, heredera de todos los desplazamientos del pasado.
A pesar de todo, Burundi conserva una identidad cultural poderosa y una belleza natural intacta: las playas del lago Tanganica, la selva de Kibira, las fuentes más australes del Nilo y, sobre todo, los tambores sagrados que siguen sonando y que unen a los burundeses por encima de las divisiones. Es un país que ha atravesado catástrofes de las que pocas naciones se recuperan, y que intenta, colina a colina, reconstruir la convivencia. Contar su historia con verdad y sobriedad es también una forma de acompañar ese esfuerzo.