Hubo un tiempo en que Zeila era una de las ciudades más importantes del mar Rojo. Por su puerto salían el oro, el marfil, los cueros y los esclavos del interior etíope y somalí, y entraban las telas y la cerámica de la India y Arabia. Era la salida al mar del sultanato de Ifat y después del de Adal, escala obligada de los peregrinos que iban a La Meca y sede de una escuela de juristas islámicos cuyos miembros —los al-Zayla'i— estudiaban en El Cairo, Damasco y Zabid. Ibn Battuta pasó por acá en 1331 y anotó una ciudad grande con mercados bulliciosos.
Hoy es un pueblo de unos pocos miles de habitantes sobre una lengua de arena, en el rincón más remoto de Somalilandia, a media hora de la frontera con Yibuti. Lo que queda de aquello son ruinas al aire libre: mezquitas centenarias, entre ellas la Masjid al-Qiblatayn con sus dos mihrabs, tumbas de piedra de coral, restos de casas de mercaderes y un puerto pesquero donde amarran unas pocas lanchas.
Alrededor hay otra cosa: manglares, salinas, arrecifes y el archipiélago de Sa'ad ad-Din, un puñado de islas de arena y coral con colonias de aves marinas y agua transparente. Ir a Zeila es difícil, incómodo y caluroso, y no hay ninguna infraestructura pensada para vos. También es una de las experiencias más extrañas y potentes que se pueden tener en el Cuerno de África: una capital del comercio medieval convertida en pueblo de pescadores, con el desierto de un lado y el golfo de Adén del otro.
Zeila aparece ya en las fuentes árabes del siglo IX como un puerto independiente que exportaba cueros, incienso y ámbar, y hacia el siglo XIII era una ciudad musulmana plenamente consolidada, escala de los peregrinos hacia el Hiyaz y sede de una notable comunidad de juristas islámicos. Fue la salida marítima del sultanato de Ifat, gobernado por la dinastía Walashma, y tras el declive de esta, hacia 1409-1415, quedó integrada en el sultanato de Adal; el archipiélago vecino lleva el nombre del sultán Sa'ad ad-Din II, muerto en esas islas frente a las fuerzas etíopes. En el siglo XVI, cuando el imán Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi —Ahmed Gurey— lanzó su campaña contra el Imperio etíope, la artillería otomana que cambió el curso de aquella guerra entró por Zeila. La ciudad sufrió después los ataques portugueses de 1517 y 1528, cayó bajo administración otomana —Evliya Çelebi la describió en 1672 como plaza fortificada con guarnición y comercio indio—, pasó hacia 1695 al control de los Qasimi de Moca y a mediados del siglo XIX estuvo gobernada por Haji Ali Sharmarke. El Jedivato de Egipto la ocupó en la década de 1870 en su avance hacia Harar, y tras la retirada egipcia de 1884 quedó bajo el protectorado británico de Somalilandia. El golpe final llegó por vía indirecta: la construcción del ferrocarril de Yibuti a Addis Abeba desvió hacia el puerto francés todo el comercio del interior etíope, y Zeila se apagó.
Leer la historia completa ↓Del golfo de Adén a los 2.400 metros de Cal Madow: puertos que aparecen en el Periplo griego, la mezquita de las dos qiblas de Zeila, una pista construida por los soviéticos y el último gran bosque de incienso del mundo.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El Periplo del mar Eritreo, escrito hacia el siglo I de nuestra era por un comerciante griego de Egipto, es el primer catálogo detallado de los puertos del mar Rojo y el golfo de Adén. Entre ellos menciona Avalites, un fondeadero de la costa africana donde los barcos cargaban incienso, mirra, marfil, carey y aromáticos a cambio de vidrio, tejidos, hierro y vino. La identificación de Avalites con Zeila es la más aceptada, aunque no unánime.
Lo que hacía valioso el lugar era su posición. Zeila está en el extremo occidental del golfo de Adén, casi en la boca del estrecho de Bab el-Mandeb, sobre una lengua de arena rodeada de mar, con un fondeadero abrigado, manglares y un archipiélago que ofrecía protección adicional. Y, sobre todo, estaba en la salida natural de las rutas que venían de las tierras altas de Etiopía y del interior somalí, cargadas de oro, marfil, cueros, café, esclavos y aromáticos.
