Estepas infinitas, el desierto del Gobi, pastores nómadas y noches en yurta bajo un cielo sin fin: Mongolia es la gran aventura de Asia, el país menos densamente poblado del mundo.
La moneda local es el tugrik (MNT), que no se consigue fuera del país, así que cambiás al llegar. En Ulán Bator hay cajeros y se paga con tarjeta sin problema, pero en cuanto salís a la estepa, al Gobi o al norte todo es en efectivo: llevá tugriks de sobra porque durante días no vas a ver un cajero. Los dólares o euros se cambian fácil en bancos y casas de cambio de la capital; guardá algo suelto para propinas y compras en los campamentos de ger.
Conversor completo de MNT →La puerta de entrada es el aeropuerto internacional Chinggis Khaan de Ulán Bator (UBN), con vuelos vía Estambul, Seúl, Pekín, Moscú o los hubs del Golfo. La otra opción mítica es llegar por tren: el Transiberiano y su ramal Transmongoliano cruzan el país entre Rusia y China parando en la capital. Una vez ahí, moverte es toda una aventura: apenas hay rutas asfaltadas, así que lo estándar es contratar tours en 4x4 con conductor (y muchas veces cocinera y guía) que enlazan campamentos de ger; para las distancias largas hasta el Gobi o el oeste conviene sumar algún vuelo interno. La mejor época es el verano corto, de junio a septiembre, y el gran momento es el Naadam de julio, la fiesta nacional de lucha, tiro con arco y carreras de caballos.
La historia de Mongolia es la de un puñado de tribus nómades de la estepa que, en el siglo XIII, construyeron el imperio terrestre contiguo más grande que conoció la humanidad. Sobre un territorio inmenso y despoblado —hoy el país soberano menos densamente poblado del mundo, con apenas unos tres millones de habitantes repartidos en más de 1,5 millones de kilómetros cuadrados de estepa, montaña y desierto— se sucedieron durante milenios confederaciones de pastores a caballo: los xiongnu, los turcos, los uigures. De ese mundo de yurtas, rebaños y jinetes surgió en 1206 Temüjin, proclamado Gengis Kan, que unió a las tribus mongolas y lanzó una expansión que llegaría desde el mar Amarillo hasta las puertas de Europa.
Tras la caída del imperio, Mongolia vivió siglos de fragmentación, la llegada del budismo tibetano, el largo dominio de la dinastía manchú Qing y, ya en el siglo XX, una historia bisagra: la independencia de China en 1911, la revolución de 1921 y la conversión en el segundo Estado comunista del planeta, satélite fiel de la Unión Soviética. Ese período dejó una herida profunda —las purgas estalinistas de fines de los años treinta, que arrasaron los monasterios y ejecutaron a decenas de miles de personas— antes de que, en 1990, una transición democrática pacífica abriera el capítulo actual: una república joven que combina la memoria de Gengis Kan, la tradición nómada aún viva y una economía cada vez más atada a la minería. Recorrer Mongolia, entender sus estepas y sus ruinas, exige seguir esta trama de más de dos mil años.
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