Durante los siglos del comercio del Índico, esa combinación —fondeadero seguro más acceso al interior— fue lo que fabricó ciudades. Zeila fue una de las primeras y una de las más duraderas del Cuerno de África.
El islam llegó a esta costa muy temprano. La tradición vincula la región con la primera hégira, la migración de un grupo de seguidores de Mahoma al reino cristiano de Abisinia hacia el año 615, y con las primeras comunidades musulmanas del continente africano. Sobre esa base, las fuentes árabes del siglo IX ya describen a Zeila como un puerto independiente que exportaba cueros, incienso y ámbar; el geógrafo Al-Yaqubi, a fines de ese siglo, registra la presencia de musulmanes a lo largo del litoral somalí septentrional.
Hacia el siglo XIII, Zeila era una ciudad musulmana consolidada y un nudo esencial de la peregrinación: por ahí embarcaban hacia el Hiyaz los peregrinos del Cuerno de África y del interior etíope camino a La Meca. Ese tránsito la conectó con el mundo del saber islámico. La ciudad produjo una comunidad de estudiosos conocidos por la nisba «al-Zayla'i» —el de Zeila— que estudiaban en Egipto, Yemen y Siria y volvían con la jurisprudencia y la teología del mundo islámico central. Uno de ellos, Fakhr al-Din al-Zayla'i, es autor de un comentario jurídico hanafí todavía citado.
Ibn Battuta, el gran viajero marroquí, desembarcó en Zeila en 1331 y la describió como una ciudad grande, con mercados bulliciosos y un intenso movimiento comercial —aunque también dejó un comentario poco halagüeño sobre su olor, atribuido al pescado y a la sangre de los camellos sacrificados—. A comienzos del siglo XVI, las relaciones europeas hablan de sus edificios de piedra y de un comercio activo de oro, marfil y textiles con mercaderes indios.
La Zeila de esos siglos era, en palabras de las fuentes, una metrópolis multicultural: somalíes en su mayoría, junto a afar, hararis, árabes y persas. Una ciudad portuaria del Índico, con todo lo que eso implicaba.
Zeila no fue solo un puerto: fue la salida al mar de los grandes Estados musulmanes del Cuerno de África medieval. En el siglo IX ya figura como centro del reino de Adal, y más tarde fue el acceso marítimo del sultanato de Ifat, gobernado por la dinastía Walashma, que dominó la ruta entre las tierras altas etíopes y la costa. Ifat mantuvo un conflicto largo con el Imperio cristiano de Etiopía por el control de esas rutas.
El declive de los Walashma, hacia 1409-1415, marcó el paso de la ciudad a la órbita del sultanato de Adal. Un episodio de esa transición dejó nombre en el mapa: el sultán Sa'ad ad-Din II murió durante la ofensiva etíope en las islas frente a la costa, que desde entonces se llaman archipiélago de Sa'ad ad-Din y siguen siendo el paisaje marino de Zeila.
El siglo XVI trajo el episodio más célebre. Entre 1529 y 1543, el imán Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi —conocido como Ahmed Gurey en somalí y Gragn en amárico— lanzó desde Adal una campaña que estuvo a punto de acabar con el Imperio etíope. La clave militar fue la pólvora: los cañones y arcabuces otomanos que le permitieron derrotar a los ejércitos etíopes entraron por Zeila. La guerra terminó con la muerte del imán en 1543, tras la intervención portuguesa del lado etíope, y dejó a ambos bandos devastados.
Zeila pagó su parte. Los portugueses, enemigos de Adal y del comercio musulmán del mar Rojo, atacaron y saquearon la ciudad en 1517 y de nuevo en 1528. La época dorada empezaba a cerrarse.
Tras las guerras del siglo XVI, Zeila entró en la larga órbita otomana. Hacia la década de 1670 estaba bajo administración del eyalato otomano de Habesh, y el viajero Evliya Çelebi la describió en 1672 como una plaza fortificada, con una guarnición de setecientos hombres y un comercio importante con la India. Hacia 1695, el control pasó a la dinastía Qasimi de Moca, en Yemen, que la utilizó como escala comercial y también como prisión política.
En el siglo XIX la ciudad tuvo un último momento de protagonismo bajo Haji Ali Sharmarke, que la gobernó entre 1848 y 1855, cuando fue depuesto. En 1854, el explorador británico Richard Burton pasó por Zeila antes de su célebre entrada en Harar y anotó una población de tres a cuatro mil habitantes, seis mezquitas y unos veinte dhows comerciales: una ciudad todavía viva, aunque lejos de su esplendor.
En la década de 1870, el Jedivato de Egipto ocupó Zeila como parte de su avance por el mar Rojo y el Cuerno de África hacia Harar. La aventura egipcia terminó con la crisis financiera de El Cairo y la revuelta mahdista, y en 1884 las tropas se retiraron. Ese mismo año, y por el acuerdo anglo-francés de 1888, Zeila quedó integrada en el protectorado británico de Somalilandia.
El golpe definitivo, sin embargo, no vino de una guerra ni de un imperio, sino de una vía férrea. A comienzos del siglo XX, Francia construyó el ferrocarril que unía el puerto de Yibuti con Addis Abeba. Todo el comercio del interior etíope que durante mil años había bajado a la costa por Zeila pasó a viajar en tren hacia el puerto francés. La ciudad se quedó sin función, y el protectorado británico —una colonia de mínimos, sin inversión ni proyecto de desarrollo— la dejó apagarse.
El monumento más notable de Zeila es una mezquita en ruina parcial con una particularidad extraordinaria: dos mihrabs, dos nichos de oración, orientados en direcciones distintas. Uno apunta hacia La Meca; el otro, hacia Jerusalén. Es la Masjid al-Qiblatayn, la mezquita de las dos quiblas.
La explicación está en los primeros años del islam. Durante un tiempo, los musulmanes rezaban orientados hacia Jerusalén; el cambio de la dirección de la oración hacia La Meca ocurrió en Medina, en el segundo año de la hégira. Una mezquita con ambas orientaciones sugiere una construcción de esa etapa temprana o una memoria muy próxima a ella: la tradición local y varias fuentes vinculan el edificio al siglo VII, poco después de la hégira a Abisinia, lo que la situaría entre las mezquitas más antiguas de África. El sitio alberga también la tumba de una figura religiosa local, el jeque Babu Dena.
La Masjid al-Qiblatayn no está sola. Las prospecciones arqueológicas en Zeila han documentado al menos tres mezquitas medievales —incluidas la Shahari, de alto minarete, y la Mahmud Asiri—, el mausoleo del jeque Ibrahim, tumbas de caliza coralina y cerámica islámica que abarca del siglo XIII al XVIII. Es, en conjunto, uno de los paisajes patrimoniales islámicos más importantes del Cuerno de África.
Y se está cayendo. Se ha reportado que hacia 2016 uno de los muros de quibla de la Masjid al-Qiblatayn se derrumbó, dejando en pie el otro muro y un minarete. La causa es acumulativa: siglos de abandono, salitre, humedad marina, viento, falta de mantenimiento y ausencia total de un marco de protección. Como ocurre con Laas Geel y con todo el patrimonio del territorio, Somalilandia no puede presentar candidaturas ante la UNESCO porque no está reconocida como Estado, de modo que estos monumentos quedan fuera del sistema internacional de conservación. Lo que hay es un Departamento de Arqueología con recursos escasos, cooperación bilateral esporádica y la vigilancia informal de la comunidad.
La Zeila actual es un pueblo pequeño y remoto de la región de Awdal, en el extremo noroeste de Somalilandia, con unos 18.600 habitantes según el censo de 2012 y una economía de pesca y comercio fronterizo con Yibuti, a poco más de treinta kilómetros. Está habitada principalmente por comunidades gadabuursi e issa, subclanes de la familia Dir.
Lo que la rodea es notable. Frente a la costa está el archipiélago de Sa'ad ad-Din, un puñado de islas bajas de arena y coral, deshabitadas, con arrecifes en buen estado, agua transparente y colonias de aves marinas. En tierra hay manglares, marismas y salinas que sostienen una fauna sorprendente en medio de un desierto: flamencos, garzas, chorlitos y limícolas migratorias que llegan del Paleártico en la temporada fría. Tierra adentro, el desierto se extiende sin interrupción durante decenas de kilómetros.
Para el viajero, Zeila es un lugar difícil y extraordinario en partes iguales. No hay museo, ni cartelería, ni guías profesionales, ni hoteles decentes, ni atención médica, ni transporte regular. Hay ruinas al aire libre de mil años de historia, playas donde no hay nadie, un puerto pesquero y un calor considerable. Es, probablemente, uno de los últimos grandes puertos históricos del océano Índico que puede recorrerse sin encontrarse con otro visitante.